Día 50

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—¿Qué harán? —Pregunta Bekah cuando llegamos al piso del departamento de Maia.

—Solo hablar. —Contesto encogiendo los hombros.

Honestamente no tengo ni la más mínima idea de lo que haremos y tampoco sé siquiera qué es lo que yo quiero que pase, pero estoy abierto a cualquier posibilidad.

¿Quiero tener sexo con ella? Tomando en cuenta que últimamente es la única persona que logra excitarme en cierta forma que me niego a pensar de más si quiero que pase, pero es mi amiga y he vivido lo suficiente en esta tierra para saber que el sexo puede arruinar una amistad.

Y no quiero que eso pase con Maia porque por primera vez en mi vida no perdería solo a una amiga que me alegra los días, perdería también a un amigo en versión miniatura.

Dos golpes contra madera me sacan de mis pensamientos y levanto la mirada, descubriendo que ya llegamos al departamento y que mi hermana fue la que tuvo que tocar porque yo me perdí en un mundo de pensamientos, en el cual he estado atrapado desde ayer.

¿Por qué estoy tan nervioso?

La puerta se abre y revela a un pequeño monstruo que me agrada.

—¡Tía Bekah! —Exclama Max con su aguda vocecita que espero cambie cuando crezca o lo van a molestar por el resto de su vida y yo tendré que me meterme o enseñarle que, contrario a lo que dice su maestro, el karate es para vengar.

¿Por qué la abraza a ella antes que a mí?

—¡Hola, chiquito! —Bekah abre sus brazos y Max prácticamente salta hacia ella, rodeándole el cuello para así poder abrazarla mejor. —¿Listo para una noche de aventuras?

—¡Kol! —¡Bien, es mi turno! Max baja de nuevo al suelo y salta sobre mí, la diferencia es que yo no me arrodillo como Rebekah, yo lo atrapo en el aire y lo cargo.

—Ey. —Despeino su cabello castaño y él se ríe sonoramente, muy parecido a como lo hace su madre y me alegra saber que heredó algo de ella, porque físicamente según ella me dijo lo heredó todo del idiota de su padre. —¿Has crecido desde la última vez que te vi o es solo mi imaginación?

—¡Crecí! Mi mamaíta dice que cada día estoy más alto. —Lo dejo sobre sus pies en el suelo y él se pone la mano en la cabeza, después la pone en mi cadera, que es justo donde me llega a mí. —¿Crees que algún día sea tan alto como tú?

—Creo que algún día serás más alto que yo. —Él abre los ojos, emocionado y eso me alegra.

No mentí, Max según puedo ver comparándolo con Eliot y Kiara (también con otras pequeñas bestias del jardín de niños) es alto para su edad, lo que se podría traducir a que crecerá bastante. Maia dice que nació siendo un bebé bastante grande y le creo por las fotos que he visto.

—Cariño. —Rebekah lo llama, deteniendo su baile de alegría porque le dije que sería alto en un futuro. —Ve por tu mochila para que podamos irnos.

—Sí, tía. —Asiente y se va corriendo a donde es su habitación.

En cuanto Max desaparece, Maia sale de la cocina secando sus manos con una toalla que en algún momento del día debió ser blanca, ahora está cubierta de manchas rojas que obviamente son de salsa de tomate.

Tiene el cabello recogido en un moño elevado sobre la cabeza, no tiene una pisca de maquillaje en el rostro, utiliza unos vaqueros desgastados con zapatos planos y una camisa blanca, aunque todo eso trata de ocultarlo su horrible delantal que tiene margaritas amarillas estampadas en él.

Le encanta esa cosa, a mí me parece horrible y no importa cuántos delantales le regale para reemplazarlo siempre vuelve a ponerse ese después de un rato. No entiendo la razón de que le guste tanto, parece un mantel antiguo.

El Mensaje Extra {Kol Mikaelson}Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora