Lo siento.

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Llevaba una hora sentada en la baranda del balcón cuando escuchó a Helaena apartar las cortinas.

Era un lugar en el que no debía estar, lo sabía. La baranda era estrecha y la caída era larga y su madre se volvería completamente loca si la encontrara allí, lo cual era, precisamente, parte del atractivo. Hydra había descubierto desde muy pequeña que los lugares prohibidos tenían algo que los lugares permitidos no podían ofrecer: la posibilidad de estar sola de verdad, sin que nadie la buscara porque nadie esperaba encontrarla ahí.

Tres días.

Daemon había dicho que volvería y llevaba tres días sin aparecer, y cada hora que pasaba sin ver a Caraxes en el cielo era una hora más que la rabia se asentaba en su pecho sin tener adónde ir. No era miedo, se negaba a llamarlo miedo. Era algo más parecido a la impaciencia de quien ha esperado algo toda su vida y ahora que sabe que existe no puede soportar seguir esperando.

Bajó de la baranda cuando vio que Helaena ya estaba adentro. No porque le preocupara que la empujara, sino porque su hermana tenía esa forma suya de aparecer en los momentos equivocados con la expresión de alguien que no sabe que está interrumpiendo algo, lo cual era, a su manera, más irritante que si lo supiera.

—¿Qué necesitas? —preguntó, sin molestarse en suavizar el tono.

Helaena se acercó con esos pasos suyos lentos y deliberados, como si el suelo fuera algo que merecía consideración antes de pisarse. Extendió la mano derecha. En su palma había una araña, pequeña y parda, que la miraba con sus ojos múltiples con una serenidad que Hydra encontraba vagamente ofensiva.

—Es linda, ¿verdad? —murmuró—. ¿Quieres tenerla?

Hydra tomó el animal. Lo miró un segundo.

—Es tan horrenda como tú, Helaena.

Vio cómo los ojos de su hermana se llenaban de lágrimas con esa velocidad suya que siempre la sorprendía, como si el llanto viviera justo debajo de la superficie esperando cualquier excusa para salir. En otro momento le habría causado algo parecido a la culpa. Hoy no tenía espacio para eso.

Dejó caer la araña por el balcón sin mirar hacia abajo.

—¿Qué quieres? —repitió.

Helaena no respondió de inmediato. Entrelazó sus dedos con los de ella con esa confianza suya que no pedía permiso, que simplemente ocurría como ocurren las cosas que no saben que podrían ser rechazadas.

—Las decisiones que tomamos tienen consecuencias —dijo, en ese tono suyo que no era el de una niña hablando sino el de algo más antiguo usando la voz de una niña—. Tengo miedo, Hyd. ¿Estás segura de que esto es lo correcto?

Hydra la miró.

Helaena hacía esto a veces: decía cosas que sonaban a otra cosa, frases que parecían referirse a algo que ella no había dicho en voz alta pero que de alguna forma su hermana había escuchado de todas formas. Era uno de los aspectos de Helaena que más le costaba ubicar, porque no encajaba en ninguna categoría que Hydra pudiera usar para manejarla.

—¿Algún día dejarás de tener miedo? —preguntó, mirando las manos entrelazadas de ambas.

No esperaba respuesta. Era más bien una observación, del tipo que uno hace cuando la rabia que carga no tiene un destino claro y necesita salir de alguna forma.

—Los verdaderos dragones no arden —dijo helaena, sin saber del todo por qué esas palabras en ese orden—. ¿Sabes qué es lo peor de todo esto? Las consecuencias. —Soltó el agarre de su hermana con más brusquedad de la necesaria—. Pasarás años congelada, esperando por lo que crees que te mereces, sintiendo cómo cada parte de ti se esfuma. Y cuando finalmente se termine, cuando llegue ese día, te darás cuenta de que no valió la pena. Que lo poco bueno que tenías jamás volverá, sin importar cuánto luches.

𝐂𝐎𝐋𝐃 𝐇𝐄𝐋𝐋 , 𝐇𝐎𝐔𝐒𝐄 𝐎𝐅 𝐓𝐇𝐄 𝐃𝐑𝐀𝐆𝐎𝐍 [𝑬𝑵 𝑬𝑫𝑰𝑪𝑰Ó𝑵]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora