El héroe y el monstruo.
Víctima y verdugo.
Un joven hombre deberá enfrentarse a una tarea imposible a los ojos de los demás mortales. La mujer mas bella condenada por ser una simple víctima, además de generar la envidia de su diosa. El destino los u...
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Isla de Lemnos, Mar Egeo
La vida en la realeza nunca fue tan cómoda como todo el mundo dice. Y Andrómeda lo sabía mejor que nadie. Siempre siendo protegida, siempre mostrando los modales apropiados y esperando a que algún osado hombre con muchas riquezas pidiera su mano en matrimonio y para después engendrar muchos hijos.
No era tan difícil para ella, siempre fue una chica muy educada y pasiva. Pero no todo podía controlarlo todo, siempre estaba en manos de su padre Cefeo o su madre Casiopea. Nunca dejaban que se fuera ni por un segundo, la amaban demasiado como para que algo le hubiese pasado. Pero todo aquello llegó a su fin cuando los dioses tomaron partido en su destino.
Y no podía hacer nada más que ceder ante las exigencias de los oráculos y sus padres. No quería culpar a su madre por lo que había hecho, no podía. Simplemente hubiera deseado un mejor desenlace para su vida. Deseaba que aquel sentimiento de impotencia se alegara de ella...
Lo que más quería en todo el cosmos era ser libre, decidir por ella misma y aceptar cualquier consecuencia.
Justo ahora estaba siendo atendida por las sirvientas del palacio. La ayudaban a quitarse cualquier tipo se suciedad mañanera que tenía su cuerpo, el agua le erizaba la piel al igual que los ligeros jalones que sufría su sedoso cabello rojizo oscuro como el más fino vino. La espera era la que más la agobiaba, ella ya no deseaba esperar mucho más así que se levantó t camino hacia el gran espejo.
Miro su hermoso cuerpo al desnudo, y no podría odiarse más a ella misma. Es por aquellos dotes hermosos en cada parte de ella, por cada gramo de belleza en su rostro que los dioses la condenaron. Aquella belleza que su madre tanto presumió que hizo enojar a las nereidas de Poseidón.
A sus ojos ella no se consideraba como la más bella. Simplemente era una mortal simple, de carne y hueso que estaba a punto de ser sacrificada. Miro a las mujeres que la acompañaban y al asentir estas procedieron a vestirla. Era un hermoso peplo blanco que así relucir aquella hermosa figura que poseía. La adornaron con hermoso collar de perlas marinas y una bella tiara de color plata.
Y a pesar de verse como la mujer más hermosa del mundo para su madre que la observaba con semblante triste, Andrómeda derramaba lágrima tras lágrima de dolor. Camino con la cabeza gacha hasta su madre, aquella que la condeno sin querer. Era muy parecida a ella, con un cabello rojizo oscuro y unos hermosos ojos cansados. Se le notaban una que otra arruga en aquel rostro lleno de culpa mientras con sus manos agarraba las túnicas azules oscuras que portaba.
―Hija...yo...―intentó decir la monarca a su hija pero le resultaba muy complicado hablar.
―No tienes que decir palabra alguna madre. Sé que no tenías aquella intención conmigo―le respondió con una mirada vacía.
―Pero...es totalmente mi culpa.
―Ya no importa ahora... ¿cómo me veo, madre?―preguntó limpiándose unas cuantas lágrimas.