Capítulo: 3.

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Escuchó una voz muy lejana llamarlo en un tono de voz muy bajito, cada vez se acercaba más lentamente hasta su cuerpo, el cual estaba un noventa y ocho por ciento inconsciente debido a que su sueño era realmente muy pesado. —Louis... —Tocó su espalda con cuidado. —Louis. —Volvió a llamar, empujando su cuerpo de un lado a otro sin ser ordinaria ni brusca, con sumo cuidado.

Con miedo a ser muy ruda, con miedo a poder lastimar a su pequeño bebé, como si estuviera hecho de porcelana y con cualquier movimiento en falso pudiera romperlo y hacerlo trizas.

Todavía estaba tendido en el mueble. Cuando despertó a medias ya era más de mediodía, mucho más, quizá habían pasado unas tres o cuatro horas desde que se quedó dormido ahí. Aún así fingió que no lo había hecho y permaneció con los ojos cerrados, tenía mucho sueño y había mucho cansancio en su cuerpo. Y eso que no había hecho nada en todo el día.

Si a correr media calle con un pie lastimado y discutir toda la mañana con otro chico es hacer nada, entonces eso fue lo que hizo durante el día, absolutamente nada.

La señorita Jay tenía un par de horas de haber llegado. Cuando entró a la casa lo primero que vió fue que la TV estaba encendida y que también había un plato sucio en el piso junto al sofá en el que dormía su primogénito.

Ya hasta había preparado el almuerzo, es decir, la cena, para el par de adolescentes con los que vivía, ya que ella almorzó en la ciudad con algunos compañeros de trabajo después de salir de arreglar sus asuntos de laboratorio.

No tuvo que hacer mucho, ya había casi un kilo de pasta con queso mozzarella listo en una olla encima de una de las hornillas de la cocina. Hizo albóndigas para completar y calentó la pasta, eso sería útil. A diferencia de Louis, a ella no le gustaba desperdiciar la comida. Lo que tú desprecias alguien lo anhela, es lo que suele decir.

—¿Qué pasa ahora, rizadito? —Contestó en el mismo lugar. Más dormido que despierto.

—¿Cómo que rizadito? Soy mamá.

—Si, ajá y yo pasé la prueba de ayer. —Rió entre sueños.

—¡Louis! —Golpeó la espalda de su bebé con la palma de su mano, sin una pizca de fuerza.

—Pie grande, qué estés a cargo no significa que puedas despertarme ni decirme que eres mi madre. Ten algo de respeto por tí mismo, por favor. —Chistó en un tono ronco y casi inaudible. Efectivamente metido en sus sueños.

Su madre se sentó en una orilla del mueble, casi afuera. —Louis, levántate. Es tarde... ¡Louis!

Bufó y cuando sintió aquella mano empujar su cuerpo una vez más, pero con un poco más de fuerza, se sentó sobre sus piernas y miró a la persona de quién provenía aquel acto tan molesto y fuera de lugar para él en su estado actual. —¿Mamá?

Su semblante paso de enojo fingido y juguetón a confundido y avergonzado al ver a la mujer frente a él. La señorita Jay lo miraba con una expresión indescifrable más ese ceño fruncido formado en su frente qué, para él, no era buena señal. Ella no lograba entender nada. —¿Por qué le dices pie grande a Harry?

—Porque lo es. Además, él me llamó enano, pie roto, liliputiense y otros apodos que no logro recordar. —Estiró los brazos y bostezó ruidosamente, sin tapar su boca.

La mujer alzó las cejas con asombro. —Válgame dios... —Peinó el flequillo revuelto de su hijo con una mano y la otra la puso encima de su hombro desnudo. Tan sereno. Tan cálido. Tan Louis. —Es lindo que se hablen, pero no me parece bien que se traten así.

—Él empezó, me dijo; "eres imbécil." —Imitó la voz seria y gruesa del rizado. —Y yo no iba a permitir que me llamase de esa manera. No soy imbécil, él sí lo es.

Exchange Student • L.SDonde viven las historias. Descúbrelo ahora