Capítulo 9

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Me pasé toda la noche sentado al borde del cráter, sin importarme los monstruos, que por alguna razón no vinieron hacia mí. No sé si sería por el calor que emitía el volcán o por la luz, pero el caso es que no subieron.
Llegó el amanecer, y me tenía que ir ya, a seguir viajando, pues nada me ataba ya a Vorbis Maghul. Recogí lo único útil que había por la zona, y arrojé los cadáveres al volcán, y pude ver como se hundían en aquella sustancia.
Al bajar, vi que el caballo tenía el cuello roto y estaba destripado, y supuse que habría querido subir para escapar de los monstruos, pero debía de haberse caído por el angosto camino.
Tardé bastante en llegar a la ciudad, estaba cansado de no haber dormido y las manos me dolían de las quemaduras que sufrí con la ballesta. No quise hablar todavía con Borosio, así que pedí a los guardianes de la puerta que no dijeran nada.
Pasé por delante de la obra de mi nueva casa, en la cual no quería vivir, para dirigirme a la cabaña del curandero y que me diese unas medicinas para que mis manos pudieran sanar.
Después de aquello, no supe si ir a donde me alojaba, a ver a Borosio, o a irme de aquella ciudad, y opté por lo último, pero antes quise ir a la casa de Merssai para contarle lo ocurrido.
Al llegar, la señora me abrió, y me miró con cara de sorpresa.
-Seb... Estás... Vivo.
-Sí, lo estoy. Últimamente a la gente le gusta darme por muerto.
-Es que Borosio nos dijo que moriste en busca de Nana. Por cierto, ¿La encontraste?. -Preguntó la mujer inocentemente.
Yo no quería contestar, era un recuerdo muy doloroso, pero ella fue amable con nosotros, y seguramente la única persona que verdaderamente se preocupó en algún momento
-Ella... -Unas lágrimas comenzaron a bajar por mis mejillas.- El mago estaba con el secuestrador, y la tiraron al magma. No me pude despedir. -Dije finalmente, tras el esfuerzo de intentar no echarme a llorar.
-No puede ser... ¿En serio? Era muy buena chica... -Dijo Merssai, con la voz quebradiza.- Pero, ¿estás seguro de que no cayó en ninguna superficie? Podría haberse engan...
-Está muerta. -Dije, llorando.- Sólo he venido a decírtelo, me voy de la ciudad. Adiós, espero que estés bien. Despídete de Borosio por mi.
-Pero...
No dejé acabar la frase a Merssai. Yo ya me había ido, no quería estar más allí. Me acerqué a la puerta de salida, y pedí que me abrieran, y me fui sin mirar atrás, con Ed detrás de mí, silencioso como siempre, como una sombra.
Édgar cazó un pavo que se encontró en un paseo que dio alejándose de mi, lo que nos permitió cenar en nuestro viaje antes de que cayera la noche.
Preparé una hoguera con leña recogida del bosque, y algunas platas secas, y con la ayuda de unas piedras lo cerré en círculo, y cuando me dispuse a encenderlo, no tenía ni idea de cómo hacerlo.
Ahora estábamos en medio del bosque, sin comida, sin refugio, y sin fuego, y en una pequeña rabieta que tuve, le di una patada a la hoguera posteriormente fabricada.
Estaba a punto de ser la hora en la que los monstruos suelen salir, y mirando a los alrededores con la poca iluminación que había, pude divisar una luz al fondo, una luz roja de hoguera junto al sonido de unos instrumentos y voces lejanas.
Édgar empezó a ladrar a aquella dirección, antes de salir corriendo hacia allí. Yo hice lo mismo que él, y salí detrás de él corriendo, al grito de que me esperase.
Mientras corría, pude escuchar los sollozos y gruñidos de los seres de la oscuridad, acercándose poco a poco a nosotros. Mientras corría hacia aquella luz esperanzadora, se me cruzó un monstruo que me agarró por los hombros. El olor a podrido y sangre coagulada se metieron por los orificios de mi nariz, lo que me produjo una arcada. El ser podrido acercó su boca a mi cuello, mientras yo forcejeaba para alejarlo de mí. Podía sentir como el resto de ellos se me acercaba cada vez más a donde yo estaba, y pensé que ese iba a ser mi final.
Tenía los brazos fatigados de tanto oponer resistencia, estaba a punto de dejarme comer, cuando en la lejanía pude escuchar:
-¡Flecha!
El cráneo del zombi explotó en mil pedazos, llenándome de sangre, sesos, y los gusanos que se lo estaban comiendo, y la flecha no pudo ir a parar a otro sitio que no fuese mi hombro, claro que no.
-¡Tírate al suelo, chico! -Me ordenó una voz masculina, ronca y a la vez muy aguda.
Al tumbarme en el suelo, fui tan imbécil de hacerlo sobre la flecha que tenía en el hombro, lo que me provocó una herida más profunda.
En pocos segundos, pude oír como la misma voz gritaba "¡fuego!", y acto seguido el silbido de las flechas me sobrevoló, lo que me hizo estremecerme.
Un caballo se acercó hacia mí con una chica con el pelo azul cabalgando, que me tendió su morena mano. Por un momento dudé, ¿me querrían ayudar o me iban a tomar por prisionero? "Confía más en la gente", me dije a mí mismo, y me incorporé para recibir su ayuda.
-¿Qué vais a hacer conmigo? -Pregunté a la chica con desconfianza.
-No te preocupes, aquí todos somos buena gente. De hecho creo que podrás zarpar con nosotros mañana
-¿Zarpar? -Aquella respuesta me dejó confundido
-Todos son bienvenidos en la Marmota Buceadora.

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