-¿Y nuestras familias? ¿Qué pensaran?
-No vivamos para ellos, vivamos para nosotros y nuestro amor eterno
Una enemistad de un siglo y un romance prohibido
En el que una Sutherland se enamora de un Bridgerton, y a pesar de la feroz rivalidad entre su...
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EL AMBIENTE DE LA CASA SUTHERLAND ERA TENSO. La temporada de social de 1814 debía comenzar al día siguiente. El estrés y el caos acechaban en el horizonte, esperando con impaciencia el comienzo de la temporada. La inminente temporada social afectó más a Lady Sutherland y Maude. La madre y la hija habían desarrollado una relación tensa debido al resultado de la última temporada. Daphne Bridgerton había conseguido un Duque. ¿Y Maude? Pues al final de temporada terminó sin una sola propuesta de valor. Los Bridgerton derrotaron a los Sutherland una vez más, y aunque Lady Sutherland nunca lo declararía abiertamente, culpó a Maude de su vergüenza.
Sin embargo, las acciones silenciosas y los comentarios pasivos no pasaron desapercibidos para Maude. De hecho, todos los hermanos Sutherland se dieron cuenta de la ira indirecta. Y, francamente, Maisie estaba aterrorizada de no poder asegurar un compromiso al final de la temporada. Porque si no lo hacía, terminaría en la misma posición que Maude.
Maude no era odiada por su madre, todavía era muy querida, pero la culpaba de traer vergüenza al nombre de la familia.
–Margaret–, dijo Lady Sutherland desde la tumbona frente a ella. –Mañana te pondrás el vestido nuevo, ¿no?
Mañana, Maisie y Maude serian presentadas a la Reina.
Maisie asintió, –sí mamá. Es bastante bello, adoro el–
–La belleza no es suficiente, como hemos visto–, interrumpió Lady Sutherland, echando un vistazo a Maude entera que estaba sentada al piano. Ella suspiró. –Debes ser encantadora y nada de esos comentarios tontos que te gusta hacer. A un caballero no le importa el humor, le importa la prosperidad.
Moses se aclaró la garganta y Maisie contuvo una risita ante la expresión que tenía. Mientras hablaba, su tono era sin emociones, –Madre, como un caballero yo mismo, debo estar en desacuerdo.
–Moses–, advirtió Montague, el mayor, lanzando una mirada severa a su hermano menor.
–¿No estás de acuerdo?– cuestionó Lady Sutherland, su tono peligroso.
Maxwell se llevó la mano a la boca, sofocando la risa ante la situación. A la madre no le impresionaba la franqueza de Moses. Sin embargo, él nunca fue alguien que complaciera ciegamente a su madre como Montague.
–¡Pues claro que no estoy de acuerdo madre!– exclamó Moses, una breve carcajada se le escapó de los labios al encontrar ridícula la situación. –¿Qué hombre desea casarse con alguien con la personalidad de una piedra? Ciertamente yo nunca–