18. La caída de la quinta rosa

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17 de enero de 2013

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17 de enero de 2013

La salud de Raquel había empeorado con el pasar de los días. Hoy no desayunó ni quiso almorzar, lo que preocupó a Pamela y al doctor Collins. Tuvieron que ponerle suero para evitar que se deshidratara. Esa tarde, estábamos sentadas frente al ventanal, nuestras voces generaban un eco en el salón.

—Tenías razón: ver el atardecer es una terapia efectiva para la ansiedad —jadeó Raquel.

—Sí, también es una oportunidad perfecta para apreciar lo bello que es este planeta —comenté, abriendo uno de los paquetes de galletas que la enfermera nos había traído para merendar.

Raquel se animó a probar una de las galletas rellenas de jalea y eso fue suficiente para despertar su apetito.

—¡Saben deliciosas! —expresó, haciendo un gesto de satisfacción—. ¿Por qué no nos dieron esto antes en lugar de los sorbetes de vainilla?

Expulsamos una carcajada. Mi amiga chasqueó los dedos.

—¿Te apetece salir mañana por un café? —Sus ojos brillaron de felicidad.

—Oh, no, la última vez que fuimos casi no regresamos. Además, en nuestro estado actual, no creo que soportemos el trayecto hasta allá —respondí, triste.

—Sabes que esta será la última vez, ¿verdad?

Me acerqué a ella y la rodeé con mis brazos.

—¡No quiero que mueras, Raquel! —exclamé, desesperada—. ¡No estoy lista, no estoy lista!

—Lo sé, Viviana, aceptar la partida de un ser querido es un proceso doloroso. —Recostó mi cabeza sobre su hombro—. La etapa de la negación es la más difícil de superar, pero cuando lo logras, comprenderás que morir no es tan malo después de todo.

Me sorbí la nariz y regresé a mi asiento.

—Iremos mañana por ese café, te lo prometo.

18 de enero de 2013

Amanecimos muy débiles y con un intenso dolor de piernas. Por cada paso que dábamos, sentíamos como si una especie de clavo hirviente penetrara nuestros pies. Pese a que los malestares que experimentábamos eran terribles, nos negábamos a echar marcha atrás con el plan.

A eso de las dos, entré al baño para cambiarme de ropa. Raquel intentó acomodar las camillas, pero sus fuerzas eran casi nulas, así que esperó a que yo saliera.

—Listo, llegó la hora —dije, acomodándome el vestido con estampados de girasoles.

—No pude cubrir las almohadas, perdóname —acezó.

—Yo lo hago, tú descansa.

Nos retiramos de la habitación y esperamos el ascensor en silencio. El área de emergencias estaba abarrotada de gente. Los enfermeros que transitaban por ahí ignoraban nuestra presencia. El sol radiante nos llenaba de optimismo. Avanzábamos a pasos lentos y torpes. El rótulo de la cafetería había sido remodelado con una fuente más llamativa y el ícono de una taza rodeada de plantas de café. La campanilla de la puerta sonó. Bill nos recibió con efusivo cariño.

Una vida felizHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora