4| PRÍNCIPE

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Unos días después de regresar de México, regrese más cuerdo que nada, y realmente agradecía el descanso.

Ingresé a la oficina en un nuevo día de trabajo y dejé mi celular sobre el escritorio, un celular que era nuevo, por cierto, el anterior mío se cayó desde la ventana de mi balcón, una caída de un piso cuarenta, ni en broma resistió.

Además, era una buena excusa para cambiar mi número de teléfono.

Horas más tarde, mi secretaria ingreso.

—Señor, su sobrino Lance quiere saber si lo puede recibir— me levanté de prisa y salí antes de responderle a mi secretaria.

El estaba de píe, ahí, en el corredor mientras miraba con atención una de las plantas.

—¡Lance! —apresuré mis pasos y me hundí en sus brazos.

—¡Hey! Tranquilo, no queremos que manches mi traje, ¿Me ves tío? — sonreí y limpie mis lagrimas mientras lo guiaba a mi oficina.

—Amo tus visitas, pero se que nunca me visitas si no es por algo importante— sonrío y se sentó en el sofá.

Yo, como persona normal, o anormal en todo caso, observe su rostro, tan idéntico al de mi padre y sin pensarlo me refugie de nuevo en sus brazos.

Era algo estúpido para muchos.

Un chico de veinte, consolando a uno de treinta, se podría decir que hasta daba pena y lastima.

Bueno, lo que pensaran los demás, me importaba un carajo, estaba con él y su rostro y aura me brindaban tranquilidad.

—En realidad venía a invitarte a comer, venimos por el cumpleaños de Grey, antes tuve que ir a una reunión de la empresa con mi padre, por eso ando en traje— sonrió mientras limpiaba mis lágrimas. —Además, me ayudaste la vez pasada con ese tema de logística y me ayudaste mucho, es un agradecimiento, dime tío, te apetece también ir combinados a la fiesta de mañana— me sonrió mientras se levantaba con porte y elegancia.

El Gates ya lo llevaba sin pensarlo en la sangre.

—Claro que si copia de papi— sorbí mi nariz y me levanté del sofá, tomando la mano de Lance y saliendo con él mientras le hablaba acerca de mis días en México.

Al salir de la empresa, con mis guardaespaldas detrás de mí, los de Lance junto a ellos y yo con el mismísimo Lance Ivrichtz, sentí una mirada, al levantar la vista, observé un auto bien conocido para mí, y posiblemente a un imbécil dentro de él.

Pero no le tomé importancia, reí por lo que Lance me dijo y escondí mi rostro en su pecho.

Subimos a su camioneta y nos encaminamos a su restaurante favorito de cada vez que venía.

Esa sensación de ser observado se perdió en cuanto nos enfrascamos en conversaciones que tal vez eran estúpidas, pero yo las apreciaba.

¿Qué podíamos tener en común dos personas que se llevaban por unos, muchos, años?

No lo sabía, pero estar con Lance, con alguien que me recordaba a mi padre, era meramente tranquilizante.

Luego de comer, nos dirigimos a varias tiendas del centro comercial, salíamos de varias con bolsas y bolsas, y aun ni siquiera habíamos comprado lo que íbamos a utilizar al día siguiente.

—Te voy a apostar trecientos dólares a que esos dos terminan enamorados— dijo Lance mientras colocaba frente a mi una camisa y la descartaba enseguida.

—Ni siquiera sabes como son en privado, hablan, pero no es para que sean una pareja— rodé los ojos y tomé una tiara de oro con algunas incrustaciones de esmeraldas.

PAPARAZZIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora