Capítulo 6

2 0 0
                                        

Aquella vez me desperté antes que Nana, pero no fue un despertar natural, pues Édgar estaba saltándome encima, muy alegre, emitiendo sonidos de felicidad que no entendía porqué lo hacía.
-Cállate.- Susurré, para evitar que despertara a Nana. -Venga, hay que irse, Borosio nos tiene que dar instrucciones.
Me vestí con mucha prisa, y bajé las escaleras corriendo, con Ed detrás de mi, como siempre. Abajo estaba el desayuno preparado, pero por la luz del día que se apreciaba desde la ventana, pude deducir que no tenía tiempo para comer, por lo que salí del lugar a toda prisa, parando sólo para lavarme la cara con la fuente que había afuera.
Me encontré a Borosio por el camino, que venía en mi búsqueda, pues venía con retraso.
-¿Dónde estabas? Llevo esperándote una hora. Ven conmigo, vamos a casa de mi hija.
Yo no dije nada, Borosio estaba enfadado, pero a la vez se le notaba la tristeza. Le seguí no mucho tiempo hasta que llegamos a una pequeña casa céntrica, algo más grande que la de Merssai, pero no mucho más.
Dentro, Borosio no pudo contener algunas lágrimas, pero yo le hice creer que no lo había visto.
-Bueno, dime qué tengo que hacer.
-Si, claro. La última vez que la vieron estaba en el bosque cercano, yendo en dirección a la la cabaña abandonada. Aquí hay una capa suya, que creo que tu perro puede rastrear y ayudarte.
-Es un lobo.- Salté, algo molesto.
-Si, bueno, es lo mismo.
No quise decir nada para no empezar una discusión, así que me limité a seguir escuchando.
-Creo que eso es todo. Solo queda decirte que tiene ojos y pelo moreno, como su madre, y es bastante bajita. Te deseo suerte, y no tardes mucho en volver, no quiero que tu vida peligre.
-No te preocupes. Intentaré encontrarla lo antes posible.
-Gracias, chico.- contestó, con una sonrisa triste.
Salí de la casa junto a Ed, pero Borosio se quedó adentro, pero no le di importancia. Me fui directo a la valla que tenía la salida de Vorbis Maghul, y a pie de bosque, le di la capa a Ed para que la olfatease, y rápidamente se adentró en el bosque.
Estuvimos andando un buen rato, cuando vimos una sima que descendía muy abajo, con una escalera de caracol, por lo que pensé que habría podido caer, o alguien o algo se la podría haber llevado abajo, así que empuñé a Sombra, y bajé por aquella escalera.
Descendí muchos metros, y no había ninguna parada, sólo había escalera, y llegué a un punto en el que tuve que encender una antorcha, para descubrir que ya había llegado abajo. Era totalmente circular, sólo estaba la escalera de caracol, y una escalera que descendía todavía más, pero no llevaba a un lugar tan profundo como aquello, serían solo unos cuatro metros más, aunque fue difícil bajar a Ed.
Ahora la forma había cambiado, y era una sala rectangular no muy alargada de piedra con antorchas apagadas en las paredes, que no encendí para no llamar la atención a lo que pudiera haber abajo, porque por el simple hecho de que no hubiera monstruos significaba que alguien o algo cuidaba de aquello.
Al llegar al fondo, había una puerta de madera, de la cual no se podía ver nada de lo que había al otro lado, ni siquiera por las rendijas que la rodeaban, pero como no oía nada, la abrí.
Aquella puerta llevaba a un lugar exactamente igual al que había estado anteriormente, con excepción de una cueva y otra puerta, de la cual se oía algo y salía un poco de luz. Ed estaba inquieto, y le tuve que agarrar del collar para que dejase de avanzar. Me acerqué a la puerta, y pude distinguir un sonido agudo, como gemidos de dolor de una mujer que intentaba decir algo, pero por alguna razón no podía hablar.
Estaba a punto de abrir aquella puerta, cuando oí otra voz grave y desagradable, que creí haber escuchado anteriormente, y de esta sí que pude entender lo que decía:
-Aquí jamás te encontrarán, así que si quieres irte, contesta de una vez y dime dónde guarda el oro robado tu padre.
Después de esto, oí unos pasos, y después, pude entender lo que decía aquella mujer.
-No sé de que me hablas, y si lo supiera, no te lo diría.
-¿Crees que soy tonto? ¿Cómo crees sino que el viejo de tu padre te ha podido pagar la casa? Vamos, dímelo, no me hagas desollarte un dedo.
Había oído suficiente, no podía dejar que le hiciera nada, así que irrumpí en la habitación. Ambos quedaron sorprendidos, y pude reconocer a aquel hombre. Era el viejo que Nana y yo vimos en la torre.
-Por lo visto tenemos visita. Ven, vamos a jugar.- Dijo el viejo, sonriendo mientras abría los brazos en gesto de hacerme venir. -Nos estábamos aburriendo los dos solos, ¿o no, Fuenciscla?
La había encontrado, pero me tenía que enfrentar al viejo mago.
Édgar fue corriendo hacia él, pero pronunciando unas palabras en un idioma que me era desconocido, le hizo saltar por los aires, pero con suerte, no le pasó nada.
-Pobre perrito, cree que puede contra mí. ¿Vas a venir tú ahora?
Me quedé pensando por un momento, y tuve una idea, y le eché una mirada a Fuenciscla con la intención de que le atacase por la espalda
-Sí, será mejor que vaya yo, no vaya a ser que por tu edad te pueda pasar algo.- Dije con la intención de insultarle, mientras me acercaba lentamente.
-¿Qué insinúas, criajo? Venga, bailemos, si es lo que quieres.
Empezó a hacer unos gestos con las manos, como intentando hacer algo, cuando Fuenciscla le golpeó, y él se giró.
-¿Qué crees que haces, maldita mocosa?- Le dijo, mientras la agarraba con el cuello.
Mientras la insultaba y la maldecía, la asfixiaba poco a poco, y yo aproveché ese momento de despiste y le clavé a Sombra por la espalda a la altura del corazón, y emitió un chillido horrible, digno de un animal salvaje agonizando.
-¿¡Qué demonios crees que haces!?
-Acabar con el dolor que causas, viejo de mierda. Dulces sueños.-
Acto seguido, le saqué la espada, y soltó a Fuenciscla, que casi se había desmayado por la falta de aire.
-Corre, levanta. Tenemos que irnos.-
Édgar ya se había recuperado, pero Fuenciscla no se podía levantar, así que la cargué al hombro, y salí de allí.
Detrás de nosotros pude ver como el viejo mago se levantaba, y se acercó a la puerta, y me dijo:
-¿Creías que podías matar a un mago tan fácilmente? No sabes dónde te has metido. ¡Ertynges Vigeropus!-
No pude entender las dos últimas palabras, pero las pude recordar perfectamente. Después de haberlas pronunciado, de la puerta por la que llegué empezaron a salir monstruos, tantos que la puerta parecía que iba a explotar.
-Venga, si sales vivo por aquella cueva, te perdono la vida. Que comience el juego.
No daba crédito a lo que estaba pasando, parecía un sueño, pero solo lo parecía. Salí corriendo a trompicones por la reducida movilidad que tenía por culpa de Fuenciscla, y pasé por aquel largo pasillo como pude.
Al final de este, había escaleras, otra vez. Parecía que al viejo le encantaban las escaleras, pero no había otro camino más que ese, así que tuve que bajar a Fuenciscla del hombro para que subiera ella sola, porque sino podría desequilibrarme y caer.
Era una estructura antigua, parecía que en cualquier momento se iban a caer las escaleras. Miré hacia arriba y no veía luz, pero era imposible que fuese de noche, ya que no hacía tanto que estaba allí abajo.
Se acabaron las escaleras, pero no había salida, sólo una pared de piedra.
-No puede ser... No... ¡No!- Grité, y de la rabia del momento, le di un puñetazo a la pared, que se derrumbó una pequeña parte, descubriendo un camino del cual salía algo de luz.
Yo estaba llorando de alegría, pero Fuenciscla no se encontraba con fuerzas de asimilar todo lo que estaba pasando, así que puse a Ed delante, a Fuenciscla en medio, y yo detrás, ya que no se podía ir juntos por la estrechez del túnel.
Avanzamos varios minutos, y la salida estaba cerca, pero los monstruos todavía más, y avanzaban a una velocidad envidiable, no podía entender como no se cansaban ni reducían velocidad.
Casi al final, el techo se iba haciendo más frágil y más bajo, haciendo que nos tuviéramos que agachar para seguir avanzando. Ed y Fuenciscla ya estaban afuera, pero yo me había quedado atrás por un torpe tropiezo.
A punto de salir, salió la voz del viejo de mis espaldas, que dijo:
-¿Dónde crees que vas? Tú te quedas a hacerme compañía.-
Escuché que murmuraba algo, pero por la reverberación y la distancia no lo pude entender, pero vi una roca que se acercaba a mi a toda velocidad.
-¡Cuidado!- Gritó Fuenciscla.

Memorias de un viaje inesperadoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora