Capítulo 5: Lombardía

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La Yakuza recibió a Valente en el aeropuerto de Tokyo a inicios de febrero. A Valente no terminaba de convencerle la unión, como casi nada de lo que su esposa había pactado en su ausencia. Apenas estuvo un par de días en territorio asiático, aunque estaba previsto que se mantuviera por unos cinco días.

Al tercer día, el avión privado aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Orio al Serio, en Lombardía, y el chófer que siempre tenía a su disposición, junto con el escolta, lo llevaron de camino a Lecco.

Archibald seguía el vehículo de su jefe de cerca por la autopista, la enorme camioneta negra destacaba entre el resto de los vehículos. De reojo revisaba la posición del coche en el que viajaba Montagna en el GPS.

—Alexander, espero que me tengas novedades, porque el coche del señor está en movimiento ahora mismo y no precisamente en Tokyo—la voz de Concetta Adesso resonó en los altavoces del automóvil.

—El señor pidió regresar antes de tiempo, señora—y sus oídos recibieron la alarma de un nuevo mensaje en su teléfono personal.

Concetta apretó el teléfono. El sobre que Valente había dejado tirado contenía en el remitente la dirección de una pequeña pastelería de Lecco, en Lombardía. Sus investigaciones dieron como resultado que el negocio era nuevo y apenas tenía un poco menos de un año abierto. Estaba regentado por una muchachita joven y la especialidad de la casa eran unos famosos bollitos de canela.

Esperaba que su buen contacto en la policía le diera junto a las averiguaciones algún tipo de historial delictivo, pero la joven, Sheherezade Capparoni, era una muchacha completamente limpia y pura que vivía por y para su pequeña bebé, Giorgia, de apenas un año.

—No lo pierdas de vista—y colgó el teléfono—. Espero que no te hayas atrevido a traicionarme...

Sheherezade terminó de sacar la última bandeja de bollitos del horno, dejándola sobre una rejilla, y metió a cocer los pastelitos de manzana

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Sheherezade terminó de sacar la última bandeja de bollitos del horno, dejándola sobre una rejilla, y metió a cocer los pastelitos de manzana. Echó un vistazo hacia el pasillo, donde Giorgia gateaba, y sonrió levemente. La pequeña era una copia de su padre y lo único que había sacado de ella era el cabello negro.

La alzó en brazos, meciéndola, era lo único que le quedaba de su esposo. Giraldo Lecce sin duda le había cambiado la vida. Le había ayudado económicamente, le había apoyado y además le había dado una lindura de hija.

El timbre del portal del departamento llamó su atención y dejó a la pequeña en el corralito junto a sus juguetes para abrir la puerta. No esperaba visita y Giraldo no vendría hasta pasadas unas semanas.

Amore—comenzó a temblar y se lanzó a los brazos del hombre que se hallaba al otro lado de la puerta—. P-pero... Tú estabas en Seattle.

—He decidido darte una pequeña sorpresa—el mayor la estrechó entre sus brazos—. Y así también te traigo un pequeño detalle.

Sheherezade recibió una pequeña caja y la abrió, aún abrazada por su pareja. Dentro del cofrecito había una preciosa pulsera de oro con sus iniciales grabadas.

Tradimento [I & II]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora