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17/11/1942

—Mamá, mamá, vamos —le tiro de la mano y ella ríe.

—Espera que aparte la comida del fuego —hace lo que dice y se seca las manos en el delantal para luego quitárselo —Vamos —coge su abrigo de la percha —¿Y tu abrigo? —frunce el ceño.

—Arriba —señalo el techo.

—Pues venga, sube a por él —se coloca el suyo.

Corro escaleras arriba y me encuentro con Laura.

—¿A dónde vas enana? —cuestiona con un par de libros en los brazos.

—Mamá quiere que me ponga el abrigo antes de salir a casa de Elena —hago un mohín con los labios.

—Tiene razón, hace frío y puedes enfermar —me sonríe —Venga —me incita con la cabeza a que vaya a por el abrigo y yo corro a mi habitación.

Cuando llego a abajo, ya lo llevo puesto.

—Muy bien, vámonos —me tiende la mano y yo se la cojo entusiasmada.

Salimos de casa y caminamos por una calle en las que veo varios coches del ejécito pasar.

—¿Ahí va papá? —señalo un coche que pasa.

—No cielo. Pero quizás en uno muy parecido en otro lugar —me sonríe pero anima el paso.

Llegamos frente a la casa de Julia y da golpes firmes mi madre en la puerta.

—Oh buenas tardes—abre la mamá de Julia —Pasa, Julia está en su habitación —me abre la puerta para que pase.

—Ten cuidado y pórtate bien —me pide mamá agachándose a mi altura.

Asiento con la cabeza y le doy un beso en la mejilla para luego entrar corriendo en la casa.

—¿Sabes algo de Jorge? —escucho que le pregunta la mamá de Julia a la mía.

—No, esto no parece tener fin —responde ella triste —El otro día tuve que meter a Adela e Isaías con Laura y Francisco en una habitación con el tocadiscos. Porque por centésima vez intenté llamar para ver si me podían decir algo de Jorge, y no quería que los más pequeños se enterasen. Isaías todavía no comprende pero ella sí, además de que es muy curiosa. Pero vamos, todos en mi casa estamos perdiendo las esperanzas. 

—No te preocupes Sara. Eso parará algún día—asegura. ¿El qué parará algún día?

Me alejo de las escaleras y abro la puerta del cuarto de Julia dónde se encuentra jugando con sus muñecas.

—Hola —saludo y me siento en el suelo frente a ella.

—Hola —me sonríe y me tiende una muñeca —Vamos a jugar. [...]

De repente escucho el ruido de unos pasos rápidos en las escaleras y sé que Julia también cuando se levanta a abrir la puerta aunque todavía le cueste a ella llegar al pomo.

—Niñas —abre la puerta la mamá de Julia con una cara alegre y de sorpresa.

—¿Qué te pasa mamá? —pregunta Julia con cara extrañada.

—Nada malo —se acerca a nosotras y se arrodilla —Solo que Adela tiene que regresar a su casa porque su mamá me dijo que la necesita allí.

—¿Por qué? Acabamos de empezar a jugar —protesto haciendo mi típico mohín con los labios.

—Ve a casa y lo averiguarás —me sonríe la mamá de Julia.

Me levanto titubeante, me pongo el abrigo y me dirijo a mi casa acompañada de la madre de Julia.

Al llegar, decido llamar al timbre. Pero antes de pulsar el botón, me paro pensativa.

— ¿Seguro que mi mamá está bien? —le pregunto indecisa —Antes te escuché hablando con mi mamá, y parecía que estaba preocupada por algo.

En un momento parece que me dirige un mirada teñida de pena. Pero rápidamente planta una sonrisa en toda su cara y empuja mi mano derecha, haciéndome pulsar el timbre. 

—¡Hola! —se asoma mi madre por la puerta —Venid dentro, que hace mucho frío.

Nosotras le obedecemos. Una vez dentro me quito el abrigo y miro a mi madre. Ella está extrañamente feliz, hacía algunos meses que no la veía así.

—Mamá, ¿estás bien? —le pregunto extrañada.

—Claro que sí cariño —dice agrandando su sonrisa — Id al salón, que os he preparado un poco de té— nos ordenas mientras ella se pierde tras las puertas de la cocina. 

 Vamos donde nos dice mi madre, pero antes de entrar, Rosa se hace a un lado para dejarme pasar la primera.                                                                                                                                  Yo entro y veo a un hombre sentado en el sofá. Éste se levanta y se pone en frente de mí con los brazos abiertos. Yo, obviamente, me extraño. No todos los días un desconocido se presenta en tu casa y te quiere abrazar. Aunque sinceramente no me parece un desconocido, me parece haberlo visto en algún lado.

—Cariño, ¿no lo vas a abrazar? —me pregunta ilusionada Rosa.

Yo sigo ahí, inmóvil en mi sitio y mirando a mi alrededor. De verdad que este hombre me suena de algo, pero no consigo recordar de qué.
De repente reparo en una foto encima de la mesa. En esa foto estoy yo con toda mi familia cuando yo estaba recién nacida, incluso con mi padre. ¡Mi padre!
¿Es esto posible? Voy alternando mi mirada entre la foto y el hombre que tengo delante, y tras hacerlo varias veces no me queda ninguna duda.

—¡Papá! —grito lanzándome a sus brazos —¡Has vuelto!

—Sí cariño, así es—asiente con los ojos llenos de lágrimas.

Mientras le estoy abrazando reparo en que tiene el brazo izquierdo en cabestrillo y con una escayola.

—¿Qué te ha pasado en el brazo? —inquiero rozando la escayola con la punta de los dedos. Sé lo que es porque Julia se rompió una pierna hace 6 meses y le pusieron esto. 

—Una mala caída durante un tiroteo —me responde con una mirada melancólica — Pero no te preocupes, en un par de meses estaré como nuevo —me acaricia la mejilla mientras esboza una diminuta sonrisa. 

—Y tendrás que volver —interviene mi madre desde la puerta del salón.

—Sí, pero por lo menos estaré aquí con vosotros durante un tiempo—repone él mirándola por encima de mi hombro. 

—Un tiempo muy corto —protesta mi madre con lágrimas en los ojos —¿No puedes pedir que te alarguen la baja?

—Ya te dije que no antes, necesitan a todos los soldados posibles —vuelve su mirada a mí apartándola de mi madre con notable enfado. 

Yo observaba la discusión en los brazos de mi padre, mientras intentaba no llorar. Mi padre había venido para irse.

80 díasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora