Selene
Corrí a casa lo más rápido que pude. "Oh, querido Ra, si Sosígenes no me mata por llegar tarde, Amenemhet me matará por salir corriendo". Estaba aterrorizada. Corrí por las calles de Alejandría, las calles que tan bien conocía. De pronto, mi sandalia se rompió, y me tropecé con mis propios pies. Era la tercera vez desde que... desde la llegada de los romanos. Me levanté. La correa de la sandalia se había roto, sin posibilidad alguna de reparación. Me quité ambas sandalias, las tiré a un lado de la calle y seguí corriendo, piedras clavándose en mis pies. Ignoré el dolor, aunque definitivamente no bailaría hoy.
Me apresuré a entrar a casa, atravesé la puerta principal, y entré a la sala principal, donde Sosígenes estaba sentado con una mirada de preocupación nublando su rostro, arrugas decorando su frente. Amenemhet caminaba de un lado a otro airadamente.
-¡Sosígenes! Sosígenes estoy en casa, estoy aquí -dije jadeando.
Sosígenes se puso de pie de repente, con una expresión feroz en sus ojos.
-¡Selene! ¡¿Dónde has estado?!
Me arrojé al suelo de rodillas y presioné mi frente contra el piso.
-¡Por favor, perdóname! -rogué.
-¡Párate, hija! -Sosígenes ordenó, pero con un tono más preocupado que enojado.
-Por favor, perdóname -continué suplicando.
-¡Dioses, Selene! -Gritó Amenemhet.
-Querida niña, ¿cómo pudiste huir corriendo así de Amenemhet?¿Y luego desapareces por dos horas?
Me sorprendió que hubiera pasado tanto tiempo.
-¡Sí, Selene! -Amenemhet intervino- ¿Cómo pudiste simplemente salir corriendo de un momento a otro?
-¡Ya no podía soportarte! -disparé de nuevo- Me enfureciste, Amenemhet. ¡Me estabas tratando como a una niña!
-¡Hay romanos en la ciudad! ¡Y tú hablando con uno como si fuera tu mejor amigo!
-¿Uno? - Preguntó Sosígenes, pero ni yo ni Amen contestamos.
-¿Y luego te escapas? ¡Los romanos pudieron haberte llevado y asesinado! ¡O peor!
Empujé a Amen.
-¡¿Qué en el Duat te hace pensar que los romanos harían eso en nuestro propio país ?!
-¡¿Acaso sabes cómo tratan a sus mujeres ?!
-¿Acaso tú sabes?
Levanté la mano en señal de frustración y el cogió mi muñeca, con fuerza.
-Exactamente, Selene, -dijo, su voz grave- ni tú, ni yo sabemos.
-Niños,... -Sosígenes intentó decir, pero yo lo interrumpí.
-Amenemhet, ya no soy una niña.
Luché, tratando de liberar mi muñeca. Lo empujé con mi mano libre pero él simplemente cogió la otra muñeca.
-Pero eres una mujer.
-¡Amen!
-Las mujeres egipcias tienen más libertades que las mujeres romanas. Sobre eso sí he leído. Puede que los hombres romanos no estén acostumbrados -explicó Amen, aún sin dejarme ir.
-"Cuando en Roma, actúa como romano" -gruñí- Aquí los romanos actuarán como egipcios. ¿Crees que serían lo suficientemente estúpidos como para ir en contra de nosotros en nuestras propias tierras?
Sujetó mis muñecas con mucha más fuerza, y mis manos se pusieron más y más rojas.
-Entonces, ¿qué hiciste después de que huyeras? -gruñó Amen.
-Amenemhet -dijo Sosígenes, poniendo la mano en su hombro.
Amen soltó mis muñecas. Yo las froté, para que la circulación volviera.
-Simplemente caminé por la ciudad -dije.
No era una mentira. Decir mentiras hacía que tu corazón pesara más, y yo evitaba aquello tanto cómo podía. Cuando morías, tu corazón era sopesado con la pluma de la verdad de Maat. Si tu corazón era más ligero que la pluma, pasarías al más allá. Si tu corazón era más pesado, Ammit, el Devorador de Almas, haría lo suyo.
-¿Estabas con alguien? -Amenemhet insistió. Demandando una respuesta con sus ojos oscuros
-Sí.
Sosígenes lucía intrigado.
-¿Y con quién?
Miré hacia abajo y me mordí el labio.
-Un chico. -Rápidamente levanté la vista- Yo le estaba mostrando la ciudad.
-Selene -dijo Sosígenes con seriedad- ¿Es este el chico romano del que estaban hablando?
Arrastré los pies.
-Su nombre es Alejandro.
-¡Aah, Selene!¡¿Cómo puedes ser tan estúpida ?! -Amenemhet gritó.
Se inclinó sobre mí imponente y yo lo empujé hacia atrás. Él me empujó con más fuerza y perdí un poco el equilibrio.
-Dioses, Amenemhet, ¡ya no soy una niña! ¡Sé cómo defenderme! -Grité, golpeándole el pecho.
-¡No puedes confiar en ellos! -él me empujó tan fuerte que me topé con la pared.
-¡Tú no sabes eso! -grité y lo empujé de nuevo, con fuerza. Dio un paso atrás y sus ojos se iluminaron con fuego. Me empujó con el doble de fuerza y me golpeé el codo contra la pared tratando de contenerme.
-¡Niños, deténganse! -Sosígenes se interpuso entre nosotros. Extendió sus brazos evitando que nos lastimáramos mutuamente.
-Amenemhet, los romanos no son tan malos como tú dices que son. Selene, Amenemhet, sin embargo, tiene razón. No quiero verte merodeando por la ciudad sin nadie que te acompañe. Sin nadie egipcio.
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La Casa Del Sol Naciente
Fiction HistoriqueSelene Arsinoe está viviendo en la época más inestable en la historia de Egipto. Su Reina, Cleopatra, está teniendo una aventura amorosa con el dictador romano Julio César. Tanto romanos como egipcios desaprueban el amorío. Los habitantes de ambas n...
