CAPITULO 4: Fresas y Nueces.

150 31 6
                                    

A penas y se había dado cuenta que el invierno se había marchado, la gente ya caminaba con sus atuendos ligeros y no tan abrigados, ella por su parte llevaba una falda de corte alto en negro el cual delineaba su delicada figura terminando por encima de sus rodillas y para resaltarle un poco llevaba unas medias altas del mismo color, por su parte la camisa era blanca y contractaba con su cobrizo cabello y aquellos botones en plateados con una media luna grabada en ellos, sus ojos realmente resaltaban con aquel maquillaje que le había facilitado su hermana Esther, después de abrocharse los botines se miro al espejo, no quería llamar mucho la atención así que decidió no colocarse ningún accesorio más que un delicado lazo en su cuello, aunque su hermana le discutía por la misma razón.


Al estar lista partieron a la mansión de Di Stefano, aun era temprano pero quería dejarlo todo listo. Le parecía raro que su hermana no impuso ninguna resistencia pero daba el crédito a que extrañaba a la rubia. Una vez en el taxi esta no despegaba su mirada del espejo, suspiraba cada vez que podía, el pensar a ese hombre cerca le hacía sentirse como adolescente enamorada, hacia mucho que no presentaba aquellos síntomas y su hermana supo entonces que algo más ocurría.


Esther: ¿Estás bien Sia?


Como era de esperarse la chica ni giro su rostro, no estaba en el auto aunque los ojos de la morena la estuvieran observando, frunció su frente un poco y suspiro, algo no estaba bien y comenzaba a preocuparla, de hecho era algo más que un miedo de hermana. Su corazón comenzaba a volverse egoísta y no quería ver a la más joven feliz, no sabía si era la edad o vanidad, pero quería tenerla a su lado hasta los últimos días de su vida. Qué ironía, trabajo tanto para que en plena juventud un cáncer ultrajara su felicidad, sin olvidar el hecho de su soltería, era tan dura consigo misma que nunca se permitió conocer a nadie fuera de la amistad.


El camino continuo con un constante silencio que solo era roto por alguna que otra melodía de la radio. Al llegar frente de aquella enorme casa Esther bajo y pago al taxi, una vez dentro Sia se coloco en su labor, arreglar y preparar todo para ese día, haría algunos postres y pasapalos y tendría listo la mesa para la cena y para los bocadillos. Su hermana en cambio salió al jardín a conversar con su vieja amiga, tenían mucho que decirse y no perderían tiempo.


No había pasado una hora de su llegada cuando Tom despertó, sin saber la hora se levanto y fue a su baño para asearse, podría descuidar lo largo de su cabello pero nunca su higiene. Después de eso tomo la ropa más cómoda que tenia. Eso incluía una playera de color negro y una bermuda en beige. Dejando a un lado lo refinado bajo las escaleras descalzo, su cuerpo le pedía incesantemente un vaso de agua o de leche. Tenía hambre quizás algo de pan tampoco era mala idea, con la ayuda de su bastón llego hasta el arco de la puerta que daba a la cocina. Aquel olor le era conocido. Olfateó por unos segundos y como si de un flashback fuera el nombre de "Sia" vino a su mente. Por supuesto y es que había sido un completo idiota, ese día era 09 de febrero <<Felicidades viejo ya tienes 34>> fue lo único que pensó además de un <<oh... oh... mal momento>>


Y es que ese día hacia algo de frio para él y no se tenía que mencionar mucho acerca del porque había tomado un gran baño de agua fría a pesar de no gustarle esa temperatura sobre su cuerpo. Seguía con esa palpitante razón entre sus piernas y aquella fragancia revoloteante no hacía más que encantarlo. Trago en seco y supuso que era tarde para fingir que estaba solo.


En cambio Sia que estaba frente a él algo sorprendida quiso alejase del lugar sin ser percibida, sabía que él vivía allí pero no pensó encontrárselo tan temprano, no hasta entrada la tarde o noche. A penas y eran las 8 de aquella mañana. Intento moverse de allí anulando las posibilidades de algún contacto pero el chico con su forma de indagar sobre la habitación le mostro que no sería así. Camino algo tímida hacia atrás para encontrarse con la mesa y tremendo desastre que había formado, había tirado al suelo un plato con frutas secas. Ese hombre la tenía delirando y este quizás ni siquiera pensaba en ella como su cerebro si lo hacía.

Raison D'etreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora