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Atenas, Península de Ática

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Atenas, Península de Ática

Eran las altas horas de la noche en la ciudad protegida por la diosa de la sabiduría. Medusa yacía en su lecho inquieta. Forcejeaba levemente mientras las sabanas que cubrían su hermoso cuerpo se doblaban. Aquel hermoso rostro que todo hombre ama estaba haciendo muecas desoladoras tras la horrible pesadilla.

Y de allí despertó de golpe.

Agitada y con pequeñas gotas de sudor recorriendo desde su frente hasta la base de su cuello respiraba con dificultad mientras rogaba a los dioses que le permitiera mantener la compostura. Su sueño no era tan lucido, sin embargo podía distinguirse a ella siendo rodeada por muchas sombras. Manos la atrapaban como si fuese una mosca en las telarañas de un arácnido hambriento.

Tan solo oía y sentía la brisa del mar, un objeto de gran proporción siendo estrellando violentamente contra las olas y el sonido de la marcha de soldados que no supo si eran de su polis o de otro lado de Grecia. "¿Qué significaba aquel cofre?" se preguntaba. Resignada salió de sus aposentos después de vestirse con peplo, sus sandalias y cubrirse con una túnica un tanto vieja de color marrón oscuro.

Salió caminando por las calles, temerosa. No dejaba de mirar hacia los oscuros corredores que en cierta forma le terminaban por helar la sangre. Una vuelta hacia la izquierda pasando por el mercado, luego a la derecha en un vecindario un tanto viejo y luego giro más a la izquierda. Paso cinco casas antes de encontrar la que buscaba.

Llego a la entrada y toco varias veces la puerta. Espero y espero atenta a que la entrada fuese abierta. Volvió a tocar más duro y fue cuando escucho como la inquilina contestaba. Justo en esos instantes se abrió la puerta dejando ver a una mujer de una estatura un tanto similar a Medusa.

Tenía cabello mediano y esponjado, un tono de piel ligeramente oscuro, unos labios canosos y unos ojos un tanto grandes y oscuros.

― Medusa. ¿Qué haces?―pregunto un tanto adormilada.

―Delia, lamento molestarte. No pude dormir. ¿Podría pasar la noche contigo?

Delia tan solo suspiro derrotada. No podía negársele a una muy buena amiga suya. Abrió más la puerta de madera, dejando entrar a la azabache para después cerrarla. Caminaron hasta llegar los aposentos de la morena, se sentaron al borde de la cama y Delia miro el estado en el que se encontraba Medusa. Con miedo.

― ¿Pesadillas de nuevo?―pregunto la morena.

―Sí. Se están haciendo muy frecuentes.―respondió un tanto decaída Medusa―No he logrado conciliar el sueño desde ya hace varios días. Y no encuentro el porqué de estos.

― ¿Y qué es lo que sueñas?

―No siempre es constante, pero hay veces en que siento la brisa del mar, su olor, su esencia rodeándome y lo único que me dice es peligro. Es confuso.

JUSTICIA: Perseo y MedusaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora