Especial: Solos en Casa.

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Al levantarse de la cama esa mañana se dirigió al baño principal que se encontraba en el primer piso de la casa para lavar su cara y dientes, ya que la habitación en la que dormía no había uno personal.

Aún no había despertado del todo bien, su cabello estaba revuelto y hecho un desastre: sus ojitos un poco hinchados por el sueño y sus brazos marcados por la mala posición en la que durmió.

Se paró a reaccionar al estar en la punta baja de las escaleras.

Talló sus ojos al caer en cuenta de cuánta luz había en la sala. No sabía por qué que razón, pero había tanta que luz que sus ojos ardieron por un momento. Esperó a que sus ojitos se adaptaran a la luz y vió todo atentamente, desconcertado ante las vistas.

Las ventanas estaban abiertas y mucha de la luz que transmitía el sol entraba por ella, todas las luces estaban encendidas, incluso la lámpara junto al sofá lo estaba. Realmente no lo comprendía, ¿qué necesidad había de recibir tanta luz tan temprano?

Dió un par de vueltas por toda la casa en busca de la señorita Jay y aprovechó para ir apagando las luces de por dónde iba pasando. Su andar se detuvo un momento al percatarse de que ella no estaba por ningún lado. ¿Dónde podría estar esa mujer un martes?

Soltó la última cortina recogida y apagó el último foco encendido del hogar. Luego caminó en dirección a la cocina, mirando a atrás por instinto, ya que le pareció oír unos pasos provenir de ahí. Así qué volteó para asegurarse de que no había nada, y tal como lo esperaba y rogaba, no lo había. Quizá fueron sus propios pasos haciendo eco en la, aparentemente, casa vacía.

Por otro lado, y por más raro que suene, su mente se aclaró un poco más cuando sintió otro cuerpo chocar con el suyo propio al encontrarse mirando hacía la dirección que no era.

—Maldición, tengo un pie herido, ¿qué no...-? —Se detuvo a la mitad de la pregunta. —Tú.. —Exclamó el castaño con el que chocó, serio. El pobre chico tenía los ojos medio cerrados, casi no se veían.

A Harry le pareció muy tierno pero no mostró sentimiento o reacción alguna. —Vaya..., pero qué educado amaneciste el día de hoy. —Se hizo a un lado y terminó su camino hacía la cocina, ignorando el torso expuesto del de ojos azules y pie herido.

No lleva camiseta.

—Y buenos días a ti también. —Dijo, entrando ya a la cocina.

—¿Dónde está mamá? —Lo siguió, cojeando. Se detuvo apoyando un brazo en el umbral de la puerta de la cocina para respirar un poco y darle descanso a su pie, pues ya había mucho esfuerzo al bajar las escaleras y en perseguir a Harry.

Ah, por supuesto. Cosas de laboratorio en la ciudad. —Salió. —Fue lo único que le dijo para después girarse a la nevera y tomar la nota doblada a la mitad que colgaba en la puerta de esta. Después abrió la nevera. —Dejó una nota. —Sacó un cartón de leche y lo puso en la encimera, muy despreocupado para el gusto de Louis.

Él frunció el ceño. Era raro cuando Jay dejan notas. —¿Qué dice?

—Umm... —La desdobló y empezó a leerla. —No dejaré el desayuno listo porque se enfría, háganlo ustedes... Llegaré para el almuerzo. Bla, bla, bla. Por favor, Harry, cuida del pie de Lou y dale un masaje si hace falta. Besos, Jay.

—Ni loco dejaré que toques mi pie.

—Ni loco pienso tocar tu asqueroso pie.

Se vieron unos segundos, uno desafiando al otro con la mirada. En una lucha dónde el de menos dignidad se dejaría vencer.

Obviamente ese no sería Harry.

—Vale, si mí madre llega y aún no estoy aquí, le dices que estoy en... el parque ¿Madison? con... ¿Liam?

Exchange Student • L.SHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora