Prólogo

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Ah, julio. El ombligo del verano y las vacaciones largas, aquel mes en el que el sol y el calor están en su máximo esplendor, por lo menos aquí en California.

Para muchos chicos de mi edad es el momento perfecto para ir de fiesta en fiesta y vivir más en las calles de la ciudad que en su propia casa. Pero para mí... para mi es el pretexto perfecto para quedarme en casa, tocar algo de piano, escuchar música, pintar o leer desde que sale el sol hasta que se pone.

Pero hoy no, pues mi mejor amigo me ha invitado al muelle a mí y un par de compañeros de colegio para presentarnos a sus nuevos vecinos y que al parecer asistirán a la misma preparatoria que nosotros.

Conseguir el permiso no fue nada complicado, pues mama técnicamente me ruega por que salga y en cuanto le propuse la salida al muelle un sábado por la tarde con Regi, no lo pensó dos veces y me dijo que sí. Así, sin preguntar si me traerían de regreso a casa o establecerme una hora a la que debía regresar.

Ya había tomado una ducha y me encontraba frente al espejo de cuerpo completo que había en mi habitación. No sabía que ponerme, estaba entre un vestido veraniego floreado y holgado o unos pantalones cortos y una blusa de malla con una camiseta negra debajo.

Como de costumbre, hice una lista mental de los pros y contras de cada atuendo. Al final, como era de esperarse, me decidí por el más cómodo: el vestido.

Quizá el otro conjunto sería más apropiado para ir al muelle de Santa Mónica, pero el vestido me gusta. Me siento libre y cómoda con él, además de que siempre recibo más elogios con un vestido que con cualquier otro atuendo.

Me lo pongo, me calzo unos zapatos de piso y me ondulo un poco el cabello. Estoy dando los últimos detalles a mi maquillaje que, aunque es natural, realza mis rasgos faciales, cuando tocan el timbre de casa.

Escucho a mi madre abrir la puerta y seguido del sonido de esta arrastrándose, escucho la voz de mi mejor amigo, enérgica como siempre. Mi mama le indica donde me encuentro y al instante siguiente escucho pasos por el pasillo. Abre la puerta sin tocar, cosa a la que ya estoy acostumbrada, por lo que termino de aplicarme rubor en la nariz y los pómulos y me dirijo a él.

—¿No te enseñaron a tocar? —recrimino en son de broma.

El solo se encoge de hombros antes de pasear su mirada por mi atuendo, mis piernas descubiertas y de regreso hasta detenerse en mi cara. Cuando nuestros ojos se encuentran, en su rostro hay una sonrisa pícara que le borro lanzándole la brocha del rubor.

—Dios, parece que no fuiste educado por Genevive Lennox.

—No me gusta seguir lo estereotipos.

Y tiene razón, mientras que su hermana y el resto de su familia son sumamente elegantes, serios e imponentes, Regi es extrovertido, muy parlanchín, bromista y lo que más le cuesta es mantener el rostro imperturbable que caracteriza a toda su familia. Sin embargo, mientras su familia es de mente abierta y se mantiene alejada de los chismorreos, Regi busca problemas, crea polémica a donde sea que vaya y es una de las personas más prejuiciosas que eh conocido, pero es una compañía increíble.

—¿Estas lista? Quiero llegar antes de que se llene, detesto los tumultos de gente.

En eso, sí que lo apoyo. No me gustan los lugares donde haya mucha gente, y mucho menos si es un lugar cerrado. El plan de Regi es encontrarnos con Emi, Deena, Charlie, Thiago y sus nuevos vecinos en el muelle, comer algo, subirnos a algún juego mecánico y cuando el ambiente se comience a poner denso por la cantidad de personas, irnos a algún lugar solitario de la playa para seguir hablando o irse cada quien a casa en caso de que la conversación no fluya entre los participantes.

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