Extra: La desolación de Dana

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Detestaba llorar. Era algo que odiaba con todas mis fuerzas. Me recordaba mi cuerpo débil, endeble como una rama. Tan fácil de quebrar como una. Al caer presa de las enfermedades cuando era una niña, sin un remedio fiable que me sacara del agujero, me había dado cuenta de que las lágrimas no servían de nada. No sanaban, no ayudaban. Solo valían para angustiar aún más a los pocos que me querían. Eso lo descubrí como una epifanía, el día que escuché a mi madre sollozarle al chamán, víctima de la pena. En ese momento decidí que, si mi cuerpo no era fuerte, mi mente lo sería.

Sin embargo, allí estaba yo, aferrándome a Patán Mocoso como si no hubiera un mañana, como si fuera una tabla de salvación. Trataba de silenciar mis angustiosos gemidos enterrando el rostro entre sus ropas, pero sospechaba que no servía de mucho. Eran tan molestos que, seguro, estaban consiguiendo hacer reverberar su pecho.

En mi mente estaban plasmadas, casi cicatrizadas, las enormes y espantosas heridas de Astrid. Las que le había ocasionado defendernos de aquel sanguinario dragón. Si hubiera sido capaz de hacer algo, en lugar de quedarme allí plantada, en estado de shock...

Miré de reojo al dragón que volaba a nuestro lado. Desdentao mantenía un vuelo ágil y veloz, luchaba por mantenerse estable en las corrientes de viento. Pese a mi escasa estadía en Mema, sabía que esa no era la mayor velocidad que el dragón podía acarrear, pero la respuesta de por qué el dragón no aligeraba el vuelo estaba en la preciada carga que llevaba y en los cuidados que estaba recibiendo de parte de su jinete.

Hipo estaba rajando, con ayuda de su puñal, su túnica en tiras, elaborando precarios y torpes vendajes con ellas. Emitió un rugido frustrado, preso de la furia y el miedo, al ver que sus intentos de frenar la hemorragia estaban sirviendo de poco y que la sangre seguía escapando a borbotones. Cuando comenzó a bañar las escamas de Desdentao, éste emitió un gruñido preocupado. Hipo se quitó su chaleco de pieles, envolviendo a Astrid con él, luchando para mantenerla en calor, y la apretó contra sí. Sin necesidad de más señales, el jinete y el dragón se compenetraron a la perfección, acelerando la velocidad al máximo rumbo a Mema.

Después de haber presenciado en silencio todo eso, no pude evitar que las lágrimas volvieran a bañarme las mejillas, y en el proceso la piel de Mocoso, a raudales. Mi cuerpo temblaba, presa del terror.

Mocoso apretó su musculoso brazo a mí alrededor, cobijándome. Sin embargo, la sorpresa del contacto no fue suficiente como para detener mi llanto.

―Astrid es la guerrera más fuerte y valiente de toda Mema ―dijo de pronto―. Ningún dragón de poca monta podrá con ella. Sobrevivirá ―afirmó, tratando de aportarme confianza, mirándome a los ojos durante un segundo―, y luego se chuleará por las nuevas cicatrices que ha conseguido ―añadió con humor.

Pude notarle un ligero timbre de inseguridad en la voz, como si tratara de concienciarse a sí mismo de sus palabras. Pude apreciar, en su gesto serio y su cuerpo en tensión, que estaba tan preocupado como yo. Sin embargo, trataba de no mostrarlo. Para tranquilizarme. Recordé en él la misma aparente serenidad y fuerza de la que yo me había hecho dueña a lo largo de los años, al afrontar altas fiebres y enfermedades del invierno, buscando no preocupar a los demás.

Inspiré hondo, obligándome a serenarme. No podría hacer nada por Astrid sumida en el pánico y la congoja. Tardé varios minutos, pero lo conseguí.

―¿Puedes volar más rápido? ―pregunté, mirando al frente, intentando encontrar en el horizonte la silueta difusa del Furia Nocturna.

―Agárrate fuerte ―respondió, apretando los cuernos de Garfios.

Por una vez, Garfios obedeció la orden sin ningún tipo de represalia ni reclamo. Probablemente porque entendía la gravedad de la situación.

Hice lo que me dijo, abrazándole con fuerza sin perder la vista al frente. La fuerte embestida del viento me secó las lágrimas, dejando atrás cualquier rastro del llanto que me había acosado antes. En ese instante necesitaba ser fuerte. Por Astrid.

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