El calorcito primaveral ya se estaba haciendo presente en la ciudad, aunque el viento favorecía para convertirlo en una tarde agradable.
Mis piernas subían y bajaban con nerviosismo. Las baldosas grises, agrietadas por el tiempo, se habían vuelto protagonistas de mi visión; noté que dos chicles estaban impregnados con piedras pequeñas y suciedad de todo tipo.
Levanté la cabeza sin muchas esperanzas en el momento que un ruidoso ómnibus se detuvo frente a la parada.
Entonces lo vi.
—¿Matías? —pronuncié bajo el cubrebocas.
Él observaba su teléfono, y, por sus cejas fruncidas, supuse que estaba preocupado. Segundos después se percató de mi presencia.
—¡Feeeer! —Sonó más sorprendido y contento de lo que hubiese esperado—. Perdoná la hora, ya sé que te avisé que perdí el bondi anterior pero te juro que apenas vi este otro me lo tomé. Te juro que no quise hacerte esperar, perdón, ahora seguro te causé tremenda mala impresión y-y-y...
Lo tomé por los hombros. Pude verme reflejada en sus pupilas debido al contacto visual.
—'Cuchame: está bien. Ya sé que no tuviste intenciones de hacerme esperar. Aparte vivís en la loma del ojete, es normal que te venga un bondi cada cien años —Sonreí, para luego darme cuenta que solo notaría mis ojos achinados—. Ahora vamos por mi merecido helado, ¿o te olvidaste de que me tenés que pagar por la apuesta que perdiste? —Elevé las cejas repetidas veces, acción que respondió con una carcajada.
—Mierda —Chasqueó los dedos como el zorro de Dora la Exploradora—, pensé que llegando tarde me zafaría de eso.
Entonces, dando por concluido el tema, comenzamos oficialmente la salida.
Montevideo a la tarde no era la gran cosa, al menos en un fin de semana. Sin embargo, caminar junto a Matías por las calles que suelo transitar se vibraba distinto; los colores se saturaban, provocando que los brotes de los árboles se tornaran más verdosos y las edificaciones recobraran sus antiguas tonalidades. No era la primera vez que esto me sucedía con él, solo que, a diferencia de otras veces, había llegado el momento de decírselo. El nerviosismo me estaba matando lentamente, más aún cuando mi mano podía entrelazarse con la de Matías en un solo movimiento. Sus rulos azabaches se mecían por el viento, ¿cómo se sentiría enredar mis dedos en ellos? En medio de un beso, mientras nuestras pieles acaloradas se rozan y sus manos viajan por mi cintura...
—Se ve que hoy estoy más lindo que siempre —comentó divertido, explotando mi burbuja—. ¿Tengo algo en el pelo o la cara?
—No, no, ¿por qué pensás eso? —Acomodé la mascarilla para ocultarme. Sentí mi rostro en llamas, las cuales no podrían apagarse ni aunque me echaran agua de la más enorme manguera existente.
—Porque... —Se detuvo—. No importa, tranqui.
Decidí no insistir.
Su ritmo de caminata y el mío eran similares. No todos los adoquines estaban sanos, escena que podría entristecerme en otra ocasión. Ahora solo podía pensar que cada paso implicaba un cierto porcentaje más de nervios e incertidumbre. ¿No deberíamos estar hablando? A pesar de vivir lejos, en cada salida que habíamos tenido juntos charlábamos tranquilos, e incluso hacíamos ridiculeces en medio de las calles del balneario donde vive él. ¿Será que ya sabe lo que le voy a decir? ¿Acaso estará pensando cómo rechazarme amablemente?
—Mati...
—¿¡Qué!? —se sobresaltó—. Perdón, estaba distraído en otra cosa.
—¿Ah sí? ¿Puedo saber en qué? —me animé a preguntar.
—Es que... ¡Mirá! —Detuvo la marcha abruptamente y señaló el local al otro lado de la calle—. ¡Ya llegamos! Jaja... ¿Ya tenés pensado qué sabores elegir?
—Eh... —Había estado tan centrada en mis pensamientos que olvidé ese detalle. Luego de entrar al local decidí responderle—: Dulce de leche granizado y flan. ¿Vos vas a pedir menta granizada?
—Y sí, es el sabor supremo de los helados, pero no todos están listos para esa conversación —Golpeó suavemente mi brazo con su hombro.
—Para mí el que no está listo sos vos, que deberías admitir que tenés mal gusto para el helado.
—Capaz que para el helado sí, pero tengo buen gusto en otras cosas, ¿sabés?
Fuimos atendidos a la vez, por lo que la conversación terminó bruscamente allí. Mientras le indicaba los sabores a la muchacha, podía escuchar el traqueteo de los engranajes dentro de mi cabeza: ¿qué había querido decir con eso? ¿Desde cuándo le doy tantas vueltas a cada palabra o expresión que se desprende de sus labios? ¿Sería muy egocéntrico de mi parte creer que él está dándome indirectas muy directas?
La mujer me entregó el cucurucho y yo le di el dinero. Salí de la heladería aún con preguntas pululando como fantasmas a mi alrededor. Detrás de mí estaba el chico, quien, apenas cruzó el umbral de la puerta, se quitó el cubrebocas para dar el primer bocado.
—Te iba a preguntar si íbamos a comer acá o...
—¡Pará, pará! —Me interrumpió. Relamió sus labios para quitarse el sobrante de chocolate amargo—. ¿Puedo llevarte a un lugar del que me enteré hace poco? Es un lugar re lindo y queda cerca de acá.
—Bueno, dale —acepté sin más. Tal vez eso me daba más tiempo para armarme de valor.
Matías de pronto se transformó en un niño pequeño; ilusionado, me tomó de la muñeca con cuidado y me obligó a caminar tras él. No fue hasta un par de metros más adelante que me soltó, pidiéndome disculpas por su actitud, para luego comenzar a parlotear sobre cómo había descubierto el lugar:
—Estaba en Instagram, tranqui, ¿y viste que te escucha todo lo que decís? Bueno, justo le había mandado un audio a Martín, que conoce estos lugares mejor que yo, preguntándole a ver si conocía un lugar piola para ir cerca de la heladería esta. Y ta', la cosa es que me apareció una publicidad de un fotógrafo que había hecho una sesión de fotos en un lugar X, y yo pensé "faaaah, está re épico, seguro a Fer le gustaría venir y sacar un par de fotos o algo" —Detuvo un momento su relato para lamer su helado y continuó—: el tema es que no tenía ni puta idea dónde era, así que leí la descripción y los comentarios pero tampoco me aparecía... ¿Sabés lo que tuve que hacer? —Negué con la cabeza—. Le tuve que mandar la publicación al fotógrafo ese por privado y decirle "che, perdoná las molestias, ¿me podés pasar la dirección de este lugar? Es que tengo una amiga a la que podría recomendarle el sitio para que saque fotos y eso".
—Supongo que te contestó, ¿no?
—¡Por suerte sí! ¿Te imaginás que no lo hubiese hecho? Naaah, tremendo rata habría sido... Pero ta' —Utilizó la cucharita de plástico para comer otro bocado y que no se le cayera la torre de dos bochas—. Me dio gracia que justo quedaba cerca de donde nos íbamos a juntar, y bueno, nada, tremendo capo igual el flaco. Terminé siguiéndolo y dándole like a todas las fotos... y ahora siento que tendría que contratarlo o algo, como para agradecerle posta por tomarse el tiempo de decirme la dirección y hasta cómo llegar. Se ve que me vio la cara de pibe que no sale de su casa nunca —Ambos soltamos una carcajada ante el comentario.
La charla se desvió a trivialidades de las que ya estábamos acostumbrados a compartir. Saltábamos de música favorita a noticias chismosas, para después cambiar a novedades sobre nuestros hobbys y en el medio alguna anécdota que jamás nos habíamos contado.
Cuando presté un poco más de atención a la calle, noté que estaba en una zona desconocida para mí, ¿en dónde carajos nos habíamos metido? Las casas se notaban antiguas, con balcones pequeños a la altura de la vereda, de pintura desgastada por el tiempo. Había un árbol por cada vivienda de la cuadra y en algunos de ellos debíamos zigzaguear la caca de perro que nadie parecía querer limpiar. Una manzana entera pertenecía a una escuela pública, de la cual no me detuve a investigar su nombre, que había aprovechado los muros para pintarlos con garabatos infantiles. En él destacaban los niños de túnica y moña haciendo diversas actividades recreativas. El rostro de Matías permanecía calmado, por lo que decidí confiar y continuar charlando sin preocuparme de nuestra actual ubicación... Hasta que sacó su celular del bolsillo. Ahí sentí el verdadero terror.
—¿Y este qué quiere? —dijo en voz baja antes de llevarse el objeto a la oreja—. ¿Hola? ¿Qué pasó, boludo? —Cruzamos miradas y él curvó sus labios por un momento, pero luego adoptó una expresión de confusión—. ¿Cómo que no lo encontrás? Si te dije que lo iba a dejar arriba de mi mesita de luz —Silencio. Probablemente la persona del otro lado estaría respondiéndole o algo—. Andá a buscar de vuelta, pelotudo, seguramente no lo viste por la miopía que heredaste de mamá —Por esas palabras deduje que estaba hablando con Martín, su hermano, quien es un año menor que nosotros—. ¿¡Ah, viste que te lo había dejado ahí!? Dio' mío, che... Aparte si no lo encontrabas te rescatabas, porque ando en Montevideo con Fer —Frunció los labios como si estuviera aguantando decir algo y volvimos a cruzar miradas. Sus mejillas adquirieron una tonalidad rosácea—. Callate y bajale a las telenovelas románticas porque te están lavando el cerebro. Nos vemos en casa mañana, cuidate, chau —Seguido de ello, guardó el dispositivo en donde lo tenía antes.
—Y ehh... ¿Estaba todo bien? ¿Qué le pasó a Martín?
—Nada, tranqui, no encontraba el pendrive que le presté donde están las fotos familiares... —Allí me contó que tenían planeado hacerle un vídeo emotivo a su madre por sus 40 años y que lo festejaría dentro de una semana—. Por cierto, me dijo que estás invitada a su cumple, y que no te gastes en un regalo.
—¿Cómo no voy a hacerle un regalo a Raquel? —respondí casi ofendida—. Sería re feo de mi parte caerle al cumple con las manos vacías y más que ella es un amor de persona conmigo...
—Seeeh... —Noté que ya estaba mordiendo el cucurucho. A esta altura los helados no habían sobrevivido para poder disfrutarlos en el lugar que tanto Matías había insistido con mostrarme—. Y me dijo que podías quedarte en casa, no hay problema... O sea, ¡por mí tampoco hay drama! Siempre podemos hacer espacio para uno más. Vos dormís en mi cuarto y yo en el sillón del living o no sé, como vos quieras, donde vos te sientas cómoda porque yo me puedo adaptar a cualquier lugar, onda tampoco es que sea tan quisquilloso con los colchones o cosas así y...
Coloqué mi mano sobre su hombro, ya que la otra aún sostenía el frío postre, y automáticamente frenó su tren veloz de palabrerías.
—Puedo dormir en cualquier lado, no tengo problema —Mi voz se escuchó más calmada de lo normal.
—Bueno, podrías dormir en mi cama, entonces —Y de pronto sus ojos se transformaron en dos esferas enormes, al tiempo que el color carmesí teñía sus mejillas—. ¡¡¡En mi cama vos sola, quise decir!!! ¡O sea, me gustaría que durmiéramos juntos! —Sus manos se sacudían como forma de negar sus propias palabras—. ¡DORMIR EN EL MISMO CUARTO! ¡NO en la misma cama! ¡Se entiende! ¿Verdad?
No pude contenerme más y estallé en fuertes carcajadas. Las mariposas de mi estómago comenzaron a revolotear en busca de una salida, desesperadas, rozando las paredes con sus alas. Mi piel se erizó. Mi corazón bombeaba sangre a gran velocidad, como si se tratase de algún dispositivo a punto de explotar.
Entonces, en medio de las risas, logré comprender lo que en realidad estaba sucediendo: había llegado el momento de decírselo.
—Mati... —Me detuve de forma abrupta. Incluso mis pies dejaron de avanzar. ¿Se lo iba a confesar ahí, en medio de la calle?—. ¿Falta mucho para llegar?
—¿Eh? No, no, solo tenemos que doblar en esta cuadra y listo... ¿Pasó algo? ¿Te cayó mal el helado? ¿Acaso te bajó...?
—¡No, no! —Aclaré enseguida—. Quiero decirte algo, pero prefiero hacerlo cuando estemos ahí, ¿okey?
—Okeeeey... —Cabizbajo, continuó caminando. Decidí seguirlo en silencio.
A pesar de ser cierto que no faltaba demasiado para llegar, ese último tramo se sintió una tortura; ambos preferimos mantener nuestros pensamientos dentro y el muro de tensión era el causante de la distancia invisible entre nosotros.
Quedé deslumbrada al visualizar la vivienda abandonada que se encontraba frente a mí. No sabía qué tan legal era entrar en ella, por lo que preferí sentarme en el escalón de la puerta. Matías copió el movimiento.
—Adentro está mejor... —rompió el hielo. Nuestras miradas se cruzaron, y, en consecuencia, sonreímos—. Si querés lo vemos ahora.
Dudé, pero la curiosidad de explorar el sitio no era tan grande como mis deseos de confesar mis sentimientos de una vez por todas.
—Primero quiero que hablemos —Torcí mis piernas para quedar frente a frente. Él, con expresión de confusión en el rostro, hizo lo propio, por lo que nuestras rodillas chocaban con las del otro—. Quiero decirte algo importante y te pido disculpas desde ahora si llega a afectarte...
—¿Afectarme? —Arrugó la nariz—. ¿Por qué me...? Bueno, no importa, decime lo que me tengas que decir. Solo quiero que sepas que sos una persona re importante para mí, ¿okey? —Asentí. Él apoyó sus manos sobre las mías y percibí el bosque de mi rostro incendiándose.
—Matías, esta salida no fue cualquier salida —Tomé un momento para respirar profundo, armándome de valor, y continué—, pero no porque vos llegaste tarde ni porque vinimos a una casa abandonada. Esta salida tuvo un objetivo más profundo que solo pagarme el helado que me debías de la apuesta... —Sus esferas color atardecer brillaban más de lo usual—. Capaz me notaste rara —Afirmó con la cabeza—, sí, bueno, estuve rara porque no sabía cómo o en qué momento decirte esto. Mati... Me gustás, estoy enamorada de vos.
Cerré los ojos, avergonzada, y de allí se desprendieron pequeños hilos de agua. La calidez de sus manos se desvaneció, pero pronto descubrí que se había trasladado hacia mis mejillas, quienes continuaban en llamas.
—Dios mío, Fer, el susto que me pegaste —Fue entonces que me atreví a mirarlo. Él curvaba sus labios en una ensanchada sonrisa—. Pensé que me ibas a decir todo lo contrario, ¿sabés? Como que te habías dado cuenta que me gustás y no querías saber nada de mí.
—¿Te gusto? —sollocé.
Él dejó escapar una exhalación larga. Sus dedos pulgares limpiaron las lágrimas sobrantes debajo de mis ojos.
—Pensé que ya lo sabías, onda con todas las boludeces que dije hoy y las que digo siempre que estoy alrededor tuyo... —Desvió la mirada de forma divertida, a lo que yo me reí—. ¿Viste? Con una risa tuya ya me enamoré más todavía. ¿Será que me tenés hechizado o algo?
—Me parece que fue al revés: vos me hechizaste con la mirada desde hace tiempo.
Todo pasó muy rápido. En un acercamiento veloz, nuestros labios por fin conocieron sus sabores y texturas. Las mariposas de mi estómago estallaron como fuegos artificiales, mientras las llamas desesperadas de mi corazón eran calmadas por este sentimiento correspondido. Sus manos se deslizaron hacia mi cintura y las mías se aferraron en su nuca. Mis dedos jugaban con la suavidad de sus rulos azabaches, enredándose en ellos como si de lianas se tratasen.
Me separé unos centímetros de él, acción que lo tomó por sorpresa. Mordí su labio inferior y lo arrastré hacia mí. Al soltarlo, escondí mi rostro en su hombro, avergonzada. Ni siquiera yo sabía que era capaz de ser tan... ¿pícara, podría decirse?
Susurré un "te amo, Mati" que no supe si logró escuchar. Quiero creer que sí, porque su siguiente movimiento fue abrazarme con fuerza, y, con la voz ahogada, confesó:
—Te amo más de lo que había creído hasta ahora, Fer, y soy el pibe más suertudo del mundo porque estás en mi vida, aunque eso me lo hiciste saber desde el principio. Gracias...
Deposité un beso en su mejilla antes de mirarlo cara a cara de nuevo.
—Gracias a vos, tontito, por ser un pibe increíble. Ambos somos suertudos de tener al otro y ojalá sea así por mucho tiempo más... Si quisieras, obvio.
—¿Eso significa que...?
—Solo decí que sí o que no, dale —Alcé los ojos entre risitas—. ¿O qué? ¿Esperabas proponerlo vos?
—Y bueeeeeno, la verdad que sí, pero ahora vas a tener que ser vos la que pida casamiento en un par de años —La expresión en mi rostro se transformó en una mezcla de confusión y sorpresa—. ¿Flasheé demasiado rápido un futuro juntos?
—Y bueeeeeeno, la verdad que sí —lo imité de forma fallida—. Pero eso no se va a dar si no me das la respuesta oficial.
—Hacé la pregunta oficial y respondo.
Exhalé fuerte. Ay dio' mío, ¿en qué me estoy metiendo?
—Matías Pinares, ¿aceptarías ser mi novio? —pregunté con cierto tono sarcástico.
—¡Oh, Fernanda Inés Suárez! Es un placer para mí que me conceda el honor de ser su pareja, por lo que aceptaré, sin remordimientos, su propuesta —A pesar de estar sentados, gesticuló con las manos para indicar que acababa de hacer una reverencia.
—¿Por qué aceptarías sin remordimientos? —Levanté una ceja, burlona.
—No sé, no soy un genio de las palabras... Pero puedo usar mis labios para otra cosa —Sin darme tiempo a replicar, volvió a besarme en busca de un segundo round, el cual encontró sin mucho esfuerzo.
Así, besuqueándonos en alguna calle escondida de Montevideo, comprendí que esta salida no fue como cualquier otra que tuve con él, sino que había sido el fin de aquella dulce espera del primer amor.-------------------
¡Buenas, personitas del multiverso! ¿Cómo están?
Hoy les traje esta relato que escribí para un concurso. Es una versión reinventada de un viejo texto que tenía guardado entre mis archivos de Word.
En fin, ¿qué les pareció? ¿Prefieren relatos así de cursis o con temáticas más oscuras?
No tengan miedo de comentar y dejar su voto. ¡Se aprecian mucho!Saludos desde las nubes, Nadia.
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Luces de mi alma [Completa]
Short Story"Luces de mi alma" es una recopilación de cuentos cortos de la autora, viendo el mundo desde diferentes puntos de vista. Desde la tristeza hasta el amor, pasando por la felicidad y la melancolía, son algunas de las tantas temáticas que se llevarán a...