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Ya llegando a la Reseda, iba Nora sentada en las piernas de Miguel, su abuela Rosa, su madre Mariana en los asientos de atrás, y en el copiloto su tía Carmen. Iban en el taxi a dos cuadras de su destino.
Nora iba distraída observando todo a su alrededor, pensado en lo colorido y armonioso que es Los Angeles.
–Tu apodo te identifica perfectamente, pequeña apestosa.– susurró su primo, burlándose de ella.
–No es mi culpa, diez horas sentada en un asiento de avión, sin bañarme en ese transcurso de tiempo, ¿qué esperabas? ¿que oliera a flores?– dijo burlona.
Luego el se quedó en silencio, para ver que habían llegado a su destino, entonces el abrió la puerta, dejando que Nora saliera, para hacerlo él seguidamente, y así sucesivamente hasta que todos estuvieron fuera del auto, abriendo la cajuela para sacar las maletas, a lo que Miguel se ofreció a llevarlas.
Nora asombrada por el lugar comenzo a observar hacia todas partes, maravillada, pero sin perder el rumbo de su familia hacia el apartamento.
Ya al todos estar adentro del apartamento comenzaron entre todos a ayudar a desempacar las cosas de la mudanza, y así hasta que el cielo se oscureció indicando que era de noche, cuando por fin lograron acomodar todas las cosas.
–Bueno por el momento Nora dormirá en la habitación de Miguel y Mariana dormirá en la mía.– anunció Carmen.
A lo que todos asintieron con la cabeza en forma de afirmación.
(...)
Después de la cena todos fueron a sus correspondientes habitaciones asignadas.
Nora abrió la puerta de la habitación con su pijama ya puesta, se recosto en la pequeña cama que estaba al lado de la de Miguel donde el dormía plácidamente, a lo que a un rato después Nora se quedó profundamente dormida.
(...)
A la mañana siguiente, su primo ya se había levantado, entonces Nora buscó su ropa para bañarse junto a sus útiles de aseo personal.
Salió de la habitación esperando que Miguel saliera del baño. A lo que luego de 15 minutos aproximadamente salió.
Ella no dudó en entrar inmediatamente, tomó su ducha y se cambió, colocándose una camiseta junto a un overol y unas converse, rápidamente abriendo la puerta, desenredando su cabello con un peine, acercándose a la sala de estar.
–Miguel ve por el correo– ordenó su abuela Rosa.
–Si, abuela. – seguidamente salió del apartamento.
–Buenos días abue, ¿te ayudó con el desayuno?– preguntó dejando el peine en una mesa.