Noventa y cinco

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Ella tomó mi cara entre sus manos pequeñas y suaves como algodón. Sus ojos eran comunes, pero su brillo me robaba el aliento.

―Esta marca te la hiciste cuando te caíste de una bici―pasó sus dedos por mi mejilla―. Esta otra, tratando de subirte al árbol de mi patio trasero. Conozco cada una de tus mañas, tus defectos, tus miedos...

―¿Eso es malo? ―fruncí el ceño.

―Me sorprende que te conozca mejor que a mí misma.

―Si me conoces tanto, ¿En qué estoy pensando? ―la miré a los ojos.

Inclinó su rostro angelical hacia mí.

―Espero que sea en besarme.

Sonreí, porque era justo lo que quería hacer desde que la vi.



Siempre te améDonde viven las historias. Descúbrelo ahora