¿Qué harías si un día despiertas en el antiguo Egipto?
Para Yugi Mutou no había otra opción más que cundir al pánico y buscar una forma desesperada de regresar a Tokyo. Sin embargo, en su búsqueda unos ojos carmines se convierten en un obstáculo par...
El sereno caló en los huesos de ambos chicos, apenas cubiertos por sus capas y compartiendo el calor ajeno. La luz del sol coloreada tenuamente la arena. Atem abrió sus ojos, pesados e hinchados de tantas lágrimas derramadas. Se atrevía a decir que incluso le dolía el cuerpo, aunque no sabía por qué, solamente esperaba que no fuera el vacío del despojo de su corazón por parte de Osiris. El moreno sintió el remover de su compañero sobre su pecho.
—Yugi... —el menor apenas abrió los ojos, sintiendo el cansancio sobre sus párpados—. ¿Sigue latiendo?
El ojiamatista no respondió, apenas entendía lo que él faraón intentaba decir, así que posó una mano en su pecho.
—Igual que siempre —respondió en un apenas audible susurro.
Silencio. Había sido una noche cansada y la posición para dormir fue la peor, aún así, el camino no podía parar. Atem fue el primero en apoyarse para levantarse, tendiendo una mano a su amigo.
—Necesitamos seguir —habló, destapando una ánfora de agua y echándose un poco en el rostro para después extenderle la botella a Yugi.
—Lo sé —el japonés imitó la acción, parpadeando muchas veces—. ¿Cómo te sientes?
Un suspiro, realmente no lo sabía, o no con certeza.
—Aún duele pero... —ardía, como un raspón en la rodilla—. Nada que pueda matarme.
Una sonrisa. Atem siempre terminaba sonriendo fuera cuál fuese el resultado, lo cual a veces hacía pensar a Yugi que la conclusión era sumamente incierta.
—Todo va a estar bien.
La voz de Yugi diciendo eso volvió a empañar los ojos del moreno. Extrañamente su corazón terminó de explotar con aquellas palabras, asombrándolo de reconocer cuánto las necesitaba.
—Gracias, aibo.
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Sol, rayos de luz dorada que marcan la piel de los habitantes de la ciudad del Nilo. Camino a Heliópolis habían varios pueblos pequeños, principalmente a los alrededores. Los dos chicos se hallaban cubiertos hasta la cabeza, montados, cruzando por uno de esos tantos pueblos.
—Estamos cerca, yo creo que lo mejor sería buscar información una vez estemos allá —habló Atem, retrocediendo hasta quedar a la par del japonés.
—¿Cómo sabremos que...? —los inesperados gritos de una mujer hicieron que el ojiamatista callara—. ¿Oíste eso?
Sin esperar respuesta alguna Yugi tironeó de las riendas hacia donde el ajetreo. Ahí, entre tantas personas se hallaba una mujer de cabellos blancos, tirada en el suelo mientras que varias personas la lapidaban. Rápidamente el menor bajó de su caballo, debía impedir eso o ella moriría. A punto de abrirse paso entre la gente una mano le jaló su brazo, deteniéndolo.