La realidad es una ilusión que cada quien decodifica según sus patrones mentales que le dicen que "eso es eso" y que "aquello es aquello", aun cuando otra persona, viendo lo mismo, lo interprete de diferente forma.
Mientras que unos piensan estar en...
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La lluvia había cesado, por lo que mi madre salió para contemplar el cielo que poco a poco se iba despejando, cubriendo sus piernas con una manta de micropolar a cuadros.
Ella jugaba con su mascota favorita, Fedra, y sonreía un poco mientras tiraba una pelota de plástico.
Me quedé estático, estaba esperando que se levantara y caminara para recoger la pelota que le había tirado a sus pies la perra de la casa.
Pasaron exactamente 5 segundos y ella le riñó a Fedra para luego pedirle que se lo diera en la mano. La perra café comenzó a ladrar y menearle la cola.
Salí de mi escondite, sintiendo más frío del que actualmente ignoraba por el helado viento de esa tarde. Lograba escarapelarme la piel empapada al igual que mi ropa por el ya inexistente aguacero. Aún podía sentir pequeñas gotas pasar por diferentes partes de mi cuerpo en donde la ropa creaba espacios de aire, pero no le tomé importancia puesto que había algo/alguien más importante frente de mí.
Me agaché cerca de sus pies y le recogí la pelota. Ella me miró sorprendida, mientras que la tomaba y la tiraba de nuevo. Fedra corrió, como si aun fuera una cachorra, para coger la pelota.
Ver de esa manera a mi madre, simplemente me creaba dolor. Un dolor que debía soportar si quería seguir vivo. Y, sinceramente, son pocas las situaciones que recrean en mi cerebro ese tipo de emociones, especialmente el caso que rodeaba a mi madre. Tanto tiempo sin verla, y ahora la veía así.
Tenía ganas de abrazarla y decirle que superaría esto, aun cuando muy bien sabía que no le faltaba mucho tiempo...
Quería engañarme a mí mismo...
Sujeté sus hombros con delicadeza, manchando un poco su ropa con la sangre de mis manos, mi madre sujetó con fuerza una de mis manos.
—Fedra te extrañaba mucho—le dije con un tono áspero, tratando de contener un suspiro que terminó en ser un nudo en mi garganta.
Fedra era sin duda, un can de raza labrador color café que había sido como la hija que ella siempre quiso. Una amiga, antes de morir, se la dio; y mi madre aceptó ser su segunda madre.