Capítulo 8: Salvio

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Diletta se encontró con el soldado de nuevo unos días después de la pelea. Había discutido de nuevo con Kira, con quien la relación se volvía tirante. La quería, pero a veces era demasiad tóxica y celosa, muy propio del general ambiente que la rodeaba.

Esta vez fue en una cafetería pequeña cerca del Coliseo. Estaba sentada en la terraza viendo hacia el atardecer mientras movía la cucharilla distraída cuando lo reconoció, caminando por la acera con un maletín colgado del hombro mientras hablaba por teléfono. Se le hizo muy atractivo.

El italiano se giró mirando alrededor y sus ojos pardos se detuvieron en ella, que movió ligeramente su mano en señal de saludo esperando que la reconociera.

—Sin duda luces mucho mejor que la primera vez que nos vimos—el soldado se sentó frente a ella.

—No te agradecí por ayudarme el otro día—murmuró ella, de pronto intimidada por el mayor.

—No importa, es mi trabajo.

—Al menos me dejas que te invite a un café, ¿sí?—sonrió levemente.

—Si me lo dices así—y rio.

Diletta tuvo que inventarse toda una vida falsa que a Salvio se le hizo algo llena de incongruencias, pero no dijo nada, se veía demasiado linda contando sobre ella.

Al otro lado de la calle, la rusa caminaba hacia el Coliseo, donde había quedado de verse con uno de los socios de Valente. Y la vio, sentada, hablando y riendo con aquel hombre que se veía mayor que ambas. La furia de los celos bulló en sus venas. Esperaba que su italiana no se atreviera que traicionarla porque la Bratva se encargaría de hacerle pagar su traición.

 Esperaba que su italiana no se atreviera que traicionarla porque la Bratva se encargaría de hacerle pagar su traición

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Diletta se encontraba de mejor humor cuando regresó a la mansión. La charla con Salvio le había hecho amena la noche y sentía que, a pesar de no conocerlo del todo, por fin tenía un amigo en quien confiar... A medias.

Se sentía bien, mejor que nunca, por una vez había actuado como alguien de su edad. Tenía diecinueve años y nunca se había relacionado con alguien así. Su única amiga una vez había sido Kira, pero pronto pasaron al noviazgo y no era lo mismo.

Se sobresaltó saliendo de su trance cuando se encontró a la rusa sentada en la cama, jugando con una daga, con su típica expresión fría como Siberia.

—Una tarde divertida ¿eh?

—¿De qué hablas?—la menor caminó hacia el vestidor del cuarto, rebuscando entre los camisones su favorito, y regresó a la alcoba. Kira se había levantado de la cama y se le acercó, tomándola del mentón.

—No quieras verme la cara de estúpida—pasó delicadamente el filo del cuchillo por la mejilla de la menor—. Tú sabes nuestro juramento, si te atreves a acercarte a ese hombre de nuevo, la muerte te parecerá un camino de rosas.

La soltó empujándola contra la cama, haciendo que se golpease el costado con el canto de esta. La italiana se sentía cohibida, nunca la había visto así de agresiva y sentía que lo que le deparaba la noche no era nada bueno.

Tradimento [I & II]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora