Primeros pasos de Hydra.

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La tormenta llegó antes que ella.

Los rayos iluminaban los muros del Desembarco del Rey en intervalos violentos, y el trueno que los seguía hacía temblar las copas sobre las mesas. Los sirvientes lo decían en voz baja, como dicen los sirvientes todas las cosas que importan: era una tormenta de mal agüero. Otros, los que preferían el optimismo o simplemente temían las consecuencias de lo contrario, insistían en que era una tormenta de poder.

Nadie lo sabía aún. Esa noche, nadie sabía nada.

Lo que sí sabían era que la reina llevaba horas gritando.

Sus gritos recorrían los pasillos de la Fortaleza Roja con una claridad incómoda, colándose por debajo de las puertas y entre las grietas de la piedra antigua. Los señores que esperaban afuera intercambiaban miradas pero pocas palabras; habían aprendido, con el tiempo, que era más seguro callar. Otto Hightower permanecía de pie cerca de la entrada, con las manos unidas a su espalda y la expresión de un hombre que ya había calculado todas las posibilidades y estaba satisfecho con el resultado.

Adentro, Alicent Hightower traía al mundo a su hija.

Y cuando por fin llegó el silencio, fue absoluto.

La tormenta se detuvo en el mismo instante en que el llanto de la niña llenó la habitación, como si el cielo hubiera estado esperando exactamente eso para retirarse. Más tarde, algunos lo recordarían como una coincidencia. Otros, como una señal. En Westeros, la diferencia entre ambas cosas solía depender de a quién le convenía cada versión.

Alicent emergió de la habitación con la niña en brazos, y el cansancio que debía sentir no asomó ni un instante en su rostro. Llevaba a la bebé con la firmeza de alguien que ya había decidido cómo quería que el mundo la viera en ese momento: serena, digna, victoriosa. Su cabello cobrizo estaba perfectamente ordenado, su espalda recta. Los señores que la observaban murmuraron entre ellos, aunque ninguno se atrevió a hacerlo con suficiente volumen como para que llegara a sus oídos.

La niña tenía el cabello plateado de los Targaryen y los ojos violeta oscuro de alguien que Viserys no había visto en mucho tiempo.

El rey cerró las puertas de sus aposentos sin decir una palabra. El golpe resonó en el pasillo como un segundo trueno, y silenció los murmullos con más eficacia que cualquier orden. No había sonrisa en su rostro. No había nada en su rostro. Solo el peso de un hombre que cargaba demasiadas cosas y había aprendido a no mostrarlas.

Nadie entró a los aposentos de la reina en los días que siguieron. Era orden de Otto Hightower, ejecutada con la discreción característica de Ser Criston Cole, que montaba guardia frente a la puerta con la expresión de quien no tiene opiniones propias sobre nada. Muchos en la corte se preguntaron qué ocurría al otro lado de esa puerta. Algunos lo imaginaron. Muy pocos estuvieron cerca de la verdad.

Y cuando la historia finalmente reveló lo que había sucedido aquella noche, fue recibida, como suelen recibirse este tipo de verdades en Westeros, con una mezcla de alivio, escándalo y una celebración que nadie terminaba de creerse del todo.

La llamaron Hydra.


(....)


El sol apenas comenzaba a filtrarse entre las nubes cuando los gritos de la pequeña princesa interrumpieron la quietud de la mañana.

No eran gritos de miedo ni de dolor. Eran gritos de alguien que tenía algo importante que decir y no veía ninguna razón para esperar.

Las puertas de la sala del trono se abrieron de golpe. Hydra Targaryen entró con su ropa de dormir todavía puesta y el cabello plateado convertido en un desastre glorioso, como si la urgencia del momento no hubiera dejado tiempo para nada que no fuera correr. Tenía cinco años y la certeza absoluta de quien sabe que lo que trae en las manos cambia todo.

𝐂𝐎𝐋𝐃 𝐇𝐄𝐋𝐋 , 𝐇𝐎𝐔𝐒𝐄 𝐎𝐅 𝐓𝐇𝐄 𝐃𝐑𝐀𝐆𝐎𝐍 [𝑬𝑵 𝑬𝑫𝑰𝑪𝑰Ó𝑵]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora