Epílogo

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Dos años después.

—¿Ya nos puedes decir cuál es la sorpresa? —Pregunto una vez más mientras Maia todo lo que hace es caminar por el bosque con esa sonrisa traviesa que tiene.

—Pronto lo sabrán. —Responde dando saltitos.

—Mamaíta, llevas diciendo eso hace horas. —Se queja Max y el hecho de que él no sepa cuál es la famosa sorpresa me tiene un poco preocupado, no en mala manera porque Maia no sonreiría tanto si fuera algo feo.

—Solo un rato, cariño. —Y sigue caminando, comienzo a creer que no sabe realmente a donde vamos, solo quiere que nos perdamos en el bosque.

El lado bueno es que vino preparada, lleva zapatos para caminar y... realmente es todo lo que trae apto para este plan, porque su vestido amarillo con estampado de flores cada dos segundos se engancha en una rama y yo debo soltarlo desde atrás antes de que se desgarre.

Maia ha estado actuando muy raro desde hace algunos días y si esta bizarra caminata es para decirnos qué diablos ocurre lo agradeceré. Ella está muy feliz últimamente, no sé la razón de eso y me alegra que lo esté, solo tiene ciertos comportamientos extraños.

Maia odia el ruido a la hora de dormir y ahora me obliga a colocar cantos de ballenas cada noche.

Estaba a dieta y de un momento a otro comenzó a comerse todo lo que hay en la casa, un día incluso la vi comiendo tierra ¡Lo juro!

Y ahora esto.

Se detiene, se da la vuelta y nos ve a los dos con una sonrisa.

Maia siempre ha sido hermosa, más que cualquier otra mujer en el mundo, pero últimamente luce más divina, con un brillo extravagante que no logro comprender del todo. No es que se arroje brillantina encima, solo reluce más de lo normal.

¿Soy yo o ese vestido le queda demasiado apretado?

¡Joder! Las estupideces que noto sin darme cuenta son monumentales.

—Ahora. —Pide viéndome a mí. —Cierra los ojos y dime qué escuchas.

—¿Cómo? —Sigue sonriéndome y yo bajo la mirada a Max, mi pequeño orgullo que acaba de cumplir los ocho años hace una semana. Él se encoge de hombros con su mirada de "las niñas son raras", la cual me arroja cada vez que Kiara hace algo raro.

—Cierra los ojos, Dulzura. —Vuelve a pedir con su linda sonrisa y yo obedezco porque siempre hago lo que me pide. —Ahora, escucha.

Nuevamente hago caso y escucho.

Estamos en un bosque, hay sonidos de bosque desde luego. Escucho un río no muy lejos de aquí, las hojas sacudiéndose por la suave brisa, un roedor comiendo algo crocante, un tambor húmedo.

¿Un tambor húmedo?

Abro los ojos y trato de descubrir de donde viene exactamente ese ruido tan extraño; no es feo o irritante, simplemente no es típico de un bosque, por ende, me llama la atención.

Luego de un rato descubro que ese ruido viene de Maia, más específicamente de su estómago, el cual agarra mientras sonríe soñadora.

¿Por qué sonríe si tiene indigestión?

—¿Quieres una agüita de limón para el mal de estómago? —Pregunto y su sonrisa se borra, dejando ahí una mueca. —¿Sabes? Esto no pasaría si aceptaras de una vez mi oferta de ser vampiro.

Maia y yo llevamos ya dos años casados y han sido unos años increíbles. Nos quedamos en New Orleans, viviendo en una casa mucho más grande que el pequeño departamento que ella tenía, independiente de mi familia, pero aun así los vemos casi a diario por la escuela de los niños.

El Mensaje Extra {Kol Mikaelson}Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora