PRIMERA PARTE:
Uno de los principios de la mafia italiana es "nunca traicionar a tu esposa". Si eres capaz de traicionar a quien confía en cerrar los ojos y dormir a tu lado, no eres digno de la confianza de nadie.
Valente Montagna era considerado u...
Valente estaba preparando su maleta para ausentarse un par de días. Su contacto en Lecco le informó de que posiblemente su pequeña bebé habría enfermado y quería estar con ella lo antes posible. Giorgia era su pedacito de cielo y haría todo lo posible por verla crecer todo lo que pudiera.
—¿Te vas?—Concetta preguntó al ver el equipaje en la entrada.
—Ha surgido un inconveniente con los alemanes, estaré en Lombardía por unos días para resolverlo—ella frunció el ceño.
—No recuerdo ningún problema con Adler—comentó—. Sus reportes de esta semana sobre el negocio llegaron en tiempo y forma y sus encargos ya han sido enviados.
—No quieras buscarle las explicaciones a todo, ha surgido y ya—Valente se colocó la chaqueta y dejó que su esposa le acomodara la corbata.
—Bueno, me llamas cuando llegues, ¿sí?—le alisó la camisa—. Llamaré para que te tengan lista la casa—y se estiró para besarle los labios—. Te amo, mio re.
Lo vio marchar y en su lugar entró su hija, alicaída y con la mirada baja. No mediaron palabra, la menor fue en dirección a su cuarto, donde su esposa estaba terminando de colocarse el arnés de armas.
—¿Por fin la gata decidió volver a casa?—Kira habló mirándose en el espejo, sin dirigir la vista hacia la italiana.
—No me hables así...—Diletta se sentía intimidada por el frío carácter característico de la rusa—. Solo necesitaba respirar.
—¿Toda la noche?—finalmente se giró, sus ojos claros perforaron cada rincón del cuerpo de la más pequeña.
—Tuve un pequeño problema...
—Y por eso tienes una camisa nueva, ¿ah?
La rubia no dijo nada más, solo salió chocando su hombro con el de la italiana.
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Sheherezade suspiró cansada luego de dejar a Giorgia en su cuna, por fin dormida. La pobre bebé tenía un constipado considerable que la hacía llorar día y noche. Se acomodó el cabello en una trenza despeinada mientras entraba a la cocina, debía preparar los postres para la venta del día siguiente.
—Bien...—miró hacia la lista sobre el mesón—. Bollitos de canela, rollitos de manzana, pastelitos de crema...—dejó de ver el papel cuando la puerta resonó.
—¿Princesa?—la voz de Valente resonó en el vestíbulo.
—Giraldo...—la muchacha aspiró el aroma del varón, que la acogió entre sus manos.
—¿Cómo están mis dos tesoros?—Sheherezade quiso decir que estaba agotada, pero solo pudo acurrucarse más—. ¿Ha ocurrido algo, preciosa?—Valente hizo como si no supiera.
—Estoy un poco cansada, han sido días... Complicados—suspiró ella.
Un llanto desconsolado resonó en el pequeño apartamento. Sheherezade contuvo un nuevo suspiró y Valente besó su frente, soltándola para caminar hacia el cuarto matrimonial donde habían instalado la camita de la menor.