San Francisco, CA
Los sonidos de sus gemidos estaban siendo amortizados por la mordaza de bola, mientras sus manos estaban siendo maltratadas por las sogas gruesas que lo mantenían atado al cabecero de la cama, el cabecero era de madera de cedro, estaba inclinado hacia este y podía oler el barniz, según sabía solo tenía unos días de ser mejorado.
Un largo gemidos salió de sus labios, el látigo de seis puntas le había rozado sus glúteos dándole un picor adictivo.
—¿Mi pequeño esclavo te gustó?— susurró la mujer en su oído. Su dominatrix este día era una con la que tenía la confianza necesaria para dejar volar su imaginación e incluso colarse en ideas mundanas. Ella era comprensiva y amable, pero no le quitaba el control de la situación, a veces se quedaba para algunas escenas tras la caída.
—No te vayas ahora— ella le advirtió. Mientras le quitaba la mordaza de bola.
—No señora— logro decir.
—Muy bien— sintió que le pasaba su mano delgada y pequeña por su espalda, además de depositar un beso en su nuca.
Suspiró con emoción.
—Ahora mi pequeño esclavo nos vamos a divertir un poco.
Ella le mostró un pequeño gancho delgado, muy fino que hizo que abriera los ojos. Casi nunca se dejaba colocar uno de esos, era peligroso sino era colocado con cuidado.
—Señora...—
El picor en su espalda dolió, no le había dado permiso para hablar, pero un maldito gancho de polla no era algo necesario para esa escena.
—No está a discusión. Me dijiste que estabas dispuesto a esto cuando hablamos antes, esclavo. Y ya te lo había mostrado antes.
Él maldijo, era verdad. Solo una vez lo había hecho, y fue en compañía de dos personas más, se sonrojo. Estaba su señora y un buen amigo con él.
—Ahora mi pequeño te desataré y te lo colocaré— ella se acercó a él y lo desató y le besó las muñecas que estaban algo rojas, le dio un pequeño masaje en ellas. —Bien mi pequeño esclavo.
Lo dejó sentarse en la cama y ella trajo la pequeña caja roja oscura con brillantina del mismo color. Saco el maldito y pequeño gancho.
—Ahora abre las piernas— y sonrió pasándose la lengua por sus labios de rojo maté.
La miro arrodillarse frente a él y pasar su lengua por su erección, la cual dio un brinco de interés.
Luego de lamerle como paleta se lo metió un poco en esa boca caliente y resbaladiza - suspiró e hizo puño las sábanas de la cama- era tan placentero. Cuando sintió que su miembro estaba más que aceptable, su ama dejo de trabajar en ella y rápidamente la tomo con su mano tanteando donde se encuentra su pequeño orificio de uretra e introdujo el maldito gancho.
—Ves, nada de miedo— se burló con una pequeña sonrisa, los ojos verdes de su ama brillaron.
—Ah— se quejó, pero era placentero sentir ese artilugio en su miembro. Pocas dominantes hacían algo como eso, generalmente era algo más de bondage y sadismo, pero él tenía suerte.
Suspiró otra vez.
—Esclavo es hora de complacer a tu ama.
Y vaya que lo era. Aún con la pequeña molestia de ese gancho se paró de la cama y camino un poco, su ama lo dejó diciéndole lo buen chico que era. Ella se dejó caer en la cama con las rodillas arriba, las plantas de sus pies estaban en la cama y abierta, hermosamente abierta para él.
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La Maestra y el Vaquero ©
RomanceEn Proceso-Mundo al que pertenece: The Sin Quisbert. 2 libro Fustas. Bondage. penis plug Y unas cuantas corbatas son lo que guarda en su cajón. Oliver "el relámpago" vuelve a casa para ser consentido por todos gracias a su fractura. Lo que no espera...