Viviana siente que ha perdido la batalla mucho antes de que el cáncer apareciera en su vida. Atrapada entre los errores del pasado y una depresión que la consume, cada día le parece un peso imposible de levantar. Pero cuando un evento inesperado la...
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22 de febrero de 2013
Finalmente acepté mi destino. La muerte me respiraba casi al oído. Aquellos pensamientos sobre morir y la soledad que tanto me aterrorizaban desaparecieron en su totalidad. Una intensa calma llenó mi espíritu y, por alguna extraña razón, dejé de sentir dolor. Recuperé mi fuerza y deseaba comer como si no hubiera un mañana.
Recibí una llamada de mi madre. Tomé el teléfono y respondí.
—Hola, mamá —la saludé con voz animada.
—Cariño, ¿cómo te encuentras? —preguntó, azorada.
—De maravilla. No me sentía así desde hace mucho.
—Tus palabras me reconfortan. —Hizo una breve pausa—. Bien, hija, mañana iré por tus cosas a las siete. Tu padre me pidió que te compartiera la buena noticia.
—¿Cuál? ¿De qué hablas?
—Pedimos permiso para que salieras del hospital y el señor Collins aceptó.
—¡Increíble! —grité de emoción.
—¿A dónde quieres ir? Tú eres la que manda.
—¡Quiero ir a la playa! Es lo que más anhelo.
—Excelente, mañana pasaré por ti. Prepárate, pues llevaré tus mejores trajes de baño.
Ambas cortamos la llamada. Salté de felicidad y le agradecí a Dios por su infinita misericordia.
El arrebol del cielo me hipnotizaba de una manera indescriptible, la paz que transmitía era inigualable. Mientras contemplaba el atardecer, recordé que solo me quedaba un día de vida. En un principio, me sentí abatida por la tristeza, ya que no quería abandonar este mundo y dejar a mis padres; pero en ese momento, pensé:
«¿Por qué te agobias por eso? Recuerda: la muerte es algo que todos tenemos en común; nadie escapa de ella. Si el destino dicta que tu vida ha llegado a su final, pues acéptalo con dignidad: al fin y al cabo, no te quedan más opciones».
23 de febrero de 2013
Desperté con un leve dolor de cabeza. Los intensos rayos del sol chocaban contra mi rostro, lo cual me incomodaba. Después de restregarme los ojos un par de veces, observé hacia el lado izquierdo de la camilla y descubrí a mi madre hincada en el suelo. Dormía plácidamente, sin embargo, tomaba mi mano con mucha fuerza. Su fastuoso anillo de oro refulgía bajo el resplandor de la mañana; mi padre le había regalado dicho accesorio el día de su décimo quinto aniversario. Mi mamá despertó de un salto.
—¿Qué pasó? —preguntó, un tanto exaltada.
—No te preocupes, estoy aquí —le respondí al instante.
Ella suspiró y se tranquilizó.
—¿Cómo te sientes, hija mía? —me preguntó, rascándose los párpados.