Un atardecer rojo carmesí

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Cicatrices. Lo único que había quedado de ese día eran carnosidades a lo largo de su cuerpo, aparentando que le daban más fuerza, un cambio en su interior que solo el ojiamatista notaba. El sol había vuelto a brillar para ellos y después de su último día de recuperación Yugi no dudó en consultar sobre su sueño a Mahad, en cómo una bestia lo había defendido de aquel hombre.

—El Ka* y el Ba* son algo simbiótico. Uno, el alma personal, el otro, la fuerza —el moreno, siempre tan altivo, se encontraba de pie, mientras que el japonés estaba sentado—. El Ka puede ser bueno o malo, eso depende de con que energía se alimente. Todos tenemos uno, la única diferencia es que nosotros sabemos disponer de él.

—¿Una extensión de nuestro cuerpo?

—No, Yugi, es nuestra alma en manifiesto. El Ka es la figura, el Ba la energía que lo mueve —aquello era muy raro, imaginar un ser saliendo de él, representando su interior—. Y al parecer aquel dragón es tu Ka.

—Pero si uso mucho el Ka...

—Puedes morir —un escalofrío recorrió la nuca del menor. Prácticamente aquel monstruo dentro suyo se alimentaba de su vida para interceder por él—. Yugi, no tengas miedo de él, puedes controlarlo, yo puedo enseñarte.

La mirada de Mahad siempre le había parecido muy seria, como protectora y atenta, igual que un halcón. Sabía que muy en el fondo tenía corazón de pollo, pero seguramente estaba escondido debajo de tanta tela, no existía razón alguna para desconfiar.

—¿Cuándo empezamos? —una sonrisa cruzó por el rostro del visir, aquel chico estaba cambiando.

—Primero que nada necesitas un Dia Dhank* eso todavía tendré que consultarlo con el faraón —Mahad se acercó a un baúl mediano hecho de alabastro encima de un mueble rectangular—. Este artefacto sólo lo portamos nosotros, los Seis.

En la muñeca del visir se encontraba algo como el ala de pájaro, reluciente en oro, dividida en tres niveles de los cuales cada uno poseía una casilla rectangular. Su alrededor estaba decorado con algunos relieves imitando un plumaje. Todo nada más y nada menos sostenido por un brazalete que casi abarcaba el antebrazo entero, era evidente el por qué se consideraba un objeto tan selecto.

—Con esto podrás manifestar a disposición aquella bestia que se cierne en tu interior, Yugi, ¿te consideras capaz?

La mirada del ojiamatista relució y una punzada de angustia le acribilló el estómago. Sin duda era algo inexplicable ya que no imaginaba que en la antigüedad convocasen magia, aunque por más místico que fuese se había prometido no solo pretegerse a sí mismo, sino también a sus más recientes amigos. El maestro, que le recordaba a su abuelo; Mana, a quien le había agarrado un cariño tremendo después de su viaje; Isis, Seth, ambos lo habían cuidado en varias ocasiones; pero sobre todo Atem, no había nadie más en ese palacio que hubiese sido tan generoso con él. Sentía que le debía demasiado y de entre todas esas deudas la mayor era aquella amistad que tras tres largos meses había entablado con él faraón. Con la determinación serpenteando entre sus orbes amatistas Yugi habló:

—Sí, señor —estaba decidido, si quería seguir viviendo por propia cuenta en Egipto necesitaba aprender.

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