Al principio no entendía por qué lloraba, supongo que estaba hecha un lío, se me pasaba por la mente un constante "no sé qué hacer". Tenía miedo, no entendía nada; es que ¿cómo podía tener tanta necesidad de alguien que hasta hace dos días no estaba en mi vida? No podía dejarme de preguntar eso una y otra vez. Al final supongo que llegué a la conclusión de que dentro de mi miserable vida, él le daba color. Y en ese instante lloraba porque me dolía o, no sé si era dolor o decepción pero, me había molestado que él no me besara y más cuando yo tenía muchas ganas de besarle.
Si os digo la verdad, esa no fue la única noche que le lloré, se podría decir sin ninguna duda que él ha sido el chico por que el que más he llorado y mira que me repetí veces que no debería hacerlo pero ya sabéis cómo son estas cosas. Prometes no llorar por alguien que ha sido importante para ti y...¿cómo coño vas a cumplir esa promesa? Decidme cuantos de vosotros en estos momentos podríais cumplirla, va. Seguro que pocos.
Recuerdo que cuando decidimos arriesgarnos la gente no entendía como en tan poco tiempo nos queríamos y a decir verdad nosotros tampoco lo entendíamos pero eso ya os lo contaré más tarde, ya nos quedará tiempo. ¿Por dónde íbamos? Ah sí, esa noche. No quiero recordarla más pero a partir de ahí pasaron muchas cosas. Recuerdo que al día siguiente al volver a clase quiso intentar hablar conmigo pero o era yo la que se buscaba una excusa o venía alguien que interrumpía el intento de hablar y lo agradecí. No tenía ganas de hablar con él aunque mi corazón se moría de ganas pero eso él no tenía por qué saberlo. Hay veces que tienes que pasar de él y tener dos dedos de frente antes de que sea demasiado tarde. Pero no quería engañarme, ya era tarde. Mentiría si dijese que para ese entonces no me gustaba, ¿enamorada? No, claro que no pero desde hacía unos días tenía la tonta necesidad de necesitarle.
Al salir de clase me sentí aliviada de haberlo esquivado con éxito pero se me pasó el alivio al llegar a casa y encontrarlo con mi hermano. Mamá siempre permitía que Denis trajese a sus amigos día sí y día también pero hubiese agradecido que hoy se lo prohibiese pero las cosas, a veces, no son tan sencillas. Entré en casa, cerré la puerta y vi que estaban en el comedor, saludé y subí a mi habitación a fingir que hacía deberes. Saqué los libros una vez que llegué arriba por si alguien decidía entrar en mi habitación y me puse los auriculares con música mientras escribía en una de mis libretas. Las tenía escondidas en la habitación y sólo Lucía sabía de su existencia ya que lo que había escrito en ellas era gran parte de mí.
No sé cuanto tiempo pasó pero creí que era el tiempo suficiente como para que Eric se hubiese ido a su casa así que me quité los cascos y me di cuenta de que mi hermano tenía la música a todo volumen. Salí de mi cuarto para echarle la bronca pero me encontré al dueño de mis pesadillas por el pasillo. Le miré y me sonrió. No quería que me sonriese porque sino estaba perdida, si lo hacía todo lo que tenía pensado decirle se me podría olvidar. Pasé por su lado, quería pasar de largo pero él me lo impidió y al notar una de sus manos en mi cintura cerré los ojos automáticamente.
–Luna... –susurró.
–No –me tiré hacia detrás y le miré–. Déjame.
–Por favor –dijo sin soltarme como si necesitase mi contacto para sentirse bien.
–¿Puedes hacer el favor de decirle a mi hermano que baje un poco la música? –coloqué mis manos encima de las suyas y las aparté de mi cuerpo para así poder irme–. Gracias.
–Se está duchando –me dijo y me giré.
–Pues bájala tú.
Volví a mi habitación. Cerré de un portazo y al sentarme de nuevo en la silla escuché como el volumen de la música había bajado. Me puse de nuevo los auriculares y seguí escribiendo, si os digo la verdad no sé durante cuanto tiempo porque cuando escribía podía tirarme horas perdida en otro mundo donde las cosas parecían salir un poco mejor. En algún momento mientras estaba perdida entre mis pensamientos tuve la sensación de que la puerta de mi habitación se había abierto pero pensé que sería alguna alucinación mía, al menos eso pensé hasta que noté una respiración justo detrás. Me giré y le di un golpe en el hombro mientras que tenía la otra mano encima del corazón por el susto que acababa de darme. Eric dirigió la mirada a la libreta que estaba usando y antes de poder darle la vuelta la cogió. Me levanté alarmada.
–Dámela – exigí y se la escondió detrás de la espalda.
–No – declaró riéndose.
–Eric –le miré enfadada–, primero entras en mi habitación sin mi permiso y ahora coges mis cosas sin pedírmelas, te juro que como no me la des... –me interrumpió.
–¿Qué? –sonrió.
–Llamaré a mi hermano y le diré que te estás sobrepasando conmigo.
–No te atreverías –me retó.
–¿No? –ésta vez sonreí yo–. ¡Den...! –conseguí chillar antes de que me tapase la boca rápidamente.
–¿Estás loca?
No quería que estuviese tan cerca como lo estaba. Aparté mi mirada de la suya y le cogí su mano para apartarla.
–Toma –me dio la libreta–. Sabes que siempre bromeo.
–No me gusta que se bromee con mis cosas.
–¿Tienes algo que esconder? –se rió.
–Muchas cosas –le miré–. ¿Acaso te interesan o qué?
Volvió a acercarse a mí y me apartó el pelo de la cara. Intenté evitar su mirada pero me cogió por la barbilla con su mano derecha para fijar mi mirada con la suya. Él sabía que era incapaz de mirarle durante mucho tiempo porque podía perderme en el color marrón de sus ojos, un marrón como el café, te quitaban hasta el sueño.
–Me interesa todo de ti –me acarició la mejilla.
–No –dije intentando apartarme de él pero me lo impidió.
–¿Por qué me sigues evitando?
–Porque sí.
–Ese motivo no me sirve.
–Porque... –me rendí y dejé que me rodeara con sus brazos–. Es mejor que acabemos con esto ahora.
–¿Acabar con qué?
–Eres idiota –susurré y me reí.
–Ya, eso forma parte de mis encantos –me respondió.
–Tú no tienes de eso.
–Lo que tu digas –dijo acariciando una de mis mejillas. Se puso serio y me miró–. Va, dime, ¿qué te pasa?
–Nada.
–Sabes que no te creo –se acercó a besar mi mejilla. Una vez que lo hizo empezó a rozar lentamente su nariz por mi cuello para después besar ese mismo rastro.
–Eric –susurré–, para.
Se apartó un poco y me dio un beso en la punta de la nariz.
–¿Estás molesta por lo de ayer? –me preguntó y evité su mirada unos segundos– ¿Querías que te besara?
–Sí –susurré.
–Yo también –respondió–. Pero no era el lugar para hacerlo.
–¿Por qué?
–Podía vernos tu hermano.
–Ahora también podría vernos y no parece molestarte que yo esté cerca.
–No me molesta –apartó sus manos de mi cintura para coger mi cara entre sus manos–. ¿Sigues queriendo que te bese?
–¿Y tú?
Sonrió y acarició unos segundos su nariz con la mía para después acercarse a mis labios. Sólo los rozó levemente para luego detenerse y mirarme, le sonreí para darle permiso a que me besara y no lo dudó. Sus labios buscaron los míos y encajaban como dos piezas de puzzle que habían estado separadas durante mucho tiempo y ya había llegado la hora de reencontrarse. Mi lengua buscó la suya y bailaron un baile que nunca en la historia se había visto. Puse mis manos encima de las suyas que no dejaban de acariciar mis mejillas y las dirigí a mi cintura para luego rodearle el cuello con mis brazos. Le acaricié el pelo y notaba como si estuviese en el mismísimo cielo y para ese entonces no me importaba quedarme ahí si estaba él. En ese momento parecía que el puzzle estaba completo pero a la larga nadie sabe si ese puzzle seguirá unido o quizás el dueño lo desmonte y lo guarde en esa caja perdida en su desván. Quién sabe si esas piezas quedarán unidas para toda la eternidad o se perderán entre las otras y en mi caso podríamos decir que la pieza que era él se perdió. Y, chicos, a día de hoy todavía la busco como si pudiese encontrarla en alguna parte del mundo pero, no la encuentro.
Continuará...
