12. La Colonia

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El tiempo transcurría a finales del siglo XVIII, en algún lugar del ahora llamado Carolina del Sur, el mundo se encontraba en una etapa en la que su fe se veía afectada por las ideas predicadas por los británicos. Se corría el rumor entre el culto de La Salvación que un hombre colonial ha estado envenenado a la gente con ideas que van en contra de sus ideales y principios. El culto de La Salvación hasta el momento solo terminaba siendo un rumor, las familias practicantes de este eran personas comunes y corrientes, personas mezcladas entre la sociedad, se desconoce su origen, aunque se cree que su linaje viene de Europa Oriental.

-Padre-dijo el pequeño Joseph-, dice el viejo Westfall que necesita un remedio para la ceguera, ¿qué le digo?

-Dile que podría ayudarle, pero deberá esperar un par de días-dijo el señor Morgan-. Además, necesito las cuencas de una de sus cabras.

- ¿Entonces?

-Dile todo lo que te he dicho, no es tan difícil-dijo el padre, un poco molesto.

El pequeño caminó por el sendero entre los árboles de primavera, el clima era perfecto a comparación del de otoño o invierno. Los animales salían vigorosamente a tomar el sol, desde una pequeña ardilla hasta un gran oso.

El pequeño, luego de una corta caminata, llegó a la casa de la familia Westfall, una casa que se encontraba a la orilla de un pantano y construida en madera de la más fina del condado. Se acerca al vestíbulo, toca la puerta con su puño derecho. Espera a que alguien salga de ahí para recibir su mensaje.

-Hola Joseph-dijo la niña- ¿tienes la medicina de mi padre?

-Hola Clara-dijo el niño, un poco nervioso-. Dice mi padre que puede tardar un par de días en tenerla lista, pero antes necesita algo del tuyo.

- ¿Qué? -respondió la niña, un poco molesta.

-Necesita las cuencas de los ojos de una de sus cabras.

La niña se quedó mirándolo, inexpresiva, lo hizo al menos por medio minuto, el niño no sabía que más decirle, era todo lo que su padre le había enviado comunicar.

-Espérame un segundo, ¿sí?

La niña entró a su casa, dejando la puerta entreabierta. Mientras, el pequeño fue a husmear por el jardín de tierra húmeda de sus vecinos, unas cuantas ramas sobresalían de la tierra, suficientes insectos en el arbusto, al pequeño le encantaba verlos moverse, ya que su padre trabajaba con ellos, y su hijo solo se preguntaba el por qué no se movían como lo hacen en los arbustos o en el aire. Los más comunes eran las moscas, a Joseph le encantaba atraparlas con la palma de su mano. Pero su padre siempre las tenía en un frasco, lleno de un aceite oscuro del cual se desconoce su procedencia.

-Oye-dijo la niña Clara-, aquí tienes lo que necesitas.

-Gracias-respondió el pequeño.

-Más te vale que funcione.

-Espero que mi padre pueda cumplir con su petición.

-Sí, le han sacado los ojos a mi cabra, significa mucho para mí.

El pequeño se despidió de la niña Clara sin más que decir, llevaba en una bolsa de cuero las cuencas de los ojos de una de las cabras de los Westfall. Cada familia que pertenecía al Culto de la Salvación se dedicaba a experimentar de diferente manera con animales. En este caso los Westfall se dedicaban a la crianza y a la taxonomía, los Morgan por otra parte creaban ciencia con ellos, experimentaban con múltiples partes de sus cuerpos para encontrar curas y enfermedades para aportar a la población. Todo era clandestino, a simple vista el señor Morgan solo era un simple farmacéutico, y los Westfall simples ganaderos, aunque no podrían definirse como tal.

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