Capítulo Ocho (I): Las Parcas me provocan

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Capítulo Ocho

Alejandro

Me desperté sobresaltado., Había tenido otra estúpida pesadilla, no tenía idea de por qué. Me senté en la cama mirando al suelo y me llevé las manos a la cara, pero luego levanté la vista. Antonio aún dormía, así que supuse que cual fuera el asunto político que tuviéramos que tratar aquel día, no era temprano por la mañana. Oí un maullido conocido que venía desde afuera y sonreí para mis adentros. Era la gata, Nofre-Ari. Tomé leche y un plato y salí a la calle, todavía en mi túnica de dormir. Efectivamente, la gata gris estaba esperando, mirándome con sabios ojos verdes.

-Buenos días, Nofre-Ari,-dije con suavidad.

Me arrodillé, serví la leche en el plato y ella comenzó a beberla

-Diana te bendiga.

La gata se tensó y dejó de lamer la leche. Me di cuenta de que mis dioses no eran los mismos que los dioses egipcios.

-Perdón. Quién sea el dios egipcio de los animales o de los gatos... que él o ella te bendiga-

La gata se relajó y continuó bebiendo

-Buenos días, Alejandro -dijo una voz joven detrás de mí.

Me levanté y me di la vuelta. Un tipo con ondula cabello corto de color rubio oscuro se paró frente a mí. Tenía la misma constitución que yo, y sólo me llevaba un año.

-Oh, buenos días, Octavio. –sonreí..

Octavio era el único otro aprendiz allí, y el término aprendiz era inadecuado para él. Él era sobrino de César, y sin duda se parecían mucho. Octavio podría haber pasado como el hijo de César.

-Júpiter te bendiga.

-A ti también.

Octavio estaba vestido con una túnica blanca, y me sentía un tanto estúpido de pie junto a él en mi falda dormir solo, pero éramos compañeros, no era como si él fuera César..

-Por Diana, Alejandro, ¿no hemos estado en Egipto ni por tres días y ya has adoptado un gato?-

Podía oír el desconcierto en su voz y me reí.

-No, Octavio, a ella simplemente le gusta a visitarme.-

Él soltó una carcajada.

-Mi amigo, ya tienes una admiradora felina

Puso su mano en mi hombro guiñó un ojo.

-La gata tiene un collar. ¿Tiene nombre? Más importante: ¿Tiene dueño?

Tenía que tener cuidado al responder es pregunta. Si yo conocía el nombre de la gata, significaba que había conocido a su dueña.

-Um ... sí, supongo que tiene un dueño. Pero los gatos son sagrados en Egipto, creo que sus dueños les permiten andar libremente por la ciudad. No he conocido a su dueño.-

Octavio parecía triste.

-¡Que mal! Quizás el dueño era una chica, ya sabes, una chica bonita.

Me costó mucho trabajo contenerme de gritar "¡Ella era tan hermosa como Venus Simplemente tragué saliva

-Amigo, sabes que estamos aquí por razones políticas. -dije dolorosamente.

Octavio suspiró.

-Alejandro, no sabes cómo divertirte... ¡Vamos! Júpiter nos dio ojos por una razón. Sólo mirar a alguna chica no le hace daño a nadie.-

Crucé los brazos

-Para ti es fácil decirlo, eres el sobrino de César, él nunca te haría daño. En cambio, yo soy...

-El aprendiz de Marco Antonio. –Octavio completó la frase- Marco Antonio es el mejor amigo de mi tío. Ya sabes, él y Brutus. Mi tío sabe lo mucho que significas para Antonio, así que eres prácticamente intocable.

Levanté las cejas.

-Es un buen punto. Aún estoy aquí únicamente por asuntos políticps. No puedo traicionar a ninguno de mis compañeros y superiores romanos por una mujer egipcia. Y eso es todo.

-Hey, ¿qué es todo este alboroto? -dijo una tercera voz.

Me volví y vi a Antonio casa de nuestra casa y entrar al pasaje en donde Octavio, Nofre-Ari y yo estábamos. Y yo todavía estaba en ropa de dormir.

-Buenos días, Antonio. -le dije, e incliné la cabeza, como siempre.

Antonio pasó la vista de mí hacia Octavio y luego hacia la gata.

-Buenos días, chicos. -saludó- Voy a volver a preguntar, ¿qué es todo este alboroto?

-Nada, señor. -dijo Octavio- Yo sólo preguntaba Alejandro de dónde de dónde había sacado a esta gata.

-Y yo le estaba xplicando que los egipcios dejan a us gato andar por la ciudad, eso leí en algún lugar.

O más bien, Selene me había dicho que los gatos eran agrados.

Antonio asintió y cruzó los brazos.

-Octavio, ¿no tienes que estar en algún lugar ahora? Ya sabes, Julio quería a todos a ir al palacio para discutir unos asuntos importantes.

-¿Vamos a regresar al palacio hoy?

-Alejandro, -dijo Antonio- te necesito para tomar notas. Sé nuestro escriba hoy. Octavio, si nos disculpas por ahora...

-Ahora mismo, señor.

Octavio hizo una reverencia y nos dejó.

-Entra de vuelta a la casa, Alejandro. Debemos empezar a prepararnos.

Caminamos de regreso, y era mucho más freco dentro. Me froté la nuca y Antonio me miró.

-Ahora en serio, Alejandro, ¿qué fue todo eso?

Antonio no sentía mucha simpatía hacia Octavio, pero lo toleraba. Octavio era básicamente lo opuesto a mí. Claro, ambos odríamos ser grandes líderes, pero él era más ... extrovertido, supongo. Además, políticamente, Antonio y Octavio no estaban de acuerdo, pero, como todos estábamos bajo el mando de Julio Cesar, eso no importaba. Octavio era mi amigo, pero a veces simplemente se metía en problemas.

-Octavio se preguntaba de quién podría ser la gata, y luego comenzó a hablar de chicas egipcias o algo así.

Me di la vuelta para que Antonio no pudiera ver mi cara enrojecer. Cogí mi túnica azul y me la puse. Presioné mis manos frías en mis mejillas para enfriarlas, y volví a mirarlo.

-Podría jurar que uno de estos días Octavio va a derribar un imperio. -Antonio bromeó- Y todos vamos a encontrar nuestro camino hacia las puertas de Plutón.

Antonio se puso su túnica blanca con oro en el dobladillo y se pasó los dedos por el pelo, como ambos hacíamos cuando nos sentíamos estresados.

-No tienes fe. -reí, y Antonio me dio una palmada en la espalda.

-Ni un poco. Ahora ponte tus sandalias y vayamos a reunirnos con los demás





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