PRIMERA PARTE:
Uno de los principios de la mafia italiana es "nunca traicionar a tu esposa". Si eres capaz de traicionar a quien confía en cerrar los ojos y dormir a tu lado, no eres digno de la confianza de nadie.
Valente Montagna era considerado u...
Concetta se aseguró de que Valente estuviera ocupado en Japón para regresar a Lombardía y saldar las cuentas pendientes que tenía con la dulce repostera que, de hecho, desconocía de su existencia. Había comprado una inyección de letal cloruro potásico para terminar con la vida de la joven y ya planeaba el destino de la dulce niñita que su esposo había engendrado.
Se estacionó en la entrada de la calle peatonal, viajaba sola y únicamente para su cometido. Era casi de noche y las tiendas comenzaban a cerrar. Se acomodó la peluca antes de salir del coche y caminó hacia el local, viendo desde el escaparate como Sheherezade empezaba a recoger los postres de los que no se habían vendido.
Se armó de valor y entró en la tienda, poniendo su mejor sonrisa fingida y echó una ojeada alrededor, todo siendo demasiado cursi para su gusto. Las paredes estaban pintadas de color crema, con un dibujo del logo de la empresa en el muro que quedaba justo por detrás del mostrador.
—Oh, bienvenida—Sheherezade se percató de la presencia de la desconocida, poniendo su mejor expresión. Estaba agotada y aún le quedaba hacer el recuento de la caja y preparar las masas que debían fermentar durante la noche—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Estaba buscando unos bollitos de canela muy famosos por aquí.
—Deme un segundo y enseguida se los sirvo.
La menor se perdió en la cocina y Concetta llevó su mirada al corralito en el que jugaba distraída la pequeña niña de su esposo. Le asqueaba que se pareciera tanto a su amor. Tomó aire y volvió a sonreír, viendo a la muchacha aparecer con una caja llena de pasteles.
—Son 12 euros todo—ató un lacito a la caja y la metió en una bolsa de papel marrón que dejó sobre el mostrador.
Concetta echó mano a su bolso, revolviendo en él fingiendo buscar su monedero. Sheherezade la veía levemente impaciente, solo quería que le pagara por los pasteles para poder bajar la verja y descansar.
—Me temo que esto no será todo—la mayor sacó su arma del bolso apuntando directamente a la frente de la joven—. Ahora sin protestar irás a bajar la verja y cerrar el local, ¿entendido? No tengo paciencia para aguantar estupideces.
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—N-no entiendo qué quieres...—Sheherezade temblaba mientras seguía con la mirada cada uno de los pasos que daba Concetta.
—Lo entenderás pronto.
Concetta se había retirado el abrigo y dejado el bolso sobre el mostrador. Había llevado a la joven a la trastienda y la tenía atada en una silla mientras la niña gateaba por el lugar.
—No le hagas nada a mi hija, por favor—lloriqueó.
—Tengo planes muy interesantes para esta chiquilla—la levantó en brazos con una mueca de asco—. Ugh, se parece demasiado a su padre.
—¿C-conoces a su padre?
—Oh... ¿Te refieres a mi esposo?—la piel de Sheherezade perdió todo color—. Tu apreciado Giraldo—pronunció con burla y sorna—, quien ni siquiera se llama así, es mi esposo. Está casado desde hace más de veinte maravillosos años.
—N-no te creo.
—¿Ah no? ¿Quieres ver las fotos de la boda o las de su verdadera primogénita, Diletta?—la sorna se volvió a dibujar en su rostro—. Valente ha sido muy astuto al ocultarte su auténtica vida.
El pánico la carcomió de nuevo. Toda Italia conocía el nombre de Valente Montagna. Era el criminal más conocido del país con miles de delitos a su espalda, sanguinario y frío, nadie quería cruzarse en su camino. Y aquel criminal había estado bajo su techo, bajo sus sábanas, le había jurado amor eterno y había besado su frente en el nacimiento de su hija.
—Es... Es imposible...
—No lo es. Solo eres una niñita de la que Valente sacó provecho por unos cuantos meses y además le diste una hija que tarde o temprano te iba a arrebatar.
Sheherezade quería romper a llorar, estaba segura de que su Giraldo o Valente o el nombre que tuviera era un buen hombre. Lo había visto con sus propios ojos, el trato que le daba a ella y el que le daba a su hijita y no podía simplemente creerlo.
Concetta se desquitó durante toda la noche con el llanto de la bebé de fondo. La golpeó, abofeteó, jaloneó su cabello... Todo lo que deseaba hacerle a su esposo lo llevó a cabo en el cuerpo de la repostera.
Los rayos del sol comenzaron a colarse entre las rendijas de la verja y fue la señal que la Reina necesitaba para dar por terminado su trabajo. Tomó de su bolso la jeringa ya cargada y la destapó, terminando de sacarle el aire.
—Ha sido un placer conocerte, Sheherezade Capparoni—la tomó del cabello dejando su cuello a la vista—. Nos veremos en el infierno.
Clavó la aguja de lleno en la yugular de la joven, inyectando el líquido lentamente. Unos minutos después, la vida de Sheherezade se había desvanecido de su cuerpo.
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Después de acomodar todo para hacer parecer el asesinato como un asalto, Concetta se marchó de Lecco con la bebé camino a Roma. Alexander la esperaba a las afueras de la ciudad, con un coche equipado, en compañía de Diletta.
—¿Quién es ella?—la jovencita preguntó recibiendo a la niña en brazos.
—No tengo tiempo de explicarte. Te la llevarás a Positano con Alexander y cuidarás de ella.
—Pero madre...
—No hay tiempo para explicaciones—finalizó—. Te vas con ella, únicamente con Alexander.
Era posible fuera la última vez que vería a su hija, aquella noche todo se resolvería finalmente.
Uno de los principios de la mafia italiana es "nunca traicionar a tu esposa". Si eres capaz de traicionar a quien confía en cerrar los ojos y dormir a tu lado, no eres digno de la confianza de nadie.
Valente experimentaría en sus propias carnes lo que se siente cuando traicionas la única regla no escrita de la mafia.
—Rompiste la única regla no escrita... Y lo pagarás caro...
N/A:
Esto se acaba ya....
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