Capítulo 11

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Lucy

La bufanda de Natsu seguía enrollada alrededor de mi cuello cuando me senté en el banco y eché la vista atrás.

Hacia dos semanas que Natsu había llegado al pueblo. Habían sido días divertidos. Bueno, no es como si pudiese haber sido de otra forma con él por aquí.

Al verse privado de su magia, no había sido tan destructivo como había temido.

Aunque, bueno... intentó pelearse con el alcalde. Y con mi jefe. Y con mis vecinos. Y...

Bueno, en resumen, había peleado con todos en el pueblo. La gente estaba contenta de tener a dos celebridades del gremio de magos nº 1 en Fiore rondando por allí, aunque la mitad de la población necesitase un par de reformas y visitas urgentes al hospital por semana.

No podía pedirle peras al olmo. Era parte de su personalidad pelearse hasta con las piedras. Al menos no había causado daños graves.

Cada día estaba un poco más cansada. Y aunque Natsu lo negase, yo podía ver que él también sufría las consecuencias de mi enfermedad.

Había tratado de evitarlo, de no pensar en ello. Y lo había conseguido, en realidad.

Pero había llegado el momento.

Natsu tenía que irse.

Y era probable que cuando volviese yo no estuviera para recibirle.

Sacudí la cabeza y me puse en pie, dispuesta a echarle. Mis botas de montaña se hundían en la blanca y esponjosa nieve. Con el crujido de cada paso, ralentizaba cada vez más la velocidad.

Cada movimiento de mi cuerpo suponía un esfuerzo abrumador. Mi pecho dolía con cada respiración. Mi cabeza daba punzadas.

Cuando me di cuenta, la puerta de mi casa estaba ante mis narices. El pomo chirrió cuando lo giré para entrar.

Me quité los restos de nieve en la alfombrilla de la entrada, y deposité con cuidado las botas al lado de la puerta. Me calcé unas cómodas zapatillas de estar por casa y colgué el abrigo en el perchero.

El sofá estaba vacío a excepción de los múltiples envoltorios de comida y platos amontonados por doquier. Iba a extrañar su desorden, por más que me quejase a cada minuto.

Iba a extrañarlo todo de él, en realidad.

Fui a la cocina, pero tampoco estaba allí. La cocina era uno de los pocos lugares de la casa donde había conseguido mantener una mínima parte de orden, aunque la despensa se vaciaba el doble de rápido desde que tenía visita.

Recordé el momento en el que tuve que desvelar mi verdadera identidad a mis vecinos, y una sonrisa entre divertida y cansada tironeó de las comisuras de mis labios.

La primera vez que salí de mi casa después de recuperar mi auténtica tonalidad de cabello, me esperaba casi la mitad del barrio ante mi puerta.

Apenas eran quince personas, pero la imagen de una horda de gente malhumorado bastó para detenerme en seco.

Marie, que estaba en el centro del grupo, dio un paso adelante, airada.

- ¿Quién eres y qué haces en casa de Rach?

Suspiré, resignada. Al igual que me había pasado con el momento de la partida de Natsu, siempre había sabido que llegaría un punto en el que tendría que contarle a alguien en el pueblo quién era.

Y también igualmente, me había esforzado tanto en olvidar que ese punto llegaría que incluso lo había conseguido, lo cual no era necesariamente bueno. No estaba preparada.

- Soy yo, Marie. Soy Rachel.

- ¿R-Rach... ?- Balbució, desconcertada.

Asentí, sonriedo de manera algo dudosa.

- Podéis pasar dentro.- De pronto, caí en la cuenta de lo que había dicho y negué vehementemente con la cabeza.  - No, no... terrible idea. Natsu está dormido y...

- ¿Natsu Dragneel... ?

- ... Salamander...

- ... mago de fuego...

- ¡Ese tipo es de Fairy Tail!

- ¡Sí! ¡Ahora me acuerdo!

- Cabello rosado, bufanda blanca como de escamas...

- Rach.- Me llamó Marie entre el barullo. - ¿Eso que llevas no es su bufanda?

Los murmullos cesaron súbitamente y todas las miradas se enfocaron nuevamente en mí. Suspiré de nuevo.

- Sí. Es su bufanda.

Todo el mundo comenzó a hablar otra  vez, aún más alto que antes.

- ¡Silencio! Os aseguro que no queréis despertar a Natsu. -Amenacé.

Era una trola, obviamente. Me parecía prácticamente imposible que consiguiesen despertarle. Era la persona con el sueño más pesado que conocía.

Pero los aldeanos no necesitaron nada más para cerrar el pico de manera abrupta. Marie pareció intimidada. Los rumores hablaban por él.

- Quizás deberíamos ir a mi casa, Rach. No me apetece que se despierte.

- Buena idea, genial, maravillosa, perfecta, asombrosa. Marie, eres increíble.- Solté atropelladamente mientras asentía una y otra vez.

Ella esbozó una media sonrisa y nos indicó con un gesto que entrásemos.

Una vez estuvimos todos, miré al rededor. Había menos personas de las que me había parecido en un principio.

Estaban Marie, con su cabello oscuro, su piel pálida y sus ojos profundos y negros como la noche. Por su amor por los libros y la manera de sus gafas rojas de alambre de resbalarse hasta la punta de su nariz, me recordó inmediatamente a Levy-chan a los dos segundos de llegar al pueblo.

Era la mejor amiga que tenía allí.

Estaban también Rosalie, con su pelo castaño claro ensortijado y sus brillantes ojos azul marino, y su marido Jack, que era casi una calcomanía suya. Ambos debían de rondar los treinta años y vivían un par de casas después de la de Marie.

Ann, la anciana bibliotecaria, con el cabello siempre teñido de colores y ropa hippy, que siempre conseguía sacarme una sonrisa.

Y luego estaban las mellizas Black, Beatrix y Helen, que podían ser todo lo mellizas que quisieran pero no se parecían en nada más que el apellido.

Helen tenía una mata rubio platino, lisa y cortada de manera desigual a la altura de la barbilla. Sus ojos verdes me taladraban desde el abarrotado sofá de Marie.

Beatrix poseía una espesa melena rizada que le caía en tirabuzones hasta la mitad de la espalda.  Sus ojos color caramelo (al igual que su cabello), no parecían fijarse nunca en nada en particular.

Y Mike, mi jefe, que era la misma definición de oscuro aunque tuviese los ojos celestes y el cabello de un castaño tan claro que podía llegar a parecer blanco.

Me senté entre Marie y Rosalie, y empecé a hablar. Les conté todo; o al menos, todo lo que podían saber.

Que Natsu era realmente el Salamander de Fairy Tail y que yo era amiga suya. Pensaba callarme que mi nombre era Lucy Heartfilia, pero Jack me reconoció de una de las ediciones de la Sorecer Magazine. Inmediamente después, su mujer le dio un tremendo golpe en la cabeza y le dijo que dormiría una semana en el sofá por ver los reportajes de modelos.

Yo solo pude sonreír. Pero era incapaz de olvidar la mirada dolida de Marie.


Tears ~ Fairy Tail NaLuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora