Aquí serás feliz

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La casa era una de esas antiguas, grande, toda de madera y venía amueblada

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La casa era una de esas antiguas, grande, toda de madera y venía amueblada. No todos los muebles servían y además casi todo necesitaba arreglos. Aun así la compré. Cuando entré la primera vez sentí ese algo, esa sensación de alegría, de electricidad, como un susurro que me decía "aquí serás feliz". Y no lo pensé, la hice mía.

Comencé a ir un par de horas cada día para hacerle modificaciones. Los fines de semana podía trabajar en ella hasta cuatro o seis horas. Aveces mi esposa me ayudaba, aunque no siempre porque ella todavía estaba enojada conmigo por preferir esta casa vieja.

Mis hijos venían entre semana, a diferentes horarios. Mi hija Catalina era quien más me acompañaba porque tenía horarios muy flexibles en su trabajo. Ella, además, era arquitecto y tenía la cabeza llena de ideas.

—Es hermosa, papá —me dijo cuando la vio—. Es tan bonita que ya se me ocurren muchos detalles por hacerle. Mira, las ventas pueden cambiarse, podemos cambiar los marcos...

—¡No! —contesté sin pensarlo, furioso, ella me miró asustada, jamás le había gritado—. Quiero decir, no, no necesita esos cambios, solo intenta arreglarla para que se vea bien, pero deja su diseño original.

Me sentí extraño, como que no era yo mismo quien habló, mi hija me miró asustada y yo murmuré una tontería como "no seas exagerada". Pero su semblante no cambió.

Ese día llovió tanto que no pudimos salir de la casa.

—Podemos pasar la noche aquí —murmuré, no estaba seguro de que mi hija lo viera como algo agradable.

—Nuestra primera noche, papá —contestó alegre.

No teníamos cobijas, así que solo nos pudimos cubrir con nuestras chamarras. Ella se quedó en el sofá pequeño de la sala mientras yo pude ganarme el grande que estaba en el piso de arriba.

Solo dormité, sentí una gran opresión en el pecho desde que me acosté; cultivé mi insomnio con una gran cantidad de pensamientos que me surgieron sobre mi futuro en esa casa. De modo que ya no sabía cuando estaba soñando y cuando no.

Primero la vi en una esquina, de pie, al lado del ventanal. Parecía mirar la lluvia, no podía ser mi hija porque Catalina tiene el cabello tan corto como un chico y esa joven tenía abundante cabello hasta más abajo de la espalda. Tenía una estatura promedio, como 160 centímetros, mientras que mi hija es alta. No era Catalina, pero cuando encendí la luz de mi teléfono aquella visión se había esfumado.

Las siguientes veces que fui a la casa no me quedé a dormir, pero tampoco vi a esa mujer de nuevo. Tampoco escuché ruidos ni sentí miedo ni vi otra cosa más.

No la volví a ver sino hasta que tuve que pasar allí la noche, pero esta vez estaba solo.

Me quedé en el mismo sillón, en la misma habitación, pendiente por si la veía; por lo tanto solo dormité. Alrededor de las tres de la madrugada sentí que el sillón se sumió justo como cuando alguien se sienta al lado. Brinqué, no sé si por el susto o porque estaba por caerme, cuando abrí los ojos la luz de la luna me permitió verla. Estaba a mi lado, aunque de pie; me miraba sorprendida, justo como la miraba yo.

MortajasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora