Capítulo 8

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Los policías se arremolinaban alrededor de la casa. Esther Di Fiore, la abuela de Claire, estaba fuera, explicándoles la situación, mientras la joven se limitaba a beber de su taza de café frente a la chimenea; absorta en la hermosa danza de las llamas.

Hacían ya doce horas que había desaparecido Rebecca Lancaster, tía de Claire y madre de Valeria y Sasha.

Nadie la había visto u oído. Ni los vecinos ni nadie cercano al lugar donde vivía la abuela de Claire. Una parte de ella quería creer que aún estaba bien, y así lo hacía; pero a la otra le costaba más. Después de todo por lo que había pasado ya no esperaba encontrarse con sorpresas.

Su cabeza daba vueltas, mientras buscaba alguna solución a la situación. Lamentablemente, no había ninguna; toda la esperanza caía sobre los hombros de los policías.

Su prima Valeria debía de estar destrozada. Claire sabía mejor que nadie que Valeria lograba mantenerse informada incluso antes de que las noticias salieran a la luz.

Dudaba que la volviera a ver.

Cuando su taza se vació se levantó del cálido lugar y sus pasos la llevaron hasta la cocina. Allí se sirvió más café y subió al piso superior.

Dio varias vueltas, sin saber realmente a donde ir. Esa misma mañana llamó a su madre para contarle la devastadora noticia. La mujer había colgado antes de oír los sollozos de su madre.

Caminó hasta la elegante puerta doble de la habitación de su tía. Custodiada por dos hermosas esculturas de mujeres de mármol blanco, que veían con sus ojos de piedra a cada persona que entraba y salía del lugar.

La habitación estaba igual que la última vez que había entrado. El sillón blanco frente a la chimenea cobraba un color amarillento gracias a las llamas. El suelo, siempre suave por la alfombra beige que cubría el lugar entero. La cama con dosel de color azul como el cielo.

En las paredes de la habitación había varias fotografías.

La mujer caminó hasta una de las más cercanas. En la foto se veían a dos hermanas muy alegres, casi idénticas, entrelazadas en un hermoso abrazo fraternal. En otra estaba la madre de Claire y Rebecca, su tía, mirando a la cámara con alegría mientras celebraban la graduación de la universidad.

Siguió paseando por la habitación, con la gratificante sensación que la taza humeante de café le transmitía. Frente a la cama había una estantería en donde, muy bien ordenados, habían muchos libros de autoayuda, también habían varios de romance, pero poco más. Sobre una mesilla de noche había un portarretrato de una Esther treinta años más joven, con el mismo rostro bondadoso que la caracterizaba; el cabello, una mata de pelo largo y rubio, que enmarcaba a sendos ojos azules como el mar. Junto a ella, abrazadas a sus piernas, dos jóvenes de no más de diez años sonreían mientras miraban a la cámara.

La última imagen la había hecho sentir terriblemente mal. No podía negar que estaba bastante triste por la desaparición de su tía, pero aun así, en lo más profundo de su alma albergaba la esperanza de que la mujer estuviera bien; que solo hubiese sido una noche de diversión junto a sus amigas, o la visita a algún lugar para sacar todos los problemas que la habían azotado en el último año.

Sin duda alguna, este había sido el peor año para su familia.

Un fuerte sonido hizo que saliera de la visión. Un hombre gordo y vestido con uniforma de policía irrumpió en la estancia, a la vez que le ordenaba que se retirase. La mujer obedeció, respondiendo con un ligero y sencillo asentimiento de cabeza.

Las grandes estatuas de mármol la observaron al retirarse de la estancia. La puerta de la antigua habitación de Valeria también estaba abierta de par en par, por lo que supuso que también habría policías allí.

ValeriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora