XXIII. El primer y último baile

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La nieve caía delicadamente sobre las torres del castillo, y los numerosos carruajes que recorrían los jardines reales dejaban un rastro sobre el manto blanco tras ellos. Los invitados hablaban animadamente y caminaban hacia el portón abierto, dentro del cual la sala del trono les daba la bienvenida en todo su esplendor.

Todos se dirigieron al salón de baile, donde una explosión de colores y diversidad llenó la estancia y se vio reflejada en los cristales de la enorme lámpara que pendía del techo.

La celebración del octavo aniversario de reinado de KiHyun era motivo de expectación en toda Jeongjang, congregando a todas las familias de alta alcurnia que habían sido invitadas expresamente al lujoso acontecimiento.

Mientras que todos los invitados reían entretenidos, había una persona que lo observaba todo desde las columnas laterales de la gigantesca sala. MinHyuk mantenía la espalda recta, ataviado con su armadura negra y una espada en su cinto, analizando su alrededor con seriedad.

Sin embargo, el cálido ambiente le resultó tan agradable que deseó poder unirse a la fiesta.

El rey todavía no había hecho acto de presencia, por lo que los músicos se dedicaban a tocar una melodía de fondo que instó a MinHyuk a perder su mirada en los elegantes vestidos de las invitadas y en sus coloridas alas llenas de plumas. También se fijó en las escamas y en los ojos inquietantes de algunos invitados; pero uno de ellos le llamó especialmente la atención.

Un hombre de cabellos castaños estaba saludando a una mujer, tomándola de la mano y besando su dorso con un descaro que no pasó desapercibido por el pelirrojo. En cuanto MinHyuk le reconoció, todo su cuerpo se tensó y desvió la mirada, pero el invitado ya le había visto también y se dirigió hacia el sombrerero.

MinHyuk bajó la cabeza a modo de saludo cuando JooHeon llegó hasta él y se dedicó a seguir mirando al frente, ignorándole deliberadamente.

—Ya veo que no hiciste caso de mi advertencia —habló JooHeon. Su voz sonó tan seca que MinHyuk no pudo evitar molestarse; le dolía que le sonriera a cualquier mujer, pero que a él solo le tratase con frialdad.

—Por supuesto que no.

Muy a su pesar, JooHeon se apoyó en la columna y observó a los invitados, sin intención de marcharse pronto.

—Míralos a todos, tan felices... tan ingenuos. —El comentario provocó que MinHyuk le mirase de soslayo: JooHeon estaba ataviado con un elegante traje gris y llevaba media cabellera retirada hacia atrás, dejando ver un corte que le atravesaba la mejilla y que despertó la preocupación en MinHyuk—. Su vida es como un cuento de hadas. Un mundo irreal.

—...Tú formas parte de ese mundo —respondió el sombrerero tras un rato observando a los invitados.

Aquello se ganó una risa seca de JooHeon.

—Yo no pertenezco a ninguna parte. Y mucho menos a un mundo fantasioso basado en mentiras.

MinHyuk apretó la mano sobre el mango de su espada y desvió la vista al suelo reluciente.

—Te equivocas. —JooHeon le miró extrañado hasta que por fin continuó explicándose—. Sí que formas parte de uno.

El mensaje estaba claro. JooHeon descruzó los brazos y le escudriñó como si no hubiera nadie más alrededor, tratando de averiguar si de verdad MinHyuk quería decir que formaba parte de su mundo; la coraza fría y calculadora en la que se refugiaba estaba empezando a agrietarse.

—MinHyuk... —habló con una voz débil.

—¿Así que eres un cambiaformas? Todo este tiempo... ¿fuiste un lacayo del rey? —La repentina acusación de MinHyuk le dejó sin palabras, por lo que no le quedó más remedio que asentir ante la obviedad—. Déjame preguntarte algo —prosiguió el pelirrojo, sin darle la oportunidad de defenderse—, ¿por qué me salvaste cuando era un bebé? ¿Por qué te tomaste la molestia de cuidarme?

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⏰ Última actualización: Sep 05, 2018 ⏰

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