I. Cayendo

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Boseong. Un pequeño condado de la zona sur de la provincia de Jeolla. No tenía mucho de especial, su mayor atractivo para los turistas era el té verde que se cultivaba en sus extensas y ricas tierras.

¿Población? Aproximadamente unos seis mil habitantes, y entre ellos se encontraban Im ChangKyun, de dieciocho años, y su padre Im DongHun.

La mayoría de tiendas de la zona eran mercadillos, muchos de ellos especializados en tés y hierbas aromáticas. Sin embargo, había un pequeño establecimiento en la esquina de una tranquila calle que era diferente.

En 'El palacio de jade', nombrado así por el color verde intenso de las tejas del local, podías encontrar de todo: desde libros deteriorados, amarillentos y llenos de polvo, antiguas vajillas con excéntricos decorados propios del Rococó, hasta joyas que quizás algún día pertenecieron a un miembro de la realeza. Seguramente la gran parte eran falsificaciones, pero eso no era algo que preocupase a los dueños del negocio.

Era seguro que ningún cliente sabía distinguir entre las alhajas de imitación y las de verdad, si no ya habrían recibido alguna queja o demanda por venderlas como auténticas.

Estos eran algunos de los pensamientos que ocupaban la mente de ChangKyun que, tras volver del colegio por las tardes, se encargaba de atender a los clientes de la tienda de antigüedades de su padre. Incluso sería divertido que alguien viniese a reclamarles por haberle vendido una falsificación, porque así al menos no se aburriría tanto.

El hijo del dueño solo podía ser descrito como extraño. Era un misterio incluso para su padre que, aun después de tantos años, todavía no lograba comprenderle del todo. Su cabello negro como el carbón caía sobre sus ojos felinos e indescifrables, su nariz recta y algo prominente para el prototipo coreano era, según DongHun, igual a la de su fallecida madre, que respondía a los cánones de belleza de América, su tierra natal.

En cambio, su boca y finos labios eran los de su padre. Su piel no era pálida, sino más bien dorada, y su cuerpo delgado y pequeño no era apto para ningún trabajo que requiriera demasiado esfuerzo físico.

En ocasiones, cuando estaba encerrado en su mundo y se aislaba de todo lo que le rodeaba, era callado e inexpresivo. De naturaleza curiosa y llena de determinación, no se consideraba como una persona asocial, aunque le encantaba refugiarse en la comodidad del silencio y prefería evitar conocer gente nueva. Y otras veces, podía llegar a ser hilarante y elocuente, haciendo inesperados comentarios en medio de las conversaciones que provocaban que el resto estallaran en sonoras carcajadas.

ChangKyun era, en definitiva, una persona extraña, única a los ojos del mundo.

La tienda no era muy frecuentada, que digamos. En toda la tarde tal vez entrasen como máximo cinco personas, todas ellas gente mayor que entraba a curiosear, y a aquello ya se le podía decir que había sido un día muy concurrido. Es por esto que ChangKyun, cuando no se entretenía imaginándose que una señora cincuentona y ricachona le gritaba por haberla estafado, a veces recurría a leer los libros de las estanterías de la zona de atrás mientras se toqueteaba los piercings que su padre le había permitido hacerse a principios de año en las orejas, y otras veces simplemente se echaba una pequeña siesta en el mostrador.

Y aquella era una de esas ocasiones. El pelinegro no se resistió y descansó la cabeza en la palma de su mano, cerrando los ojos y lanzándose a los brazos de Morfeo.

Fue un sueño agradable... estaba corriendo por los amplios terrenos de cultivo de té verde de sus abuelos paternos. En su infancia, solía pasar los veranos en la pequeña casa de campo de los ancianos. Y aunque no tuviese amigos allí, a él no le importaba, puesto que era un niño solitario. Su imaginación siempre fue su mejor acompañante.

Daniel's Madness [WonKyun]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora