V: Subterra

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Llegué a eso de las siete de la tarde nuevamente a Polpumios, recorrí algunas calles hasta llegar al mercado que arrendaba las camionetas. Luego caminé unas cuantas manzanas más, topándome con Ankorinos y hasta Humanos, algo que me pareció raro.
Las costumbres de Ankoron las encontraba extrañas.
Con una expresión siempre tosca plasmada en sus rostros amarillenos y arrugados, hasta con el momento más feliz de sus vidas aquellos ojos penetrantes y el ceño fruncido no cambiaban.
"No te desconcentres, Jack" pensé mientras parpadeaba varias veces para que el sueño no me venciera. Aunque hubiera dormido mucho los últimos días, las pesadillas me inundaban a cada puto segundo. Llegué al atardecer a la puerta de la casa de antes, pude notar que encima de la entrada había un cartel con una inscripción en letra Ankorina.
Toqué dos veces la puerta, las heridas y ronchas de los nudillos palpitaron y lanzaron un pequeño dolor a mi espina dorsal. Al pasar unos minutos, volví a tocar ahora con un poco más de cuidado para no lastimar mi piel
Unos segundos despuéd, la misma mujer Ankorina que me había cuidado abrió. Me sobresalté al ver su rostro horrible pero me controlé, mientras ella dibujaba una extraña sonrisa dejando entre ver sus colmillos.
-¿Que haces aquí? -posó su mano en mi espalda, haciendo un gesto con su cabeza para que pasase-. Tu amiga Penny sigue aquí.
Asentí con una sonrisa mientras entrábamos en la casa, la chimenea se encontraba gris y seca y un frío estremecedor hizo que mis heridas me dolieran.
-Vine a eso mismo. -al ver que la mujer ladeó su cabeza en forma de desentendimiento, le expliqué-. A ver a Penny.
Ella asintió y me condució rápidamente a una habitación, en donde la mujer que me había traicionado se encontraba durmiendo tranquilamente.
-¿Sigue inconsciente? -la Ankorina estaba saliendo de la habitación cuando ladeó una nueva sonrisa mientras sujetaba la puerta de madera.
-Oh, no. Solo que ha tendio un día duro, ha decidido descansar. -cerró un poco la puerta para dejar ver sólo su rostro horrible-. Los dejaré solos.
Un crujido hizo que la puerta se cerrara por completo, ahora los únicos en aquella habitación pequeña eramos yo y la mujer que me traicionó e intentó matarme a mí y mi novia.
-Es mentira. -escuché una voz ronca, parecida a un gemido de dolor, me volteé y vi que Penny tenía los ojos entre abiertos y con el ceño fruncido-. Simplemente me harté de la extraterrestre y le dije que me dejara descansar.
Tensé mi músculos pensando que ella me podría hacer algo, pero me tranquilicé y dejé escapar unas lágrimas al ver que sus piernas se encontraban inmóviles en la cama.
-Penny... -me acerqué a ella con compasión, senté en una silla y crucé mis brazos en mi abdomen-. ¿Que has hecho?
Ella ladeó la cabeza para verme mejor, dibujó una sonrisa forzada y falsa en su cara.
-Soy fiel a la Unión. -mi corazón latió mas fuerte al escuchar esas palabras. ¿Fue por ella que la Unión había descubierto donde se encontraba Hormonia?-. Pero al ver que me han dejado botada... -soltó un suspiro-. He optado por cambiarme de bando.
Me calenté al pensar que ella había tal vez matado a Nick.
-No, Penny, no. -me levanté haciendo que la silla crujiera-. No es tan fácil. No puedes llegar y decir "Hola, gracias a mí murieron miles de personas, pero ya que. ¿Tienen espacios para mí?"
Al ver que fui muy duro con ella, soltó unas lágrimas que hicieron que se me partiera el corazón.
-No quise hacer eso, te lo juro. -dijo entre sollozos descontrolados.
-Esta bien, se me ha ido el control. -me senté en la cama y me permití frotarle la frente con la mano, estaba húmeda y caliente-. Pero bueno, no he venido para eso.
Sequé mis lágrimas con la mano y ladeé una sonrisa para tranquilizarla. ¿Como es que ahora tenía tanto afecto por ella? Retiré mi mano de su rostro enseguida al ver que le estaba haciendo cariño a la persona que me quiso matar.
-¿A que has venido?
-A pedirte ayuda.

Ya era el cuarto día desde el accidente, Nick se encontraba aburrida y jugando con una pequela pelota que le habían dado. Su habitación no era del todo agradable, estaba prácticamente dentro de una cueva y la claustrofóbia no se llevaba muy bién que digamos con ella.
Una cama añeja, un escritorio de madera cubierta de polvo y telarañas, un macetero con una pequeña flor y una ampolleta que se conectaba a un cable era lo único que había allí.
Se levantó con dificultad de la cama, su piel se encontraba adolorida y llena de ronchas y cicatrizes ensangrentadas. Antes de salir de su habitación cavernícola, rozó las yemas de sus dedos en la única hoja verde que tenía la planta. Esta creció unos centímetros más, una flor rosada parecida a la Flor de Loto nació entre la planta que ahora se había convertido en un arbusto grande.
Caminó entre más y más cuevas de piedra y musgo, hasta llegar a un gran salón formado por las cavernas en donde Erick, Alice y algunos Ankorinos con pañuelos de seda blanca al rededor de sus narizes y bocas yacían de pie esperando a su llegada.
-Buenos días. -dijo Alice con una sonrisa cariñosa, mientras se acercaba a ella para acariciarle levemente el hombro.
Los extraterrestres solo dejaban ver sus ojos, algunos verde musgo y otros rosados. Se podía ver el cañón de un AK-47 sobresalir de cada espalda, mientras que en sus cinturones colgaban cuchillos y pistolas pequeñas, todas terrícolas y antiguas.
-¿Cuando comencará el ataque? -preguntó uno de los Ankorinos con el ceño fruncido.
-Hoy, ahora. -respondió Erick. Sus tatuajes se encontraban inmóviles mostrando líneas onduladas que recorrían sus mejillas y debajo de sus ojos.
Los cinco extraterrestres asintieron, mientras uno de ellos sacaba tres cuchillos de su cinturón de cuero polvoriento.
-No creo que necesiten las armas de fuego. -dijo, el paño de seda se movió ligeramente cuando este sonrió.
Los tres aceptaron las armas blancas con gusto, el mango de los cuchillos era de un hueso negruzco y agrietado mientras que la hoja era de Bóreatanium, un metal resistente de Hiperbórea.
Erick se acercó a la pared de roca irregular y posó una de sus manos en ella, haciendo que su iris gris brillase al igual que algunos cristales de color rojo incrustados en la cueva.
-Vamos a volar algunos traseros. -exclamó este, mientras se guardaba rápidamente el cuchillo en su bota de cuero.

UNION (pausada)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora