Dicen que los Targaryen son la sangre del dragón. Hydra lo sabe. Lo ha sabido siempre. Y aún así, sangra igual que todos.
Nació entre el fuego y la traición, y aprendió pronto que en este juego no hay lugar para el corazón. Juró lealtad. Rompió jura...
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Hydra rogaba a los dioses por piedad, mientras hundía su espada en el pecho de sus enemigos.
Rogaba que Aemond la amara, al mismo tiempo que rechazaba su amor. Hablaba de lealtad y deber, cuando rompía juramentos y promesas. Había jurado entregarle el trono a Rhaenyra, pero ahí estaba, coronando a su esposo.
Era las dos caras de una misma moneda, diferentes e iguales.
Algunos días deseaba que todo hubiera sido diferente. Pero era una Targaryen, y los Targaryen no tenían el lujo de desear; tenían el peso del deber, y el deber era más grande que cualquier cosa que su corazón pudiera reclamar. Así que cuando su corazón gritó por su propia felicidad, lo ignoró. Tomó entre sus dedos aquella pesada espada, y la manchó de sangre.
Luego rogó por piedad, y los dioses no escucharon. De la misma forma que no escucharon cuando rogó por un futuro diferente, cuando lloró hasta quedarse sin lágrimas viendo cómo todo lo que amaba se perdía.
Tal vez era su destino. O tal vez nunca había sido lo suficientemente inteligente.
Pero ya era tarde. Demasiado tarde.
Y cuando todo terminó, cuando la guerra y el sacrificio y el dolor quedaron atrás, Hydra se permitió mirar lo que había ganado: una corona. Una corona que pesaba más de lo que creyó poder soportar, y un par de ojos que la miraban con todo el amor que jamás se había permitido sentir.