La columna literaria seguirá el hilo de la historia llenándose de personajes históricos, sabiduría seguida de la práctica, guerras y sus tinteros de sangre, ricos con pensamientos pobres y pobres con el sueño de Midas. Hojas, capítulos, bloques, libros, enciclopedias y bibliotecas repletas de conocimiento sin igual, fantasía explosiva, instrucciones a la felicidad y secretos de dominio público. Todo mi desierto deseoso de ese mar lo veía como un bufet digno de un vagabundo. Me perdí en contados lagos de papel sabiendo que afuera existían ríos, mares y según las leyendas océanos de tinta que tatuaban el papel eternamente. Volviendo al cliché la disfruto más acompañada del sonido de la lluvia, el fuego de la chimenea y el chocolate espumante en mi taza. Cierto día disfrutaba de Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez y el destino me presentó ha Angelina con la misma copia, mismo capítulo, misma hoja y mismo párrafo. Ella lo leía en voz alta y yo deleitaba mis oídos, ella pausaba su lectura y detenía mi corazón, suspiraba y creaba mis brisas. Desde aquel día mi lectura ansia su presencia para volverse aún más perfecta. Ahí, en cada palabra, en cada línea, en cada párrafo, en cada capítulo. Quédate un instante más y lee para mí el último capítulo déjandome soñar despierto, el último párrafo en el cual pueda encontrarte, la última línea que quizá nos una o la última palabra que quizá me encierre. ¡quédate! Porque si te vas no tendré más opción que escribirte en cada palabra, en cada línea, en cada párrafo y así transformarte en mi tintero que inmortaliza tu ser en el papel de mis recuerdos.
