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Quedamos en que no era justo que iniciáramos una pelea, si no sabíamos con lo que tratábamos primero. Nadie estaba seguro de nada y la ansiedad corrompía los corazones y las mentes de todos, sin embargo, todos concordábamos en algo; si iniciábamos una guerra en estos momentos, estaríamos en clara desventaja.
Conseguir más suministros, municiones y armas; nuestra prioridad incansable. Esperar en el refugio que ahora considerábamos hogar, era la alternativa más viable.
Limpiaban la calle por nosotros; lo que más adelante, nos permitiría movernos con más libertad. Nuestro plan, consistía únicamente en esperar. Cosa que molestaba a algunos; por supuesto...
No teníamos idea de quiénes eran, ni si eran amigos. No sabíamos si habían encontrado la cura o no eran humanos. Las dudas nos embargaban y nada era capaz de resolverse; no obstante, teníamos gente enferma que sanar.
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Considerando que la unión es la que hace al fuerte, y la división al débil, todos hicimos lo que nos indicó la lógica que era; por el momento; lo más seguro.
Fueron semanas difíciles; las que siguieron. Pues no sabíamos contra qué nos enfrentábamos, pero podíamos ver que su tecnología no parecía de nuestro mundo. Eran más altos, y estaban mejor equipados. Sus armas, parecían las sacadas de un videojuego. Tuvimos que construir un refugio subterráneo que nos tomó días de trabajo entre todos; que, aunque no era el más seguro; definitivamente nos ocultaría de la vista de esas naves.
El tiempo que se tuvo, se aprovechaba en planear estrategias. Hubo quienes protestaron porque Stefano, Mathias y Rada se unieron al plan de estrategias ávidamente, sin antes haberlo merecido pero no afectaba en nada, más de lo que ya sufríamos.
En el grupo, existía una regla muy importante; que era la de salvar a nuestros miembros, y no abandonarlos jamás. Poniéndolo de ésta manera; nadie podía formar parte del plan de estrategias, si no había salvado siquiera a uno de nuestros miembros, previamente.
Todos sus barullos y berrinches, fueron construyendo una teoría conspirativa, pero no evitó que los llamáramos a nuestra mesa. La información que tenían para nosotros era vital.
El Arqueólogo contó que una de las inspiraciones que tuvo para dedicarse a la ciencia, era su maestro. Cuando niño le contó que un hombre siempre lo apoyó en todo lo que hizo; académicamente, y ese era un arqueólogo que en su país no había tenido mayor representación o presencia. Se dedicaba a dar clases. No obstante; su conocimiento era amplio.
Una noche, de esas en que la luna se deja observar en su plenitud, con una luz cegadora y el cielo despejado de estrellas; Stefano se dirigió a la casa de su profesor, para que le salvara una duda.
Ambos vivían a corta distancia del colegio, por lo que se le hacía también fácil, ir a buscarlo.
Esa noche, su profesor, le contó una historia inquietante. Que cuando la reflexionó de mayor, entendió que había aprendido más que solo las vicisitudes del Renacimiento.
Le había contado, que cuando era niño; había hecho un viaje a Roma con sus padres. Siendo católicos, fueron al Vaticano desde el primer momento. Su padre, además, tenía una fuerte relación con la Iglesia, participando como líder y como un asiduo mecenas. Participaba en todo lo que pudiera ser de ayuda en los proyectos de la Iglesia. Y; particularmente, en un evento en el que tuvo presencia, conoció a un Obispo que le dijo que le permitiría llegar a la Biblioteca del Vaticano si hacía una promesa. Una vez cumplida, podría visitarlos.
Naturalmente su pequeño retoño lo acompañó a ese viaje y en ese privilegio. No podían escudriñarlo todo, pero tenían acceso a una pequeña sección de la Biblioteca que a su padre le interesaba en demasía porque contenía relatos de testigos de primera mano de la construcción de San Petersburgo.
Fue en un descuido, en que su padre y el Obispo se sumieron en la exégesis del pasado, que ese niño se aventuró por los pasillos de esa enorme fortaleza sólo; encontrándose con una sección de libros antiguos y empolvados que parecían olvidados. Daba la impresión, de que nadie los visitaba, y que nadie quería saber de ellos. Ni siquiera ordenarlos.
Acostumbrado a tomar libros viejos, y descubrir en ellos un sinfín de maravillas interminables; no lo pensó dos veces para asirse con uno de aquellos manuscritos empolvados. Siendo el hijo de un padre que tenía la fascinación por las antigüedades muy entrañada; a su corta edad ya había aprendido dos idiomas bíblicos. La coiné y el latín no le representaban mayor dificultad más que el tiempo en la traducción. Carecía de tiempo; más tenía el suficiente para leer algo que lo dejó impactado. Atónito.
Uno de esos manuscritos antiguos hablaba de Alienígenas, refiriéndose a las pirámides como un artefacto de energía o una máquina que usaban para comunicarse entre ellos o crear abscesos de energía cósmica que pueden generar portales a otras dimensiones inexploradas por el hombre.
Stefano comentó que su maestro hablaba con mucha veracidad y convicción cuando relataba su experiencia en un tipo de confesión nostálgica.
Al regresar el niño con su padre; lo interrogaron sobre su paradero. Dijo sólo haber ido a observar y admirar. Nadie imaginó que había leído una parte de la historia oculta de la humanidad.