Epílogo

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Tirinto, Península del Peloponeso

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Tirinto, Península del Peloponeso


Varios meses después


Perseo despertaba de golpe, levantándose de su lecho respirando agitadamente mientras la luz de la luna lo iluminaba desde el balcón de sus aposentos. El sudor recorría su tonificado cuerpo lleno de unas cuantas cicatrices. Marcas hechas por su batalla, con la temible bestia que él respetaba.

La bestia que llegó a amarlo a pesar de saber de qué la mataría.

Ya habiendo recuperado el aliento tras una breve pausa, se reincorporó de su cama y avanzó hacia el balcón, sintiendo el aire frío de la noche chocando con su frágil piel. Miró profundamente su reino. No era Argos, pues ya hacia un tiempo desde la muerte de su abuelo a manos suyas que decidió no gobernar en su tierra de nacimiento. Hizo un trato con su tío segundo, Megapentes, acordando una paz duradera en la que ambos reinos se respetarían mientras sus gobernantes estuvieran dispuestos a intercambiar coronas.

Aún recordaba la culpa y la frustración de aquel día cuando de entre la multitud de ese mercado descubrió que inconscientemente mató a Acrisio con aquel disco. No sufrió mucho, más sentía una gran culpa. Después de todo, fue el tirano que los exilió a él y a su madre. Pero no deseaba su muerte, quería hablar con él. Decirle que no lo odiaba, que no lo mataría, que desafiaría a los dioses mismos de ser necesario.

― ¿Mi amor? ―dijo una voz a sus espaldas.

Perseo regreso su vista hacia atrás solo para encontrarse a la mujer que rescato en aquellas rocas cerca del mar. Su reina, su esposa, Andrómeda. Aun estando en la oscuridad d la noche, iluminada nada más que por la luz de Artemisa, a los ojos de Perseo solo la hacían resaltar más su belleza. Más aún cuando ella cubría su cuerpo con una de las sabanas de la cama que compartían.

―Lo siento, no podía dormir. ―le contestó el héroe ahora rey de Tirinto.

― ¿Pesadillas?

―SÍ. No dejo de soñar en aquel día. Tampoco cuando estaba en las profundidades del templo de Medusa. Todo me ataca como si quisieran verme muerto.

La mujer de cabellos rojizos oscuros tan solo se acercó a su amado esposo, rodeándolo con sus delicados brazos mientras descansaba su cabeza en uno de sus pectorales. Pasó su mano por una de las heridas que tenía en la espalda suspirando clamada, como si tratara de regresarle ese calor y esa paz que ella sentía al estar con él.

Cosa que funcionó, pues el semidiós tan solo la rodeo de vuelta esta vez con sus brazos fuertes y firmes.

― ¿Recuerdas lo que me dijiste antes del día de nuestra boda? ―le pregunto viendo profundamente a sus ojos.

Ante aquello el héroe solo sonrió.

― ¿Cómo olvidarlo? ―le respondió― Te dije que sin importar que, mi amor por si sería infinito como el número de estrellas que veamos en el cielo. No parabas de llorar de felicidad desde que me viste arribar en el palacio de tu padre.

―Lo sé. Incluso ahora puedo sentir mis ojos húmedos por saber que te tendré siempre a mi lado. Junto con nuestro hijo.

Perseo la miró detenida mente antes de agacharse y posar el costado de rostro en el estómago de su esposa. Cerró los ojos y se concentró en experimentar alguna señal del nuevo ser que crecía dentro de ella. No le importaba si fuera una niña o un niño, tan solo sabía que le daría todo el amor que un padre podría dar.

―Aún es muy pronto para que lo sientas, amor mío. ―le dijo Andrómeda.

―No me rendiré, sé que será fuerte, listo y lo mejor de mi vida. Como tú. ―contestó el semidiós levantándose para quedar mirando a su esposa.

No faltaban palabras para entenderse mutuamente. Ella sabía que él deseaba sus labios, tanto como ella deseaba los suyos. Lentamente se acercaron, admirando cada facción que les encantaba de cada uno. Pero sobre todo, los ojos de ambos eran el tesoro que más les fascinaba y le daba un placer presenciar. Ojos oscuros se encontrar con el brillo de ojos grises que no despegaban su atención muta.

Sus labios se rozaron gentilmente unos instantes antes de poder culminar en un beso profundo, suave y delicioso para su deleite. Todo mientras las estrellas, junto con la luna eran las únicas vigilantes de aquellas dos almas que darían una vida totalmente nueva al mundo.


Florencia, Italia


Año 2019


Justo en dentro de la famosa Piazza della Signoria, se encontraba un muchacho admirado una gloriosa estatua de bronce. Era la mismísima estatua que representaba la victoria de un gran héroe en contra de un horrible monstruo, cuyos nombres estuvieron ligados por siglos en el arte y en el cielo nocturno.

Perseo y Medusa.

El chico se tomaba su tiempo, trazando con su lápiz la figura que tenía enfrente suyo. Su concentración era magistral, calcando y borrando pequeñas imperfecciones de la gloriosa estatua en su cuaderno de dibujo. No entendía el por qué pero algo en su interior lo llamaba a esa estatua creada por Benvenuto Cellini.

―Mario, es hora de irnos. ―dijo una voz a sus espaldas.

El chico volteo su cabeza hacia una mujer de cabellos azabaches y mirada seria con unos lentes redondos. Vestía con una falda color gris que le llegaba a las rodillas, una camisa con corbata y un saco.

―El grupo ya está a los camiones―le dijo al chico.

―Lo siento profesora Cabrino, voy para allá. ―respondió el chico cerrando su cuaderno justo antes de volver a mirar la estatua del semidiós y la gorgona.

Mientras el chico salía del lugar, la chica miró la estatua y no pudo evitar fruncir ligeramente el ceño. Por un leve instante, sus ojos de color oscuro brillaron en un color gris tormenta.

―Sigues siendo un poco celosa, ¿lo sabes? ―dijo una voz varonil a su lado derecho.

―El pasado es pasado, Hermes. ―respondió la chica al hombre rubio de camisa y short vacacionales estilo Hawái.

―Repítelo hasta que lo creas, Atenea.

Y con aquella leve interacción, la mujer salió del lugar a paso firme y con la mirada puesta en Mario, que avanzaba junto a una chica de su misma edad. De cabellos largos y sueltos de color negro como la noche.

―Mortales inmundos...―susurro Atenea mientras subía junto con los chicos al autobús.

Todo mientras tocaba un hermoso anillo de color plata en su dedo anular, con el rostro de la antes hermosa sacerdotisa convertida en monstruo que alguna vez le sirvió en su templo en Atenas.


Fin

JUSTICIA: Perseo y MedusaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora