IV.

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—Es... ¿es un árbol? —interrogó la muchacha, apreciando aquel manojo de ramas negras que se erguía justo frente a ellos. Su enorme tallo nacía de lo que parecía ser un agujero en la piedra roja y estaba rodeado por una mediana laguna de las mismas aguas negras que había visto poco antes.

—Parece, pero no lo es del todo. Se dice que es una de las extremidades de Su, el ente que domina esta zona —explicó.

—Vaya. ¿Quiénes están aquí?

—El dominio de Su está dedicado a quienes tienen apegos insanos y a quienes dejan de valorarse por prestarle más atención a su apego que a sí mismos. Mira, de cerca se aprecia mejor, pero ten cuidado de no pisar el agua; aparte de marcar los límites de este dominio, sigue siendo tan peligrosa como la del mismísimo Mar Negro —indicó. La muchacha se aproximó tanto como el límite de la laguna le permitió y desde ahí analizó lo que estaba sucediendo:

Una enorme parte de los merodeadores del dominio de Su, con los pobres pies desnudos y sumergidos en las aguas negras del piso, se acercaban al oscurísimo árbol y lo abrazaban impetuosamente, como si se tratase de un ser querido que no habían visto en años. Lastimosamente para ellos, dicho árbol estaba abundantemente poblado por horrendas y filosas púas que penetraban la piel de quienes las tocaban tan fácilmente, que asemejaban ser cuchillas calientes de metal atravesando mantequilla. Sin embargo, este sangriento castigo parecía no importarles en lo más mínimo; había quienes incluso, tras ser agujerados profundamente por todo el cuerpo (en especial de los ojos), abrazaban más fuerte al árbol.

—Pobres de los merodeadores que, allá en el mundo exterior, pierden poco a poco el valor propio que tienen al apegarse tanto a un factor dañino en sus vidas; puede ser en la forma de una persona, un empleo, alguna acción... puede ser en la forma de casi cualquier cosa. Mira arriba —sugirió él, señalando hacia un punto alto. La muchacha vio hacia donde el dedo de él apuntaba y se percató de que, sorprendentemente, allá en donde la niebla no reinaba, varios merodeadores habían escalado hasta alcanzar vertiginosas alturas, aunque no existía diferencia alguna entre el suplicio de aquellos y del de quienes estaban abajo.

—¿Por qué lo escalan?

—Un apego insano puede tener varios niveles de peligro. Esos de allá arriba han alcanzado un nivel extremo de poca autovaloración. ¡CUIDADO! —gritó de repente, tomándola del antebrazo y jalándola hacia atrás. A los pocos segundos del aviso, un cercano, fuerte y húmedo impacto los tomó por sorpresa. La muchacha, tras ver a la persona que había caído desde las alturas (un pobre hombre joven que yacía sumergido casi totalmente en aquellas aguas) sintió sin previo aviso un fuerte ardor repentino en algunos puntos separados y repartidos por todo su cuerpo.

—¡Ay, ¿qué es esto?! ¡Escuece, me arde! —se quejó.

—Tranquila, no pasa nada, fue solo una salpicadura del agua —le devolvió, poniéndose frente a ella y limpiándole las salpicaduras con su bata. De todas maneras el ardor no la abandonó del todo—. ¡Mira, se está recuperando! —señaló. La muchacha atendió y en efecto, notó que el hombre caído se incorporaba lentamente y se ponía de pie.

—¿Podemos ir a ayudarlo?

—¡De ninguna manera! ¡Ni se te ocurra meter un pie ahí! —le advirtió el guía, bloqueándole el paso con su brazo—. Si de alguna manera puedes ayudarle, háblale, dale ánimos. Él te oye, pero ten presente que no te ve.

—¡Amigo, amigo, camina derecho, frente a ti! —empezó a instruirle a aquel pobre merodeador, quien, sollozando adolorido por la caída y sintiendo el cuerpo casi al rojo vivo por el ardor, daba torpes pasos hacia ella—. ¡Así, vas bien! ¡Sigue caminando, ya casi!

Después de un minuto de instrucciones que guiaban a aquellas dos pobres piernas lesionadas, el muchacho pisó la orilla y salió del dominio de Su, escurriendo aguas negras de su ropa (una desgastada bermuda beige y una camiseta gris de tirantes) y de toda su piel descubierta. Tenía, repartidos por todo su cuerpo, un buen número de profundos y sangrantes agujeros que lucían muy mal y las pobres cuencas en donde deberían reposar sus dos ojos, estaban completamente vacías. Volun lo recibió con un caluroso abrazo y, cuando lo soltó, ¡los agujeros parecían menos dolorosos que hacía unos segundos! Sin embargo, no recuperó del todo su salud y mucho menos su vista. Tras tocarle la frente con cariño y revolverle los cabellos, Volun le dijo unas cuantas palabras y lo dejó ir.

—¿Por qué no lo sanaste del todo? Ese abrazo tuyo casi le cierra todas sus heridas —preguntó la muchacha.

—No me corresponde la tarea de sanar a nadie que no pertenezca a la Rampa de los Inconscientes. Eso sucederá en la Zona Purgatoria, si es que llega directamente y no pasa a ser parte de otro dominio —explicó—. Vamos, ya hemos estado mucho tiempo aquí.

El Abismo de los CiegosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora