III. Solo Serán 20.

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Habían pasado dos semanas, como todos los días, Lexa entró empujando el bloque y vió a la rubia tendida exactamente como la primera vez. La sangre manchaba el suelo, se acercó a ella tratando de jalarla. Toda la noche había pasado el tiempo juntando lavanda para impregnar su ropa de un olor parecido al de la vampiresa, tal vez así dejase al menos de golpearla. La jaló como pudo hasta la cama de hielo donde pieles de oso la abrigarían, la cubrió con la cobija y buscó la pequeña botella de metal.

Clarke estaba medio despierta y otra vez aquel pequeño olor a chocolate la invadía. Suspiró sin abrir los ojos y la dejó ser. No tenía fuerzas ni para abrir los ojos. Su respiración era un poco agitada, y costosa. Los golpes le habían dejado varias secuelas. Y el dolor era potente en ella, cada vez sentía que dormía más tiempo.

Lexa abrió la botella de metal que siempre dejaba escondida para agregarle gotitas de un aceite herbal concentrado, eso le calmaria el dolor a la vampiresa. Batió la botella y se acercó a ella, abrió el envase y le dió de beber con cuidado para evitar que se ahogara. No hablaría más, ya no. Sabía que la golpearía apenas se recuperara por lo que tambien sabía que debía irse pronto.

La rubia con las pocas fuerzas que tenía, giró el rostro para evitar que le diera a beber lo que sea que le iba a dar. Suspiró cansada y con apenas un hilo de voz dijo.

-A Anya no le va a hacer gracia esto, es mejor que te vayas...- Mal o bien, la loba era una niña, no iba a permitir que la maten por querer ayudarla.

Lexa ignoró su comentario y frunció el ceño sujetandole el rostro obligandola a beber, debía recuperarse. Terca. Pensó sin soltarla hasta ver que bebiera todo.

Clarke esbozó una pequeña sonrisita arrogante, aún con los ojos cerrados negó, y tragó el contenido dándose por vencida, después de todo no podía moverse si ella la sujetaba. No tenía fuerza.

-Vete.- volvió a susurrar una vez hubo bebido, con la voz un poco más clara se sentó sobre el suelo mientras abría los ojos y observaba a la muchacha.

-Si quieres ser una buena líder, no debes dejar que tus súbditos pierdan el respeto hacia ti.- Sabía que la joven era una de las princesas, lo dijo como un consejo, quería que la chica en serio se fuera. Solo estaba buscándose problemas.

De repente la rubia se puso de pie y la empujó hasta una parte de la celda donde estaba muy oscuro y apenas se veía desde fuera. A Lexa el inesperado golpe la había dejado sin aire y empezó a toser tapandose la boca. Un lobo "guardia" pasaba por el lugar, dando un pequeño vistazo a la celda al escuchar el ruido abrió la celda ingresando, el olor a lavanda no suficientemente fuerte.

Clarke se había separado esperando que no viese a Lexa, el guardia acestó un golpe en el rostro de la rubia al verla en pie dejándola algo mareada y cerca encontró la botellita de metal. La olió reconociendo a su dueña y salió del lugar azotando la puerta

Lexa apareció luego apretandose el pecho mirando la puerta

-Debo írme... Por favor, evita escuchar de ahora en más- dijo la pequeña con una voz temblorosa, luego caminó hasta la salida y la miró.

-No quiero ser una líder, quiero que las muertes y las torturas... Terminen- dijo con una voz apagada saliendo del lugar acomodando el bloque

-Esto es la guerra, no acabará hasta que mi raza muera- murmuró la rubia mientras la veía salir, aturdida se recostó en la improvisada cama y cerró los ojos.

Anya caminaba por la sala del castillo esperando la primera visita de su prometida. Observa a uno de sus guardias acercarse, por la expresión en su rostro, temió lo peor.

-Mi señora..encontré esto en la celda de la prisionera.- mostró aunque Anya no necesitó verlo para saber de lo que se trataba. Apretó los puños con sus ojos llenos de decepción.

-¿Procedo mi señora?- preguntó el lobo al ver que la mujer se quedaba callada.

Anya erró los ojos evitando llorar.

-No... Solo... Veinte... - dijo con un hilo de voz, sin regresar a ver al lobo que ya se había ido. Escuchaba los gritos fuera, el espectáculo iba a comenzar.

Furiosa pateó una mesa de cristal haciendola pedazos contra la pared. Y camino hasta la alcoba de Raven.

Los guardias atraparon a Lexa quien corria por el patio. La ataron a un poste haciendo que lo abrazara, frente al concejo y cientos de lobos.

-Dada la sentencia de nuestra alfa, se procederá al castigo por confabulación con el enemigo.- Pike sonreía, el amaba la sangre, los castigos eran su cosa favorita en el mundo, pero era aún mejor cuando él se encargaba de darlos.

Lexa abrazaba el poste con fuerza cerrando los ojos, temblando levemente. Solo pensaba en Clarke. No escuches, por favor no escuches.

El primer latigazo no se hizo esperar, ni los otros diecinueve. Cada uno abría su piel con mayor profundidad. Los gritos de Lexa se escuchaban por todo el lugar. Y en los calabozos no era la excepción.

Clarke escuchó la sentencia desde su celda, el agitamiento por la reunión le daba a entender lo que estaba pasando. ¿Qué clase de crueles eran para tratar así a una niña? Suspiró, en casa no se le hacía eso a los niños, solo se los castigaba con más tareas, menos juegos. La crueldad de los lobos podía en verdad sacarla. Mocosa... Le dije que no viniese. Gruñe realmente enojada, da un golpe en la pared astillandola.

Lexa soportó valientemente los primeros 6, gimiendo lastimosamente los siguientes 11. Para el 18 latigazo caer de rodillas inconsciente por el dolor, el 19 y 20 pasaron por su piel más ella ya no estaba. Como era de esperarse, Anya no asistió al evento.

Una vez acabado el castigo, un lobo cargó a Lexa y la llevó al granero, debía estar lejos de la vista de Anya una semana. Lexa cumplía ese día 14 años por lo que para cuando se convirtiera en mujer a los 15 no estaría con su familia. La pequeña loba yacia inconsciente sobre la alfa.

Clarke sabía lo que pasaría con ella. Era consciente de los castigos que los lobos hacían. Tantos años como consejera le habían dado tiempo para enterarse de todo, sobre todo cuando la orden aún se conformaba por ambas razas. Hizo un pequeño análisis del perímetro y se teletransportó hasta el granero. No había lobos cerca más que la chica que yacía en el piso. Tenía cinco minutos antes de que el guardia volviera a su celda.

-Niña malcriada...- Suspiró y se acercó a ella, el olor a sangre era potente. Había traído con ella la manta que la chica le había dejado.

La despojo de sus ropas con rapidez intentando no lastimarla, y observó la sangre y las heridas, tentada a comérsela. Pero no podía, se lo debía. Y sólo estaba ahí para pagar su deuda.

-Eres en realidad terca.- susurró casi gruñendo.

Llevó sus labios hasta la espalda de la chica, dando suaves lamidas sobre sus heridas. Era bien conocido que la saliva de un vampiro podía cicatrizar y parar hemorragias con rapidez. Hizo el mismo proceso por el resto de sus heridas. Sintiéndose algo mareada, no había comido en días, y su cuerpo le pedía a gritos sangre.

-Estamos a mano... Odio deber cosas. Y más por obligación...- Gruñó apartándose, si no lo hacía acabaría comiéndosela. Echó la pequeña cobija sobre el cuerpo de la chica, volviendo a su celda justo pocos segundos antes de que el guardia pasara. Si la chica era inteligente, no volvería a verla.

-Mamá, si soy buena ¿me llevaras al. Castillo?- Preguntó la pequeña rubia mientras abrazaba a su madre y bostezaba.

-Solo si te portas bien Maddie, también con mama Nylah.- besó la cabeza de su pequeña, y la observó asentir antes de quedarse dormida en sus brazos.

-Eres la mejor madre.- Nylah la veía desde la puerta.




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Madre Luna.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora