Y ahí estaba, justo en el lugar en el que no quería estar. Encerrado como un preso, sin realmente serlo. Culpable de ser, simplemente eso, solamente culpable de ser. Le habían metido a golpes en una furgoneta, había intentado recoger del suelo el viejo violín de su abuelo. ¡Qué estúpido! ¿Cómo si en ese lugar en el que estaba le dejasen conservar aquel instrumento? Y entonces en un leve parpadeo, justo en el tiempo que tarda una mariposa en alzar el vuelo, se dio cuenta de que aquello a lo que había dado tanto valor no era nada más que una cosa.
Le habían desnudado, arrebatado lo poco que llevaba de valor encima; el reloj de su padre con la correa roída, la cadena de plata de su madre que se había negado a vender a pesar de lo difícil que se había vuelto encontrar de comer; sus ropas y aquella foto. La foto de su familia, ese arrugado retrato familiar que se negaba a olvidar en cualquier rincón, pues aquel trozo de papel era lo único que le amarraba a la idea de que su familia seguía con vida. No quería olvidar esos rostros, quería recordarlos como en esa foto, sonrientes y junto a él, siempre junto a él.
Pero ahí estaba, pasando frío en el patio del campo de concentración más cercano a Berlín, con su cabeza mal cortada y las rapas desiguales de su cabello rojo mal cubiertas por un gorro a rayas. El viento cortaba, el sonido del lugar era deprimente y mientras caminaba sin rumbo en busca de una cara conocida entre rostros demacrados y almas atascadas entre el cielo y la tierra, la ropa, demasiado holgada para él danzaba haciendo sacos de aire en su espalda.
«No hay salida» Pensaba «Ya no hay salida, no hay lugar por donde escapar, no hay voces amigas, no agujeros en las vallas, no hay segundas oportunidades. Es el fin.» Y así, derrotado, se dejó caer al suelo, sin comprender lo que sucedía, sin entender porqué pasaba aquello, porque en el fondo lo sabía. No había un porqué.
Observó a una niña que murmuraba cosas a un lado del patio, su cara sucia y su cuerpo muerto de hambre, a penas conservaba dientes en su boca y las ojeras en sus ojos eran tan evidentes como las llagas en sus labios y las heridas en sus dedos. ¿ Qué clase de dios le hace eso a su pueblo? ¿Qué clase de ser humano le hace eso a su hermano? Alemanes, polacos, austríacos, lo que fuesen, a fin de cuentas todos eran humanos y nadie, nadie quiere sufrir.
Se agarró con fuerza las manos, uniendo sus dedos apretándolos con fuerza. ¿Rezar? ¿De qué servía? De nada, pero en el fondo, ya nada tenía, ni siquiera un nombre. Habían sido marcados como ganado, tratados como ratas y encerrados como criminarles. Kyle Broflovski tenía miedo, estaba confuso y asustado. Sin saber qué hacer, y él, bueno él siempre sabía qué hacer.
Apretó los ojos con fuerza, no, no lloraría, no les daría ese placer, por nada del mundo. Era muy probable, más bien seguro que moriría en aquel lugar pero no lloraría. Su firmeza, su temple, lo único que conservaba siendo suyo moriría con él, sin hundirse, sin quebrantar en lo mínimo. Una vez escuchó aquello de que podrían quitarle la vida pero jamás se llevarían su alma. No sabía quién lo había dicho, no lograba recordarlo, pero estaba totalmente de acuerdo. Los Nazis podían ganar esa guerra pero jamás le ganarían a él.
El sonido de la puerta que daba paso al patio se elevó llamando la atención de la gente con un chirrido y un grupo de tres militares de alto rango entró acompañado por cuatro soldados armados. Kyle se fijo en que parecían estar buscando a alguien entre la multitud; uno de ellos, uno de cuerpo fuerte decía algo en un alemán fuerte y cerrado; sonaba cabreado, pero como estaban bastante lejos el pelirrojo no llegó a comprender bien qué era lo que decían.
Fue cuando aquel hombre, el que portaba los distintivos y galones que indicaban su rango de General de Brigadas, giró la cabeza que supo quién era. Se trataba del general que acudía a verle tocar a local, aquel que le había robado un beso en el callejón, ese que le había estado enviado cartas de amor. ¿Acaso había ido a buscarle a él?
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Ewige Liebe
RomanceTe invito a adentrarte en un mundo cruel y tristemente real. Toma asiento, dale al botón de play en el reproductor y deja que tu mente se transporte a esta historia de amor. Porque incluso en tiempos de guerra hay tiempo de amar. Fanfic Kyman (Kyle...
