Día 92

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Llego a casa justamente cuando el despertador de Maia resuena. La música de este horrible reloj es un montón de campanas irritantes y cuando le pregunté por qué lo ponía me dijo que la mejor forma de despertarse era con algo horrible porque así tenías el ánimo de apagarlo.

Ella siempre es tan sabia.

Cuando entro la veo caminar por el pasillo desde nuestra habitación hacia la de Max. Está usando sus pantuflas de conejo (otra razón de que mi apodo le siente bien) y una bata de felpa que le cubre absolutamente todo, haciéndola lucir como un esquimal.

¿Cómo puede verse tan hermosa usando eso y el cabello despeinado? No lo sé.

Como aún está medio dormida no me nota, por eso me aprovecho de la situación y me acerco a la habitación del niño, viendo desde la puerta.

Me gusta como Maia despierta a Max, lo primero que hace es encender la radio que él tiene en su mesita de noche y poner un poco de música con tono suave, de esta forma él comienza a ser consciente del mundo, después lo llena de besos y sale de ahí para prepararle el desayuno y lograr que a la hora de despertarlo completamente él ya tenga la primera comida lista.

Madre solía despertarnos con cierta media de cariño, la máxima que ella era capaz de dar: nos tocaba los hombros para que saliéramos del mundo de los sueños. A cierta edad padre se encargaba de eso, arrojándonos una cubeta de agua del río encima; teníamos una semana para adaptarnos a la nueva hora de empezar el día, yo me pasé por un día y él me despertó golpeándome con la cubeta.

Tenía una cicatriz por eso, pero como crecí se perdió entre mi cabello.

Cuando la sesión de besos en mejillas acaba, Maia levanta la cabeza y me ve. Mi primer instinto es tratar de sonreírle, lo que no resulta y su cara de desagrado me lo confirma.

Camina hacia mí y luego de darme un empujón con el hombro me hace a un lado para ir a la cocina y comenzar a preparar el desayuno.

Está molesta, lo sé y lo entiendo, no soy un idiota... bueno, si lo soy por mi reacción de ayer ¡Pero juro que no quería hacerlo! Simplemente se me escapó la risa.

Voy a la cocina y la descubro rompiendo huevos en un tazón con tanta rabia que varias cascaras terminan en la mezcla y debe sacarlas con la mano, quejándose sonoramente por lo que cualquiera creería que es torpeza, pero yo sé que es odio.

Bueno... no odio, solo está molesta conmigo.

—Eres muy hermosa. —Suelta mi imprudente boca y yo solo puedo cubrirla al darme cuenta de lo que he hecho.

No soy como mis hermanos, conozco bastante bien la mente femenina, el único problema que tengo es que soy impulsivo y a veces mi cuerpo suelta estupideces antes de que mi mente reaccione.

Maia me ve como si quisiera apuñalarme con la espátula que tiene en la mano.

—A veces quiero destrozarte esa hermosa cara que tienes... —Suelta con los dientes apretados y la vena que tiene en el ojo izquierdo palpita ¡Eso me aterra! ¿Por qué no me pude enamorar de alguien que no asuste cuando se enoja? —Pero luego recuerdo que sanas y sería tiempo perdido.

—Puedes golpearme con ramas de verbena, tardaría más en sanar... —Me alegra que me conteste, tanto que debo apretar los puños a mis costados para evitar aplaudir como un idiota debido a la emoción.

Ayer me equivoqué y no sé cómo diablos lo hizo, pero cuando me di cuenta estaba afuera del departamento y la puerta estaba cerrada. Mi reacción fue gritarle y pedir perdón, también explicarle qué fue lo que pasó ¡Pero ni yo sé qué fue eso! tenía ante mí a una diosa de la belleza empoderada femenina ¿Y mi respuesta fue reírme? ¡¿Qué demonios me pasa?!

El Mensaje Extra {Kol Mikaelson}Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora