Lluvia de cenizas.

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     Hace tiempo, tal vez treinta o cuarenta años atrás, viví en un pequeño pueblo oculto de los mapas. Habitaban unas pocas familias que se sustentaban del trabajo que se realizaban en grandes parcelas de tierra, donde algunos se especializaban en la ganadería y otros en la agricultura. La calma abundaba en aquel lugar, pues existía una regla sobre preservar el medio ambiente y jamás revelar la ubicación del pueblo a las ciudades más cercanas (aunque estas se encontraban a unos 400 kilómetros de distancia). Pero nadie esperó aquel abrupto día donde tuvimos que abandonar nuestro hogar.
     Era una mañana tranquila, con los pájaros cantando y algunas vacas mugiendo a lo lejos. Una fina capa de lluvia cubría los pastizales en el patio delantero de casa, donde salí a recibir al sabio anciano del pueblo. Noté el tono violáceo debajo de sus ojos y la mirada perdida, como si no hubiese dormido por mucho tiempo.
     —¿No está su madre, joven María?
     —Mis disculpas, señor Antonio, madre fue a cosechar hortalizas como todas las mañanas. ¿Quiere esperarla dentro? Puedo compartirle un té de manzanilla.
     —No es necesario, jovencita. Solo dígale que vaya al santuario y me busque. No se olvide, por favor, es de suma importancia para nuestro pueblo —El hombre se fue arrastrando los pies y apoyándose en su viejo bastón, murmurando palabras que no llegué a comprender.
     No fue hasta la tardecita, donde el sol se iba perdiendo en el horizonte, cuando madre cruzó el umbral de la puerta con su canasto en mano.
     —Madre, debe ir al santuario ahora mismo, el señor Antonio vino en la mañana a buscarla por un asunto importante —dije nerviosa, mientras dejaba a un lado el libro que estaba leyendo.
     —¿Y, mija? ¿Sabe usted qué asunto era?
     —No me ha dicho nada el señor Antonio, solo mencionó que es un asunto de suma importancia para nuestro pueblo, madre. ¿Estaremos en peligro?
     —No lo sé, mijita, no lo sé, iré ahora mismo al santuario. Tenga la cena lista para cuando vuelva, ¿sí? —Se acercó a darme un beso en la frente y me entregó la canasta. Luego la vi marcharse, sin saber que aquella sería una despedida, y me dirigí a la cocina a preparar la cena. A los pocos minutos, mientras cortaba un tomate en rodajas, escuché gritos provenientes del santuario que luego se fueron esparciendo por todo el pueblo. Las personas parecían huir despavoridas, corriendo por las callecitas de pedregullo que tanto había transitado en mis 13 años de vida. Me acerqué a la ventana y descubrí el espectáculo catastrófico de afuera: una lluvia de cenizas caía, cubriendo de tonos grises nuestro tan amado pueblito. Poco a poco las voces eran opacadas por la tos de las personas que ya estaban intoxicadas, algunas se tropezaban y eran pisadas por los demás. No había siquiera rastros de la paz que se sentía en ese lugar, solo era pánico y caos recorriendo cada rincón; se habían vuelto animales salvajes buscando sobrevivir en la naturaleza.

Luces de mi alma [Completa]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora