El héroe y el monstruo.
Víctima y verdugo.
Un joven hombre deberá enfrentarse a una tarea imposible a los ojos de los demás mortales. La mujer mas bella condenada por ser una simple víctima, además de generar la envidia de su diosa. El destino los u...
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Sérifo, Mar de Mirtos
El sol de la mañana empezaba alzarse en la cumbre más alta del cielo, sin embargo, la llegada de aquella luz tan solo resultaba un gran tormento para dos personas que corrían hacia las afueras del reino de Sérifo.
Dictis observaba el paisaje de en busca de una forma de llegar al templo de la isla junto a una ya cansada Dánae que descansaba en un árbol. No pasó mucho tiempo antes de que el co-gobernante del pequeño reino hubiese regresado de su "viaje" lejos de la isla. Nunca esperó la gran traición que su propio hermano le pondría.
Nunca se había alejado de la isla, sino que había sido encarcelado en los calabozos por orden de Polídectes.
Estando cautivo, su hermano le explico que no tenía intenciones de esperar la aprobación de la joven princesa de Argos, que desde que la vio por primera vez sintió el derecho de hacerla suya. Dictis agraviado por los planes de su hermano, planeo con sumo cuidado su escape. Siendo ayudado por Timoleón, el rey logró salir de su celda y escapo junto con Dánae.
Cogió un caballo y partieron lejos de la pequeña ciudad. El honrado guerrero, se quedó con tal de dar un duro combate frente a los hombres del tirano. Inevitablemente, termino atravesado por una jabalina de lado a lado, ante la presencia de él y la princesa.
Dejaron el caballo a medio camino en busca de despistar a los soldados y pensaron en huir a pie. Él rogaba a los dioses con el fin de que los guiasen sin ser encontrados. Sin embargo, Dictis creía que sin importar lo que pasará serían atrapados por su hermano.
Y no se equivocaba...
Tan solo sintió como un grande enorme y fuerte brazo lo rodeaba por el cuello imposibilitando que diera algún aviso de ello. No pudieron lograrlo, Dictis tan solo pudo observar como Dánae era arrastrada de su hermoso cabello de color roble por Polidectes mientras él forcejeaba por liberarse.
― ¡Por favor, piedad!―imploró el derrocado monarca.
―Desde momento hermano, ya no podrás tirar de mi correa. ¡Yo soy el rey, yo obtendré lo que me pertenece por derecho y por mi mayor deseo!―dijo mirándolo iracundo―Y tú serás mi mujer, me darás hijos y cuando ya no puedas servirme más te castigare por tu insolencia.
Dánae miraba aterrada aquellos ojos oscuros que reflejaban un poderío que sabía que no podría hacer frente. Ojos que le recordaban a su cruel padre. Agitó la cabeza negándose a mirarlo pero la fuerza de su agarre no quería ceder.
―Pensándolo bien...pienso que ya es el momento de serme útil, esposa mía.
Con rabia y desesperación, el tirano Polidectes arrancó parte de las prendas que vestían a Dánae. Parecía que todo estaba perdido para la amante del gran soberano de los dioses que con rabia observaba desde lo alto del cielo. No podía intervenir, el destino lo ataba.