Giorgia recordaba con cariño esos momentos en que su padre, siendo una niña, la recogía del colegio y la alzaba dando vueltas, la tomaba en brazos y después la llevaba al coche escuchando atentamente cómo la más pequeña le contaba sobre su día en la escuela.
Para ella, aquellos pequeños detalles eran importantes, la hacían sentir como si viviera en la familia de un cuento. Sentía amor por todas partes.
En el presente y después de haber leído todos aquellos historiales, sentía que aquel amor era una farsa. No importaba qué tan auténtico se sintiera en el momento en que habían ocurrido, era mentira.
Las imágenes de los archivos retumbaban en su cabeza de camino al metro, aún no conseguía un coche particular con el que moverse por Londres. La noche parecía más oscura de lo habitual, no había nubes que reflejaran la luz de las farolas, por lo que la estela de luz se perdía en el cielo.
Los rostros se repetían una y otra vez. La nariz de Valente le recordaba a la de su madre y también los ojos de Concetta, pero nada le recordaba a ella misma. Solo su cabello, muy oscuro. Sus memorias se evocan a su adolescencia, cuando se sentía ajena a su familia
Las calles se hacían interminables y pensó que no llegaría nunca. Pero cuando solo quedaban un par de calles para llegar al edificio, cerca del callejón de la esquina, aquel que siempre evitaba, la agarraron el cuello.
—No harás ningún movimiento brusco y simplemente me darás tus objetos de valor, ¿entendido?—aquella voz grave de extraño acento retumbó en sus oídos.
Su cuerpo se paralizó por completo, en su mente solo resonaba la palabra "violación". Sus manos temblaban fuertemente mientras tomaba el bolso, que se escurrió de sus dedos.
—Buena chica.
La presión alrededor de su cuello se liberó despacio a medida que el muchacho se agachaba para recoger el bolso. Ella aún no se movía, demasiado asustada como para siquiera intentar correr. Su respiración acelerada.
Escuchó pasos tras ella, alejándose, y solo cuando la calle volvió a quedarse en silencio fue capaz de moverse.
♔
—Es ella—los hombres se vieron, bajo la tenue luz de las lámparas que iluminaban el comedor del enorme salón—. Su rostro es igual que el de su padre.
El mayor de los varones inhaló y pasó una mano por su canoso cabello. Eso solo significaba que su puesto estaba en riesgo.
—¿Y se parece a ella?—el joven negó—.
—Pero... Podría ser la niña que desapareció.
Veintisiete años atrás tuvo lugar un incendio en una tienda de dulces, en los bajos mundos se decía que había sido un ajuste de cuentas. Las lenguas legales aseguraban que las víctimas eran dos personas, una de ellas una infante, aunque su cuerpo nunca fue encontrado.
—Pero... La niña murió...
—Pero ya sabes lo que dicen los rumores, que se llevaron a la niña, así que podría estar en cualquier parte.
—Ya sabes lo que tienes que hacer entonces—el mayor lo miró atentamente.
—¿Quiere que la traiga o...?
Y con solo una mirada, el menor supo exactamente cuál sería su cometido con aquella chica.
♔
—¿Y no has denunciado?—Evalina le preguntó, tendiéndole la taza.
—N-no...
—Tienes que hacerlo, lo necesitas para que te den todos tus documentos.
—Es un robo callejero, ¿qué van a hacer?
Giorgia suspiró. Sus documentos legales eran lo único importante del bolso. No tenía nada de valor en el teléfono móvil, puesto que recién había instalado su nuevo número y apenas tenía un par de contactos.
—Por lo pronto, deberías ir a la comisaría para al menos tramitar de nuevo tus documentos. Si quieres puedo acompañarte.
♔
A la mañana siguiente, Evalina y Giorgia se presentaron en la comisaría. La inglesa convenció finalmente a la australiana de poner la denuncia. ¿Cuál fue la respuesta del policía que las atendió? Que nunca recuperarían sus pertenencias.
—Al menos conseguiste que te aceleraran la entrega de tu documento de identidad extranjero.
—Como si eso me consolara mucho—suspiró Giorgia.
Ambas se dirigieron al edificio del bufete, hablando de cosas irrelevantes. En la entrada del despacho, William se encontraba hablando con un conocido. Giorgia y Evalina caminaron directamente hacia la sala de descanso.
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—¿Es ella?—el desconocido siguió con la mirada a las dos chicas que acababan de pasar por su lado, viendo a William de reojo—. Vaya si se parece a Montagna.
—Es posible que de verdad sea la bebé desaparecida—el abogado respondió.
—Sabes que pagan mucho por su cabeza, especialmente si se la entrega viva. Celeste, puedes tener el poder que tanto quieres con solo entregarla.
—No es tan fácil, Giusi. ¿Y si no es ella y solo se parece?
—Se decía que Valente tenía unos lunares en forma de triángulo en la espalda.
—Para eso tendría que verla desnuda, y podría ser su tío.
—Sabes que hay alguien experto en esas cosas, Montana, alguien que lo sabe hacer a la perfección.
♔
Evalina consiguió, de nuevo, convencer a Giorgia de acompañarla, esta vez a un bar que había junto al complejo de apartamentos donde residía la australiana, con el único fin de terminar de distraerla del suceso de la noche anterior. Así fue como, tras apenas un par de copas, la extranjera ya se había soltado de la lengua.
—Tienes que admitirlo—habló dándole un nuevo sorbo a su bebida—. Es demasiado atractivo.
—¡Giorgia!—recriminó la otra—. ¡Es nuestro jefe!
—¡Ay! ¿Acaso no conoces las historias de las secretarias que se enamoran de sus jefes y tienen un bonito romance? ¿O de las chicas que les ponen los cuernos a sus parejas porque sus jefes son más atractivos y se lo hacen mejor que sus novios?
—Lees demasiadas novelas.
—Tal vez—soltó una risa floja y su vista se desvió al chico que las observaba desde la otra punta de la barra, dando un sorbo a su cerveza.
Evalina pronto desvió su atención a la persona que había llamado la de su amiga y volvió a mirarla.
—Giorgia, no, estás borracha.
Pero eso no impidió que la muchacha se acercara al desconocido.
—Hola guapo—se apoyó en la barra sonriendo coqueta—. Giorgia—le extendió su mano.
—Giusi, Guisi Amalberti.
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Tradimento [I & II]
General FictionPRIMERA PARTE: Uno de los principios de la mafia italiana es "nunca traicionar a tu esposa". Si eres capaz de traicionar a quien confía en cerrar los ojos y dormir a tu lado, no eres digno de la confianza de nadie. Valente Montagna era considerado u...
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